El cementerio de Alcoy: La ciudad de los vivos a través de la de los muertos
La historiadora del arte Elisa Beneyto analiza el camposanto como reflejo de la sociedad industrial alcoyana en su brillante tesis doctoral

Juani Ruz
Los muros del Cementerio Municipal de Sant Antoni Abad de Alcoy guardan un reflejo de la sociedad industrial alcoyana. Cruzar la puerta es sumergirse en la historia más reciente de la ciudad, pero también supone pasear por una galería de arte al aire libre con obras de escultores de renombre que dejaron todo un legado artístico que hoy se da a conocer a través de visitas guiadas.
Es precisamente la historiadora de arte y presidenta del Centre Alcoià d’Estudis Històrics i Arqueològics (CAEHA) Elisa Beneyto, junto al historiador Lluís Vidal, que ha supuesto «de gran ayuda y apoyo», una de las encargadas de dar a conocer los encantos del camposanto, transmitiendo su pasión por la historia a cada visitante. Durante más de diez años ha llevado a cabo una minuciosa investigación para realizar su tesis doctoral «Els cementeris com a reflex de la societat industrial: el Cementeri d’Alcoi», un trabajo dirigido por la doctora Alicia Mira Abad, de la Universidad de Alicante (UA), con el que ha obtenido la máxima calificación, cum laude.

La ciudad de los vivos a través de la de los muertos / Juani Ruz
«El objetivo de la tesis es tratar de presentar un cementerio contemporáneo, en este caso el de Alcoy, como fuente de conocimiento histórico para crear una vinculación de la ciudad de los vivos con la ciudad de los muertos», explica Beneyto. Por ello, ha tratado de «fundamentar una correlación interna entre diferentes espacios funerarios del municipio, desde la fundación medieval, en el siglo XIII, hasta la época moderna, basándose en estudios previos de historiadores como Josep Lluís Santonja y José María Soriano, para conocer el por qué de esa necesidad de sacar fuera de las murallas el primer cementerio como tal, un espacio funcional todavía propiedad de la iglesia» bajo el nombre de Cementerio Viejo (1812-1885).
En 1885, la proximidad de dicho camposanto con el núcleo urbano y la fuerte epidemia de cólera que asolaba la ciudad «obligaron» a habilitar de manera provisional el recinto del actual cementerio, un espacio que posteriormente se amplió de la mano del ingeniero alcoyano Enrique Vilaplana Julià.
Beneyto explica que Enrique Vilaplana «conocía muy bien la realidad social y urbana alcoyana», y ello conlleva a que se creen «ciertos paralelismos que evocan a la tesis entre la ciudad de los vivos con la de los muertos».
Justo a la entrada del cementerio, grandes cipreses abren paso a impresionantes panteones que muestran el «poderío» industrial alcoyano. A pocos pasos, a la izquierda, el panteón familiar de Agustín Gisbert imita una estructura de un dolmen prehistórico presidido por la escultura del Ángel del Silencio, obra de Lorenzo Ridaura. Una de las joyas del camposanto, con varios premios y reconocimientos, a modo de preámbulo de un recorrido en el que hay numerosas anécdotas para conocer, como que a escasos metros se encuentran los antepasados de los propietarios de la conocida marca de aceite Carbonell.
Dos volúmenes de 625 páginas en total forman la tesis de Elisa Beneyto. En el primero, al margen de toda la relación de cementerios alcoyanos, legislación y tipologías de necrópolis, hay un apartado destinado a la aplicación práctica del estudio con un proyecto de sensibilización y valoración patrimonial de los espacios funerarios. De este modo, «he conseguido que el trabajo haya trascendido al ámbito exclusivamente teórico o académico» para que «pueda servir perfectamente de ejemplo extrapolable a otros cementerios».
En el segundo tomo, Beneyto hace un repaso por toda la historia del arte contemporáneo desde el siglo XIX hasta el XXI, con la recopilación, en forma de catálogo, de los panteones existentes tanto en el Cementerio Viejo como en el actual, con una visión de «museo al aire libre».
El trabajo refleja aspectos sociales, artísticos, simbólicos, filosóficos y sociológicos, pero también abarca detalles botánicos, como la diferencia entre los impresionantes cipreses de la zona de panteones y las austeras palmeras del cementerio civil, o la simbología del uso de flores naturales. El cementerio alcoyano «es un reflejo de las fluctuaciones demográficas, de las diferentes clases sociales, religiosas o de género».

La ciudad de los vivos a través de la de los muertos / Juani Ruz
Estas diferencias se pueden apreciar con forme avanza la visita, pues tras los monumentales panteones se encuentra la zona de fosas comunes en el suelo, un espacio «carente de estética, donde se enterraban a las personas con menos recursos». Aunque menos llamativa, «es una zona importante que debe conservarse» porque «todas las clases sociales conforman la historia, y su destrucción supondría borrar una parte de ella», insiste Beneyto.
Entre el espacio más pudiente y el más austero se encuentra el cenotáfeo para los alcoyanos ilustres, donde se encuentran los restos de la escritora Isabel Clara-Simó o el cantautor Ovidi Montllor.
Panteones como el de la Familia J. Tort, que imita a uno del cementerio Pere Lachaise de París, el de Salvador García Botí (Escaló) cuya escultura de Eugenio Carbonell representa la transición entre la vida y la muerte o el cenotafio de la Familia de F. Moltó Valor, con la impactante escultura de las Tres Virtudes, obra de Lorenzo Ridaura, son algunos de los más conocidos.
Al observar el camposanto con perspectiva de género, la historiadora de arte destaca que «es bastante patriarcal», y pone como ejemplo que los panteones lleven el nombre y apellidos del hombre o como el de la «Viuda de Brutinel». Las mujer quedan en un segundo plano, «un claro reflejo de la sociedad del siglo XIX y XX».
Las galerías subterráneas fueron diseñadas para aguantar el talud de Cantagallet y evitar desprendimiento, pero también para disponer de más espacio para enterrar. Es en ellas donde se encuentra los restos de Agustín Albors (Pelletes), alcalde que murió violentamente en la Revolución del Petróleo.
Entre el sinfín de inscripciones significativas o curiosas destaca la lápida en la que pone «Fin del melón», sin más datos de la persona que está enterrada, pero dejando clara su postura ante la muerte.
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