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La odisea de la pesca a vela

Un lobo de mar de 96 años rememora la que fue una próspera industria en El Campello, con viajes de 1.400 km en condiciones infrahumanas

La playa del Carrerlamar llena de barcas de pesca, con la Torre de la Illeta al fondo, en 1935. |

La playa del Carrerlamar llena de barcas de pesca, con la Torre de la Illeta al fondo, en 1935. | FAMILIA PÉREZ JUAN

«Mari-Chea, Mari-Chea,

barca de poquet motor.

La mana ‘Malamaera’,

perque és un bon patró.

De motorista va ‘el Blanco’,

de segon Pedro ‘Lois’.

De xiquet Pere ‘l’Alcalde’,

de fadrí Rafel ‘Felip’»

Quien recita los versos es Rafael Galvañ Esplà, el «fadrí» (joven) de esta coplilla satírica de 1945, presto ahora a cumplir 96 años, con gran vitalidad y sobresaliente memoria. Ha sido protagonista singular de casi un siglo de la historia más brillante de la industria pesquera de El Campello, que llegó a tener 200 embarcaciones a principios del siglo XX. Y recuerda la odisea que representaban los viajes, bajo condiciones infrahumanas, de 1.400 km hasta la costa occidental de África, donde se jugaban la vida. Incluso 22 marineros campelleros perdieron la vida por las minas que protegían los puertos franceses de los submarinos nazis durante la II Guerra Mundial. Ahora, la flota campellera languidece y se limita a solo 7 embarcaciones, aunque la apertura en breve de la mayor piscifactoría de la Comunidad en su litoral va a reactivar el sector.

Galvañ explica que «esta ‘cançoneta’ era de cuando ya la mayoría de embarcaciones tenían motor, pero lo verdaderamente duro y complicado era la pesca a vela de las décadas anteriores, en los tiempos que los viajes a la ‘barra de Larraix’ (Larache), para la temporada del pescado azul (bonito y caballa), se convertían en auténticas odiseas».

Y es que la faena se iniciaba a primeros de abril con el «arbolado» de las embarcaciones que durante el resto del año habían permanecido varadas a lo largo de la playa... una playa del Carrerlamar que poco o nada tiene que ver con la de la actualidad. Los trabajos de colocar los mástiles y vergas para armar las velas eran laboriosos y en ellos se implicaban la mayoría de habitantes del antiguo barrio de pescadores, hoy icono turístico de primer orden. «Todo el actual paseo marítimo era un hervidero humano, con calafates, veleros, rederos y tripulantes del más de un centenar de barcas ultimando los preparativos del viaje, que duraba unos tres meses», rememora nostálgico Galvañ.

El marinero campellero Rafael Galvañ, de 96 años. | MIRELLA SOLER juliàg.soler/j.a.rico

Sin más fuerza motriz que la proporcionada por el viento, ni ayuda técnica que una brújula y su atávica sapiencia, los marinos se enfrentaban a la hazaña que significaba navegar hasta más allá de Agadir (a unos 1.400 km), en la costa occidental africana, arriesgando la vida para conseguir el sustento de su familia, a bordo de embarcaciones con una eslora de entre 12 y 14 metros, que como único material de salvamento llevaban chalecos de corcho. Eso si el armador era honrado, pues realizaban el reconocimiento en el puerto de Alicante y en cuanto pasaban revisión a la barca del lado, el otro dueño le «largaba» esos jubones y ambos despachados.

«Y qué decir de las condiciones vitales de aquellas frágiles balandras de un solo palo, sin ningún puente ni protección en cubierta, expuestos a las inclemencias meteorológicas, que tantas desgracias han ocasionado. Allá por 1930, en la barca que mandaba mi padre, Felipe Galvañ Abad, un golpe de mar se llevó dos hombres y él se salvó porque iba atado a la ‘manovella’ del timón, pero la impresión y la burocracia minaron su salud, falleciendo dos años después», recuerda.

Las condiciones de salubridad no quedaban atrás. «En un pequeño habitáculo de unos cuatro metros de largo por dos de ancho, convivíamos la tripulación (6 a 8 hombres), los sacos de víveres y el pescado seco, que despedía un hedor irrespirable; al que se añadía el producido por las comidas, pues allí también se situaba la cocina de carbón; se iba acumulando tanta suciedad que, en algunas barcas, a la vuelta del viaje se entretenían haciendo carreras de piojos sobre el cuartel de cubierta».

Las necesidades, por la borda

«Y de las higiénicas qué te voy contar. No disponíamos de ningún váter, ni dada por el estilo, así que las necesidades vitales las habíamos de realizar por encima de la borda, con las molestias que ocasionaba y el peligro que significaba, pues han sido numerosos los casos de hombres que, estando de guardia de noche, no ha vuelto a saberse nada de ellos».

En conjunto, «un panorama infrahumano, pero era nuestro modo de vida y no teníamos más remedio que amoldarnos. Lo habíamos vivido desde pequeños, pues con 7 o 8 años, compaginándolo con la escuela, ya estabas sobre un ‘llaüt’ de bahía ‘amarinandote’ (habituándote al mar), para el día de mañana, cuando fueras a la ‘mar gran’ (el Atlántico), no marearte como un pollo», recuerda Rafel Felip. Y la navegación a vela era muy complicada, aunque llevadera si el viento era favorable (de popa), pero si soplaba de frente se hacía muy dura y peligrosa.

II Guerra Mundial

Y recuerda que «llegamos de noche a la altura de Casablanca y nos sorprendieron las luces y la sirena de una lancha de reconocimiento francesa, alertándonos que navegábamos por una zona minada, pues se estaba en plena II Guerra Mundial y las entradas a puertos estratégicos se protegían de los submarinos nazis. Afortunadamente la patrullera nos guió fuera del área y nos libramos de milagro». No corrieron tanta suerte, unos meses antes, dos motopesqueros campelleros: ‘Danubio azul’, un 28 de febrero y ‘San José’, el 8 de marzo de ese mismo año 1943, acabaron en el fondo del mar, con un total de 22 marineros fallecidos. Son dos de las numerosas tragedias que han asolado nuestra localidad a lo largo de la historia y, en mi opinión, ni a las víctimas, ni a sus familiares, ni al resto de pescadores, nunca se nos ha reconocido ni los padecimientos ni nuestra contribución a la prosperidad actual de El Campello», lamenta.

En las primeras décadas del siglo XX, la flota de madera campellera llegó a estar considerada la más importante del Mediterráneo hispano, y según la Inspección de pesca de la provincia de Alicante, en 1920 se despacharon 110 embarcaciones para la temporada de Larache, mientras de Santa Pola tan solo salieron 19.

«Se zarpaba a mediados de abril y retornaba a primeros de julio con la bodega repleta de pescado salado que vendíamos en Alicante y, posteriormente, en Cartagena, donde se pagaba mejor, pues el jornal que recibíamos dependía de la ganancia». Toda una aventura que ha quedado marcada en la memoria de muchos marineros campelleros.

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