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SORBOS DE FONDILLÓN

Leo Perutz

Leo Perutz

Leo Perutz

Autores importantes como Borges, Ian Fleming, Graham Greene, o Italo Calvino elogiaron las novelas de Leo Perutz (Praga, 1882- Bad Ischl-Austria, 1957). De padres sefarditas y matemático de profesión, huyó de los nazis viviendo en Palestina algunos años.

Una de sus mejores obras es «El Marqués de Bolibar» (1920). La trama comienza con el descubrimiento de las memorias del teniente Eduard von Jochberg, su participación en la guerra de España al lado de Napoleón y la misteriosa desaparición de los regimientos Nassau y Príncipe de Hessen por las guerrillas españolas. La resistencia española al ejército invasor está liderada por el Marqués de Bolibar y su lugarteniente jefe de los insurgentes. Éste último se llamaba Saracho, y su apodo «El Tonel» respondía claramente a su aspecto orondo y cuellicorto. Los sitios donde se desarrollan los acontecimientos, La Bisbal, Figueras etc, son inventados y no se corresponden con las actuales ciudades catalanas. Perutz, judío de raza, no ocultó su aversión a la religión católica y en la narración aprovecha, siempre que puede, para presentar a los españoles como beatos y ladrones al mismo tiempo.

En la vigilia de la contienda, Jochberg y los otros oficiales alemanes están reunidos alrededor del fuego. Permanecían resignados escuchando a su coronel elogiar las virtudes de su finada esposa Françoise-Marie y les costaba contenerse, porque todos ellos, creyéndose únicos, habían sido amantes fugaces y capricho pasajero de la bella e insaciable dama. Todos habían catado las «cuatro cenas de amor» que aquella mujer les preparó antes de la batalla amorosa: a la Crécour, a l’Aretin, a la Dubarry y, para acabar, a la Cythère:

«Secreto nuestro y de la difunta Françoise-Marie, el secreto que habíamos preservado siempre en lo más hondo de nuestros pechos, pero que aquella noche dejamos jactanciosamente al descubierto, ebrios de vino de Alicante y enfermos de nostalgia porque había nieve en los tejados. Brockendorf se inclinó sobre la mesa y acercó la nariz a las calabazas.

—¿Qué́ hay dentro de estas pilas bendecidas por el dios Baco?

—Vino de Alicante, procedente de las bodegas del prelado.

—¿Alicante? —exclamó́ Brockendorf gozoso—. ¡Allons, es un vino digno de que hagamos el burro por su culpa!».

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