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Análisis

Unas zapatillas para un nuevo maratón

Playa del Postiguet, vacía, por el estado de alarma.

Playa del Postiguet, vacía, por el estado de alarma. Rafa Arjones

Más allá de la extrema alarma por la crisis sanitaria del coronavirus que causa la enfermedad bautizada como Covid-19 y el enorme desgarro social que están provocando tanto el confinamiento en domicilios como las muertes, cuya trágica estadística, al igual que la de contagiados, se ha disparado esta semana; más allá de ese primer drama, digo, crece conforme pasan los días la preocupación y la ansiedad por la ruina económica que la pandemia dejará a su paso. Una quiebra, como no se había visto ninguna desde el crack del 29, de dimensión planetaria, pero que como todas las recesiones variará en sus matices y también en su duración dependiendo de los países y de la escala en la que se analice. Hablar en un caso como este de qué pasará en un territorio concreto puede resultar un sinsentido, más cuanto más pequeño sea éste, puesto que la recuperación sólo podrá ser global. Pero es cierto que los tejidos productivos de cada zona no son los mismos y que, por tanto, habrá quien dentro del marco general tarde más en salir de la depresión y quien, por el contrario, cuente con algún elemento extra a favor para remontar antes. ¿Qué piensan de todo esto los empresarios de una provincia como Alicante, tan volcada en su economía al exterior?

Como todo en esta pesadilla que estamos viviendo, también lo que se está produciendo en la economía carece de precedentes. En el caso de Alicante, nunca antes se habían parado al mismo tiempo sus tres locomotoras principales: el turismo y la hostelería en general, que representaba hasta hoy el 18% del Producto Interior Bruto provincial; la construcción, que por sí sola suponía alrededor de un 7,5% de valor añadido a ese PIB, pero cuyo efecto tractor sobre otras industrias ligadas a ella ha llevado a cifrar su peso en la economía de Alicante en valores por encima del 22%; y por último, las exportaciones, que en los últimos años habían supuesto en torno a un 7% del PIB provincial.

En la Gran Recesión de 2008, además de perder nuestro sector financiero con el traumático final de la Caja del Mediterráneo, la construcción colapsó, arrastrando con ella a toda la industria auxiliar o conexa, destruyendo decenas de miles de empleos en Alicante y provocando un reajuste a la baja del mercado inmobiliario. Pero tras un primer bache, tanto las exportaciones como, sobre todo, el turismo, remontaron con cierta rapidez, mitigando en buena medida los efectos devastadores sobre el trabajo que había provocado la caída de la construcción y sentando las bases que permitieron a partir de 2013 la salida de esa crisis. Cualquier lector de periódico tendrá en su memoria aquellos años en que las páginas pobladas de desapariciones de marcas históricas del segmento financiero y del inmobiliario se mezclaban con otras cuyos titulares giraban en torno a las cifras de récord que estaban consiguiendo la hostelería, en el sentido más amplio de la definición, o las manufacturas destinadas al comercio exterior. La mesa perdió una pata, pero se sostuvo sobre las otras dos. Ahora, las tres están combadas. Y la sustitución de cualquiera de ellas no es fácil porque la economía del conocimiento, vinculada a las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, hacia la que se estaba encaminando la provincia con el respaldo decidido de la Generalitat Valenciana, no ha tenido tiempo de consolidarse ni de estar en disposición de generar suficiente empleo y riqueza a corto plazo, aunque sin duda su expansión va a ser exponencial a partir de aquí.

Desde que empezó la pandemia, comenzó también la discusión de cómo iba a ser la recuperación de los graves daños económicos que ésta iba a producir. Un galimatías de letras. Primero se hizo popular la V, defendida por quienes pensaban que igual que la caída había sido rapidísima, también tras tocar fondo la recuperación sería igual de acelerada. El paso de las semanas, la extensión del virus y la paralización prácticamente global de la economía hizo que la V perdiera valedores entre los analistas, algunos de los cuales apostaron por la U (una salida menos apresurada pero rápida al fin y al cabo) o incluso la W, una boutade propia de especialistas aficionados a las montañas rusas. Como ya saben que Dios creó a los economistas para que los astrólogos no estuvieran solos, las últimas tendencias en sus predicciones basculan entre otra letra, esta mucho más terrible que las anteriores, que sería la L, esto es, tras un desplome en picado como el que hemos sufrido un tiempo prolongado de permanecer en el fondo de la fosa, y el archiconocido logotipo de una marca, el « Swoosh» de Nike, un garabato que todos ustedes con seguridad tendrán en la cabeza y cuyo trazo, tras caer al inicio, remonta en forma de pendiente hasta superar la cota inicial. El gabinete de estudios que dirige Emilio Ontiveros, por ejemplo, apuesta en su último informe, emitido esta misma semana, por esta forma de salida de la crisis, no inmediata pero sí sostenida en su crecimiento prácticamente desde el momento en que se toca fondo.

