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De la peste negra al Covid-19, historia trágica de la provincia

Miedo, estigmatización, confinamiento e higiene, caballos de batalla de las pestes que han azotado Alicante desde la Edad Media

Vista de Alicante en los tiempos de la gripe de 1918. archivo MUNICIPAL de Alicante

Salvando las distancias, los parecidos son razonables, increíbles en algunos casos, aunque también abundantes las diferencias. La actual pandemia tiene muchas cosas en común con la última más grave que sufrió Alicante, la gripe de 1918. Pero las coincidencias no son solo entre las dos últimas epidemias. Las pestes de la Edad Media y las pandemias de época moderna comparten características con la actual.

Jubilada pero siempre activa, la licenciada de Historia María Luisa Gil lleva el último año dedicada en exclusiva al estudio de las pandemias que afectaron a la provincia de Alicante. En sus referencias hay un hito marcado en rojo. La peste negra de 1348. Existen muy pocos datos sobre tan lejano y mortífero acontecimiento, pero se habla de que posiblemente más de la mitad de la población falleció. «Grandes mortandades siempre se han dado a lo largo de la historia por tifus, peste, viruela, fiebre amarilla, gripe?, pero hay varios momentos que por el número de afectados están marcados en los libros, como la peste de mediados del siglo XIV, que asoló toda Europa y tuvo una repercusión enorme en nuestra provincia», dice la historiadora. Casi siete siglos después, hay similitudes. En esta primera gran pandemia se buscó como chivo expiatorio a los judíos, a los que se acusaba de envenenar las aguas y difundir así la enfermedad. A consecuencia de estos bulos los ciudadanos se lanzaron contra la población judía de los arrabales, dando lugar a los «pogroms» o «pogromos». Al principio de esta crisis se estigmatizó a los ciudadanos chinos.

Tres siglos después llegó a la provincia la peste de 1648. Es el momento, por ejemplo, en el que «el valenciano se pierde en Orihuela. El 70% de la población fallece en la ciudad», apunta el licenciado en Historia Francisco Belmonte. Él lleva años trabajando su árbol genealógico para situar a sus antepasados en los grandes hitos históricos. Así, descubrió que «en todas las grandes epidemias contamos con familiares que fallecieron. Cualquiera de nosotros». Además, una de las coincidencias entre pandemias, «tenemos miedo al coronavirus por sus efectos y también por lo que conlleva de estigmatización el hecho de que nos señalen como los afectados».

En el caso de este investigador, recuerda cómo «en mi familia no se hablaba de un hermano de mi abuelo porque había fallecido en plena gripe de 1918». Las familias quedaban marcadas para siempre. Y hoy en día, las redes sociales se encargan de propagar rápidamente las malas noticias.

Otra similitud de la pandemia actual con la de 1648 es que poblaciones enteras vivían en cuarentena. «Las ciudades sufrían más que los pueblos, porque había más trasiego de comerciantes y ciudadanos. También porque era imposible cerrarlas con murallas. Se establecieron cordones sanitarios, como ahora y después se produjo una profunda crisis económica», expone Gil.

Entonces, «la sanidad estaba desbordada, como la de ahora, salvando lógicamente las distancias. Pero ya había hospitales en las principales ciudades y se conservan documentos en los que se puede analizar cómo se ampliaron. En Elche y Orihuela, por ejemplo, se reforzaron. Y en la Vega Baja el marqués de Rafal habilitó unas barracas para la atención de los enfermos. Algo similar al caso de IFEMA de ahora. También, por desgracia, se tuvieron que ampliar y crear nuevos cementerios», señala la investigadora. Belmonte añade que igual sucedió en la fiebre amarilla de principios del XIX. «En toda la provincia se construyeron camposantos ex novo y extramuros. Por ejemplo en Elche, Torrevieja o Benferri».

«Huye lejos»

La pestilencia del XVII acabó con medio millón de personas en el Reino de Valencia. «La gente tenía miedo, como ahora. Y huían de las ciudades donde aparecía la epidemia, como hicieron los madrileños que se vinieron a la provincia a pasar la cuarentena. Eran populares dichos como «Huye pronto, lejos y vuelve tarde», dice una frase latina. O «Huir de la pestilencia es buena ciencia», expone María Luisa Gil. Belmonte insiste en que «el miedo es una constante en los momentos de epidemia, tanto que, incluso, se llega a sepultar en el olvido a los familiares fallecidos. Pero la situación no es comparable. Durante la fiebre amarilla de 1811, las epidemias de cólera del XIX, y la gripe de 1918, la población hacía frente a la invasión napoleónica, las guerras carlistas y la I Guerra Mundial. Una pésima alimentación y malas condiciones higiénico-sanitarias dejaban muy debilitados a los ciudadanos».

En el siglo XVII se sancionaba a los infractores duramente. «Incluso la pena de muerte para el que no cumplía con las leyes de cuarentena». Y se tomaban otras medidas. Los mercados se abrían unos pocos días «para que la gente no muriera de hambre, los notarios se negaban a realizar testamentos, en la Iglesia no se daba la Comunión», indica Gil. En el mismo siglo, unos años más tarde, en 1674, la peste volvió a la provincia pero fue mucho menos letal.

Otras similitudes. Los médicos de la época portaban trajes especiales para atender a los pacientes y lo que por encima de todo pedían a la gente: higiene y quedarse en casa. «Muchas cosas coinciden cuando esto pensábamos que nunca más ocurriría», asegura esta profesora de Historia jubilada, que remarca una, pero gran diferencia: «Hoy en día no hay hambre».

