Longevidad
La alcaldesa y el capitán, centenarios junto al mar en El Campello
Leonor Gomis (102) y Rafael Galvañ (101) explican cómo ha cambiado la vida en el último siglo

Rafael y Leonor, delante de la playa en El Campello / Julià P. Soler
No sabemos si se debe al hecho de haber sido mecidos por el rumor de las olas, sazonados por la brisa marina o amamantados con la mitológica ambrosía, pero lo cierto es que son los "hijos del pueblo" -nativos- más longevos de El Campello.
Dos personas sin parentesco familiar que tienen el denominador común de haber sido "alumbrados", hace ya más de un siglo, junto al mare nostrum, así como de presentar un aspecto saludable y de conservar una memoria envidiable. Características excepcionales para esas edades.
Leonor Gomis Sala vio la luz el 29 de junio de 1924, en la calle san Pedro, donde continúa residiendo, mientras Rafael Galvañ Esplà lo hizo un 26 de julio de 1925 en pleno paseo marítimo, aunque vive en la calle 25 de Abril, lugar por donde discurría un barranquet que, por aquel entonces, dividía los dos núcleos antagónicos de población: el pueblo -agrícola- y el barrio de Pescadores. Una rivalidad todavía latente entre personas de edad, como es el caso, en que los dos se declaran "carramaleros".
Sentados en el murete de la playa del Carrer la Mar, entonces de cantos rodados, mucho más ancha y repleta de barcas, rememoran tiempos pretéritos cuando El Campello poseía la flota de pesca más importante del Mediterráneo.
"Por el mes de abril el barrio entero hervía a lo largo de toda playa, donde permanecían varadas más de ciento cincuenta barcas, y personas de toda edad y condición eran una familia para tener listas y arbolar -colocar los velámenes- las embarcaciones de Larache que, durante la temporada del pescado azul, cruzaban el estrecho de Gibraltar y navegaban a vela hasta las costas marroquíes de Casablanca o Agadir", recuerdan con emoción.
La pesca
"No se sabía nada de las tripulaciones hasta que volvían al cabo de tres o cuatro meses, trayendo el sustento a sus hogares", explican con la brillantez de ojos de quienes están contemplando, en tiempo real, aquellos momentos gloriosos cuando, no obstante ser una pequeña y pintoresca población marinera, la industria pesquera campellera era una fuente de riqueza capital para el país.
Leonor, conocida como "la alcaldesa" porque su padre fue alcalde -1937/39-, a los tres años tuvo que trasladarse a Casablanca, siguiendo al tío "Cento francisca" (Gomis Ramos), que era patrón de cabotaje, y en el antiguo protectorado francés estuvieron una década.

Barcas en El Campello en 1940 / R. GALVAÑ GINER
"De escuela tenemos poca porque las niñas íbamos a costura, donde nos enseñaban a coser, a los trabajos de la casa y poca cosa más. Solo estudiaban unas pocas chicas de familias adineradas; las demás, leer y escribir, ¡y prou!", reconoce Leonor.
Aprovechó la instrucción primaria y se hizo modista profesional, presumiendo de haber vestido a todas las mujeres del Carrer la Mar y parte del pueblo a lo largo de su extensa vida laboral. Y como el oficio le proporcionaba buena maña, comandaba la confección de las banderitas que, junto con el resto del vecindario, colocaban en las calles cuando llegaban las fiestas de la Virgen del Carmen, instauradas en 1927 por el alcalde Luis Such.
Por su parte, Rafael "Felip", también conocido como "el capitán" por su característica gorra de oficial de marina, desde muy pequeño compaginó la escuela de la Cofradía con la pesca de bajura "hasta que a los 14 años me embarqué en un falucho de vela, que hacía la temporada en el océano Atlántico occidental -Larache y Agadir-, con unas condiciones de vida miserables".
Ahora el barrio dispone de todo, pero vas por el paseo y no conoces nadie. ¡Son todos forasteros!
Cuenta el decano de los marineros de El Campello que no había "ningún tipo de seguridad a bordo, expuestos a las inclemencias meteorológicas, teniendo que hacer las necesidades humanas por encima de la borda y arriesgando la vida para conseguir un buen jornal, con que sacar adelante la familia".
En aquellos tiempos, los niños hacían la vida en la calle. Eso sí, las cuadrillas de niñas por un lado y los niños por otra. "Jugábamos por encima las barcas y, como no había balones de reglamento, los chicos hacíamos una pelota con trapos amarrados con hilos y jugábamos descalzos, para no romper las alpargatas de esparto, porque si no, al llegar a casa, nuestras madres nos calentaban el culo y nos castigaban sin salir a la calle", recuerda Rafael, mientras Leonor dice que ellas jugaban a cosas más tranquilas y propias de chicas de entonces, como por ejemplo al tango, a tú la llevas, a la cuerda y a las casitas.
"Actores"
"Debido a la estricta moral de la época, cualquier contacto con un muchacho, sin ser novios, era pecado mortal y te tenías que confesar", comenta Leonor. Con posterioridad, a causa de las profesiones -la una modista y el otro marinero-, la relación se atenuó por el cambio de domicilio, pero se ha reanudado gracias a la participación de ambos en la película "Guirigay", del director local Dani Alberola, con quien ya habían colaborado, tanto "la alcaldesa", en el espectáculo "Transmisoras" (2020) como "el capitán" en el film documental "Iryna" (2022).
Sobre la peor etapa de su longeva existencia, aseguran que la vida de posguerra fue "muy dura" porque los alimentos básicos escaseaban "y nos teníamos que apañar con el poco que conseguíamos y todavía gracias al mar, que siempre daba mucho".

Leonor y Rafael / Julià P. Soler
Durante unos cuántos años, las mujeres cogían el "sarnatxo" -capazo- lleno de pescado e iban a "baratar" por los pueblos de alrededor, a Mutxamel y Sant Joan a pie y a La Vila con el trenet, intercambiando peces por productos del campo, ropa, azúcar o café, recuerda Leonor.
"En nuestra juventud -años cuarenta y cincuenta-, los de aquí abajo que podían se iban a vivir al pueblo porque todo estaba allá arriba: el ayuntamiento, la iglesia, la farmacia, las tiendas de comestibles, las de ropa,...", explican.
Lluvias
Además, cuando venía una llevantà o temporal fuerte, los que vivían en primera línea tenían que poner una tabla protectora en la puerta de la calle para que los golpes de mar no entraron dentro de casa. "Viviendas que se abastecían con agua de lluvia, que almacenaban en cisternas, para poder beber, porque no hubo agua corriente hasta finales de los años sesenta", apostilla Galvañ.
"Está claro que ahora se vive mejor; la gente tiene más comodidades y los servicios públicos y sociales, como la medicina, están mucho más adelantados y por ello las personas viven más". El ejemplo es obvio.
También echan de menos la relación entre el vecindario. "En aquella época las casas tenían las puertas abiertas y si te faltaba algo se lo pedías a la del lado, sin ningún problema. Todo era más sencillo y, con lo que teníamos, vivíamos. Ahora el barrio dispone de todo, pero vas por el paseo, repleto de gente, y miras a un lado y otro y no conoces nadie. ¡Son todos forasteros!", concluyen con nostalgia.
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