Temporada perdida

El sector turístico alicantino, el más importante de la Comunidad Valenciana, se prepara para algo parecido a eso. A nivel interno, da por perdida no sólo la temporada alta de verano, tras pasar la Semana Santa con todos los establecimientos por primera vez en la historia cerrados, sino el año entero. Primero, porque las restricciones a la movilidad (incluso entre regiones) no es probable que se levanten de golpe, sino progresivamente; segundo, porque el turismo de masas es un fenómeno eminentemente social, de compartir espacios, justo lo contrario de lo que todos vamos a tener metido en la cabeza cuando terminen los confinamientos; tercero, porque la incertidumbre económica va contra el gasto vacacional. Hay países, indudablemente, donde esa incertidumbre económica cuando acabe la crisis sanitaria va a ser menor, esto es, cuyos ciudadanos van a tener todavía una apreciable capacidad de gasto y unas ganas innegables de salir del encierro. Pero España (como Italia, Francia o Estados Unidos, las principales potencias turísticas mundiales junto a nosotros) es un destino que durante algún tiempo va a estar marcado por el estigma de la Covid. En ese contexto, el anuncio de un touroperador británico tan importante como Jet2 de que en junio espera comenzar a mover de nuevo aviones más parece un brindis al sol que una promesa cierta. Los hoteleros, si en algo confían, es en que a lo largo de este año, en el que calculan que acabarán con una ocupación media del 40% donde antes casi rozaban el lleno total, se encuentre la tan anhelada vacuna. Eso sí que invertiría las dinámicas. Si se pierde el miedo al contagio, se pierde el miedo a viajar.

Respecto a la construcción, la de segunda residencia se enfrenta a una situación muy similar a la de la hostelería. Toda la obra parada, todas las promociones en estos momentos sin posibilidad de venta, mucho suelo acumulado de difícil ejecución en los próximos meses y una falta de liquidez que empieza a atenazar a bastantes empresas. Y la de primera vivienda, con la perspectiva de que este nuevo hachazo suponga la puntilla para la empresa local y su definitiva sustitución por los fondos, sean buitres o no. En cuanto a la exportación, la producción, deslocalizada en gran parte desde hace décadas, continúa parada, pero también los mercados están cerrados y nadie es capaz de aventurar por cuanto tiempo ambas cosas seguirán así. Hace unos meses éramos uno de los países que más crecían de Europa; ahora somos el reino de los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, los ERTES. Y todo el mundo recela de que después vengan los temidos ERES.

En ese contexto, lo que los empresarios reclaman es, primero, unidad política y, segundo, agilidad y eficiencia en la adopción y ejecución de medidas. Vayamos por partes.

Unidad política

Lo resumía esta semana en privado uno de los más solventes de la provincia: «Yo tengo que salvar mi empresa y los 300 puestos de trabajo que dependen de ella. No tengo tiempo de jugar el juego de nadie. Sánchez se ha equivocado no consensuando las principales medidas con el PP, pero Casado se equivocará si quiere sacar provecho de la situación. Fíjate -continuaba- en lo de Murcia. López Miras [el presidente autonómico, del PP] se pasó semanas pidiendo el cierre total de su región, como si fuera Torra, aunque Murcia era la autonomía con menos contagiados de España junto con Ceuta y Melilla, y cuando el Gobierno decreta el cierre sale a criticarlo, porque así se lo han mandado. Yo no estoy para eso». El Financial Times -poco sospechoso de veleidades izquierdistas- lo ponía negro sobre blanco esta semana en un artículo que titulaba (cito de memoria) «Por qué España es el país que más va a sufrir como consecuencia de la pandemia». La respuesta que el periódico daba a ese titular en el texto era sencilla: por la falta de unidad política, que se ha convertido en algo imposible en España y que va a perjudicar gravemente su recuperación. Otro destacado empresario alicantino se pronunciaba en términos similares en conversación con este periodista: «De aquí no salimos sin la ayuda de Europa, pero a Europa tenemos que ir sin fisuras; que se pongan a parir todo lo que quieran, pero que cierren filas en lo que hay que cerrarlas». La impresión generalizada es que Sánchez, al tomar el mando único en la crisis, asume un gran desgaste, y con él, por mucho que algunos de los barones socialistas hayan actuado con tino en esta crisis, sufrirá toda la marca PSOE. Pero que quien desde la oposición se deje arrastrar por los hooligans de las redes sociales o por los tertulianos hiperventilados a la espera de pesebre, también cometerá un grave error.

