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Los chicos también bailan

Cada vez más niños rompen los estereotipos de género y se apuntan a clases de ballet que comparten con niñas. No se sienten bichos raros, aunque todavía se encuentran con prejuicios de adultos y de compañeros de colegio

Dos chicos, en primer término, llevan a cabo uno de los ejercicios junto a sus compañeras.

Dos chicos, en primer término, llevan a cabo uno de los ejercicios junto a sus compañeras. antonio amorós

Unas zapatillas, unas camisetas, maillots, falditas y mallas. Una pista y una barra. Una quincena de menores se mueve al ritmo de la música. Concentrados. Un dos tres cuatro, un dos tres cuatro, plié, relevé, assemblè arriba, abajo. Entre todos los pequeños bailarines, tres varones. Solo se les diferencia por cómo van vestidos porque realizan todos, chicos y chicas, el ejercicio.

Y es que cada vez es más habitual que en las escuelas de baile haya chicos que rompen con el tópico de que se trata de una disciplina para mujeres. Adiós a los prejuicios, a los estereotipos de género. Todos los días, en muchas ciudades de la provincia, los niños bailan ballet.

Es el caso de la escuela de danza Pilar Sánchez-La Molinera, en Elche. 56 años de experiencia en los que ha visto pasar a cientos de niños y jóvenes. Al principio, todo chicas; pero con el paso de los años, los varones han ido perdiendo el miedo, se han liberado del peso de la vergüenza, cuentan con el apoyo de sus familias y descubren que hay otras actividades más allá de jugar al fútbol, con las que disfrutar y ser uno mismo.

Uno de los que está aprendiendo es Fabio Lapiedra, de 10 años. Sus padres le llevaron al teatro a ver ballet «y me gustó». Empezó a recibir clases hace dos cursos, el año pasado lo dejó pero al final volvió. «Un día me dijo: "mamá, si es que yo lo que quiero es hacer ballet", y desde entonces no falla», explica su madre.

O el de Pablo de Paz, también de 10 años. En este caso, lo ha mamado desde pequeño porque su abuela es Pilar Sánchez y su madre, Sonia González, está ahora al frente de La Molinera. Él se ha encontrado en el colegio con algunos «que te miran raro, te dicen ballet, ¿eso qué es? pero son los menos, y a mí me da igual».

A Mathias Martínez, de 9 años, el gusanillo le entró tras ir al cine a ver Yuli, la película de Icíar Bollaín sobre el magistral bailarín cubano Carlos Acosta, una historia de superación personal que cuenta cómo pasó de un barrio marginal a primer bailarín del Royal Ballet de Londres. Mathias hacía atletismo, pero lo dejó por el ballet; lleva unos pocos meses, desde el pasado junio, pero observa a sus compañeros en sus movimientos y trata de no quedarse atrás.

Y es que si hay algo que caracteriza a los que practican esta disciplina es el esfuerzo. «Vale la pena si te gusta porque vas aprendiendo cada día, mejorando, ves que consigues hacer lo que antes no podías, es una superación constante», asegura Pablo.

Ellos no se sienten bichos raros por practicar ballet, aunque la madre de Fabio tercia para soslayar que, a día de hoy, «todavía hay prejuicios sexistas, niños y adultos que se asombran y hacen comentarios fuera de lugar, que pueden hacer que un niño lo quiera dejar si no tiene la fuerza mental suficiente, pero son los menos, afortunadamente».

Los chicos son, y así se sienten, uno más entre tanta chica, con las que tienen complicidad. «Yo no quiero ser Billy Elliot, quiero disfrutar, y es lo que hago en cada clase», señala Fabio. En cambio, Pablo sí dice abiertamente que se quiere dedicar al baile, «pero es pronto todavía, no le presionamos, no queremos que se sienta obligado a ello porque lo haya vivido desde pequeño», resalta su madre y profesora.

Los tres confiesan que hacen como en la película y van practicando movimientos y bailando en sus casas, sin pudor y ajenos a la familia. Y en la clase todos, chicos y chicas, se observan unos a otros e intentan mejorar, en un ejercicio de superación constante.

Energía

Pilar Sánchez, fundadora de la escuela, suma una trayectoria profesional espectacular. Se formó en el Instituto del Teatro y el Liceo de Barcelona en ballet y danza española. Primera española en formar parte de la Asociación Francesa de Maestros de Danza Clásica. Aparece casi al final de la clase y sigue desprendiendo energía que transmite a sus alumnos. «Una clase de ballet de una hora y media está comparada al esfuerzo que realiza un trabajador en el campo durante ocho horas», recalca tajante. Por ello, tiene claro que «el que aguanta es porque le gusta mucho».

Su hija, Sonia González, con una trayectoria profesional de 16 años, cogió el testigo y cada tarde ve pasar por las clases a decenas de niños y niñas, adolescentes y adultos. «¿La clave del éxito? La seriedad y responsabilidad en formar a los niños y niñas en la danza», afirma.

Pilar Sánchez asegura que la danza y el ballet han existido siempre, pero falta una apuesta decidida por darle la importancia que se merece. Y pone un ejemplo clarificador: «Si en la televisión emitieran la misma cantidad de cultura que de fútbol, otro gallo cantaría».

También apunta a la influencia del entorno familiar: «Si unos padres no llevan a un niño a baile o danza, es más difícil que le llame la atención, hay que introducirlo en estas disciplinas, luego ya le gustará o no, pero los padres tienen mucha responsabilidad».

Sonia ha tenido alumnos que han empezado con 5-6 años, pero considera que lo mejor es iniciarse con 3. Incide en la desinformación que hay sobre el ballet, «el ejercicio más completo, junto con la natación».

A la escuela no solo van niños, también adultos, los últimos matriculados son dos abogados: «Cuando uno entra en una clase de baile está alerta, concentrado, se olvida de los problemas, escucha la música, se concentra en la colocación postural y espacial, la respiración, la fuerza, todo lo demás no importa». No sabe si de su escuela saldrá un bailarín profesional, pero destaca que los niños «que se dedican a la danza tienen sensibilidad de artistas».

Casi hora y media después, finaliza la clase y pese a estar agotados, en los ojos de los niños se vislumbra alegría y emoción. La que transmite el ballet.

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