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El confinamiento quita el sueño

Especialistas de la provincia alertan del aumento de los trastornos en el descanso provocados por la ruptura de ritmos circadianos y el aumento del estrés

El confinamiento quita el sueño

El confinamiento ha cocinado en millones de hogares la fórmula perfecta para no pegar ojo. Al impacto fisiológico de no poder hacer actividades cotidianas al aire o seguir horarios con normalidad ha añadido el factor mental de la ansiedad y el estrés causado por la incertidumbre sanitaria y económica. El resultado, noches en vela que se traducen en días aletargados donde va creciendo el malestar. Niños, adolescentes, adultos y ancianos pagan con peor descanso las exigencias de la cuarentena.

La población está afrontando el problema del insomnio «en casa». «No estamos haciendo pruebas ni evaluando pacientes nuevos, porque la unidad ahora es para Covid-19», apunta la responsable de la Unidad del Sueño del Hospital general de Alicante, Teresa Canet. El único recurso hospitalario de la provincia dedicado íntegramente a los trastornos de sueño se ha desplazado a los hogares de su personal, donde atienden de forma telefónica «a unos 15 pacientes diarios entre crónicos y nuevos consultas por teléfono», como explica la doctora. De momento, no hay datos oficiales que midan el insomnio causado por la cuarentena, pero los expertos no tienen ninguna duda de su mayor incidencia.

Los neurofisiólogos se centran en las razones físicas. Paula Giménez, neurofisióloga de la Unidad del Sueño de Vistahermosa, afirma que el confinamiento «está suponiendo una ruptura total de rutinas sociales, profesionales y personales», por lo que «mucha gente tiene complicaciones para ponerse un horario». «Para que por la noche llegue el sueño se tienen que dar factores cronobiológicos. Recibir luz del sol, hacer ejercicio y mantener rutinas. Todo eso ha saltado por los aires y, sumado al uso de pantallas, hace que el sueño llegue más tarde. Al reloj interior le falta información y no sabe bien dónde está», explica Sheila Picorelli, también neurofisióloga especialista en sueño.

Niños y padres sufren los trastornos de sueño de forma distinta. Los pequeños están educando a su cerebro a seguir patrones de descanso, por lo que seguir despiertos hasta altas horas se traduce en menos horas de reposo y más agitación al día siguiente. Los adultos retrasan también la hora de dormir porque «no tienen ese rato para bajar las pulsaciones y relajarse» del que normalmente disfrutan en la rutina tras acostar a sus hijos, según Picorelli.

Incide además en que la irritabilidad que causa la privación de descanso en los niños rompe sus patrones de comida - «los padres acaban persiguiendo a sus hijos para que coman mientras juegan»-, lo que altera todavía más su sincronización con los ritmos del día.

También los adolescentes padecen el confinamiento. Su gran exposición a pantallas retrasa el mecanismo del sueño al sustituir el efecto de la luz natural. «Su socialización es a través de móviles y ordenadores por lo que si no les marcamos límites puede producirse un abuso», señala Giménez. La codirectora de Psicoactúa en Vithas Medimar, María del Carmen Soliveres, alerta de la repercusión de aplicaciones y apps de juego online en el sueño de este grupo de edad.

En el caso de los mayores, la pérdida de rutinas como «salir a comprar o a pasear» que señala Picorelli agrava el habitual «sueño fragmentado» que suelen tener de forma natural, como apunta Giménez.

El confinamiento es también una dificultad añadida para afectados por trastornos de sueño. «Las narcolepsias, síndromes de piernas inquietas o el insomnio necesitan mucha rutina y ahora los pacientes no tienen condiciones rígidas» que seguir, según apunta Picorelli, por lo que las consecuencias son más severas. Pese a que la alarma sanitaria impide hacer pruebas, Canet asegura que la teleasistencia permite recetar medicamentos y supervisar tanto casos crónicos como nuevos.

Nadie se libra de las causas psicológicas de insomnio, que agravan la pérdida de rutinas. «Nuestro cerebro está también en estado de alarma. El miedo racional a lo que pueda pasar genera estrés y ansiedad» apunta Soliveres, quien destaca además que «los afrontamos sin los refuerzos positivos habituales, como salir o estar con amigos y familia».

La menor calidad de nuestro sueño se traduce en síntomas como «ánimo bajo o distímico, ansiedad, cambios de humor, falta de memoria y de concentración a corto plazo», señala la psicóloga.

Canet recuerda que «el sueño es imprescindible para el sistema inmunológico», por lo que incide en aumentar el periodo de descanso, mantener horarios rígidos y adoptar rutinas que faciliten el descanso mientras dure esta alteración de la vida cotidiana.

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