Decíamos que la otra gran preocupación del empresariado alicantino es en estos momentos la agilidad en la toma de decisiones y la eficiencia en su aplicación. Ninguno de los interlocutores consultados a lo largo de esta semana tenía dudas acerca de que lo primero que el Gobierno debía hacer era acudir al rescate de las personas. Pero todos señalan que eso tiene que ser compatible con decisiones que persigan la pervivencia de las empresas. «La Administración no puede pagar salarios, mantener ayudas, condonar pagos indefinidamente, son las empresas las que crean economía y mantienen el empleo y necesitamos decisiones rápidas que eviten la desaparición en muy corto espacio de tiempo de muchas de ellas», señalaba otro industrial alicantino, que recordaba que en la provincia hay más de 65.000 pymes, muchas de las cuales no podrán sobrevivir sin apoyo. En el mismo sentido, uno de los principales dirigentes empresariales de la provincia, que en estos momentos lucha por sostener una firma con más de seis décadas de antigüedad, advertía: «Mi empresa no es solo mi empresa. Mi empresa es una cadena de valor que empieza con mis proveedores, continúa con la propia sociedad y sus trabajadores y acaba en los clientes. Si esa cadena se rompe, no desaparece solo una empresa, lo que hay es una crisis social».

« Puig debe ser muy reivindicativo ahora, más que nunca, con Madrid y Madrid serlo con Bruselas, porque sólo un plan a escala europea puede reducir los daños», comentaba otro empresario. Y uno más, probablemente el promotor más veterano en activo en Alicante, ponía el dedo en otra llaga: «Yo he vivido todas las crisis desde la posguerra y como ésta no he conocido ninguna. Pero de todas he aprendido lo mismo: que quien nada tiene, nada recibe. Yo no sé qué hacen los bancos. Veo mucha publicidad de estamos contigo y todo eso, pero no he visto que se les haya convocado a ninguna reunión para que participen en la reconstrucción, para tomar medidas rápidas y coordinadas que garanticen la financiación, la liquidez de todas las empresas que la necesitan, no como siempre la de las que son clientes sin problemas, que es lo que acaba pasando». La maraña burocrática es un lamento constante: la tesorería no tiene tiempo de esperar a los largos, cuando no contradictorios y confusos, trámites que en algunos casos deben cumplimentarse para acceder a cualquier línea de ayuda. «O aterrizan las cosas, o nos estrellamos», resumía gráficamente el presidente de una patronal, preocupado además por la situación de los autónomos, los más desprotegidos en estas situaciones. Un conseller del gobierno de Ximo Puig, en conversación privada, coincidía el viernes con el fondo de estos análisis: «Todo el mundo [en alusión a las administraciones] está tirando de chequera y eso tiene límites. Hay un incremento brutal del gasto y una caída histórica de los ingresos que es absolutamente insostenible. Sin la ayuda de Europa no hay salida o si la hay será muy larga y dolorosa».

Confianza

Aun con todo, hay espacio para la esperanza. Los empresarios quieren confiar en que Europa acabará por tomar decisiones que, entre otras cosas, eviten su propia implosión. Y piensan que si se consigue aguantar los tres o cuatro años en que la mayoría ya cifran esta nueva travesía del desierto (con uno, el primero, más peliagudo), un territorio como el de Alicante, que ya estaba apostando por la nueva economía y que sigue siendo enormemente competitivo en los sectores que ahora se han visto obligados a cerrar, puede acabar reforzado. Todo depende de que, descartada que esta crisis tenga forma de V (salida tan rápida como fue la caída) al menos sí que la recuperación se asemeje al ya citado logotipo de las zapatillas más famosas. Al fin y al cabo, la joven que diseñó ese logotipo hace medio siglo se inspiró en las alas que lucía la diosa que para los griegos representaba la victoria. Cuenta la leyenda que su nombre -¡Nike!- fue lo único que exclamó Filípides antes de caer muerto tras correr 42 kilómetros para llevar a Atenas la noticia del triunfo sobre el primer Darío en Maraton. A ver lo que tardamos en gritar esta vez Nike.

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