Más adelante, en 1811, la provincia sufre la fiebre amarilla, una epidemia que se ceba especialmente con Elche y Orihuela, La Murada, Benferri... La población ilicitana, en concreto, se ve reducida en un 40%. «Repetimos ciclos», remarca Francisco Belmonte. «Entonces se aconsejó que no se celebrara el Día de la Virgen de la Asunción. Siempre, también ahora, buscamos conspiraciones para explicar lo que no conocemos, pero realmente todo es más sencillo. Las epidemias se propagan rápidamente en las grandes concentraciones de gente. Antes y ahora», asegura Belmonte.

A principios del siglo XIX existía mucha más «ignorancia» que ahora, pero sigue siendo esta circunstancia una de las coincidencias entre pandemias. «La gente tiene miedo porque no sabe qué puede pasar, pese a la gran cantidad de información que recibimos estamos desinformados», expone el historiador.

Hay detalles curiosos en esta epidemia de 1811 en la provincia. Por ejemplo, se prohibieron los oficios religiosos o una orden gubernativa obligaba a enterrar a los enfermos en los bancales de Benferri. En concreto, la investigación de Belmonte le ha llevado a encontrar que en esta localidad, el 21 de octubre de 1811, uno de sus antepasados, José Richarte, fue enterrado «en un bancal por orden del gobierno, a causa de haber fallecido en tiempo de contagio?». El 23 de ese mismo mes, Mariana Gascón Cutillas era «sepultada en un bancal», y el 11 de noviembre José Navarrete de igual manera, como en 1812 les pasó a Antonia Piñero Belmonte y su hija Francisca Díaz Piñero.

Cólera y viruela

En el siglo XIX, después de la virulenta fiebre amarilla -en documentación de la época denominada «Peste»-, la población aún tuvo que hacer frente a cuatro epidemias de cólera morbo que, se calcula, tuvieron un costo de cerca de un millón de habitantes. Además de a algunas epidemias de viruela. En la de 1884 murió Josefa Guerrero Riquelme, antepasado de Belmonte.

La gripe de 1918 tuvo consecuencias catastróficas para la población mundial -las cifras oscilan entre los 50 y los 100 millones de muertos, 70.000 de ellos en España- y también para la provincia de Alicante. El catedrático de Historia de la Medicina de la Universidad de Alicante (UA) Josep Bernabeu destaca que ese año murieron por gripe 4.518 personas en Alicante, cuando el año anterior se habían contabilizado 162. Con motivo del bicentenario de esta descomunal epidemia publicó una monografía sobre el tema centrada en la provincia y hoy con los datos aún en la cabeza ve ciertas similitudes con el Covid-19.

La propagación de la mal llamada gripe española tuvo su cénit en la coincidencia con el final de la I Guerra Mundial, tras la que se produjo un ingente movimiento de tropas y también de refugiados. Actualmente la globalización con viajes constantes entre continentes ha sido la causante de que de epidemia hayamos pasado a pandemia. Los casos que llegaron a España fueron importados. «Y en el caso de la provincia el foco se ve claramente en los trabajadores que emigraron a realizar la vendimia a Francia que a la vuelta trajeron consigo el virus», explica.

Como ahora, la gripe provocó el cierre de colegios, de los teatros e incluso se prohibieron los velatorios y funerales. El principal arma fue evitar el contacto entre personas y las aglomeraciones. Y también fueron cuestionadas las medidas que se adoptaron para combatir la epidemia, con bronca política incluida. Pero el desastre de 1918 también tuvo consecuencias positivas. El sistema sanitario se modernizó a raíz de la gripe, se reforzó y mejoró. Las condiciones higiénicas también. Es curioso ver hoy el bando del entonces alcalde de Alicante, Antonio Bono, en el que adoptaba por decreto la desinfección y el barrido, así como el cegado de pozos ante «los estragos de la enfermedad». Incluso un barrio entero, La Provincia, hoy San Antón, fue derruido por ser foco del virus. De la experiencia también es fruto el Mercado Central, por la necesidad de mantener en las condiciones higiénicas adecuadas los alimentos. Y se reconoció la entregada labor del doctor Gadea dándole nombre a una de las principales vías alicantinas.

¿Qué cambiará o qué aprenderemos esta vez? Bernabéu pone el acento en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo 2030 porque «la miseria y el hacinamiento con animales sin ninguna medida higiénica y sin control acelera que se produzcan mutaciones» y que estas enfermedades emergentes lleguen a los humanos.

La última epidemia se cebó con los jóvenes adultos

La última epidemia se cebó con los jóvenes adultosEn 1918 el virus se cebó con los jóvenes, las más afectadas fueron las personas de entre 20 y 35 años, al parecer por una «hiperreacción de su sistema inmunitario que les provocaba hemorragia pulmonar», indica el catedrático de la UA Josep Bernabéu. El mayor número de bajas en la pandemia del coronavirus se está produciendo entre los mayores de 65 años. Pero también es cierto, destaca Bernabeu, que entonces gran parte de la población vivía en la miseria y el hambre, lo que ocasionaba multitud de enfermedades y un sistema inmune debilitado, mientras que en estos momentos la esperanza de vida se ha duplicado pero son los mayores quienes presentan pluripatologías que hacen más difícil la lucha contra el virus.

El catedrático de Geografía Humana de la UA Salvador Palazón determinó que en la elevada mortalidad de la gripe en 1918 estaba directamente relacionada con las condiciones de vida y habitabilidad de principios del siglo XX. «No todas las viviendas disponían de agua corriente ni de aseo. El alcantarillado era inexistente para la mayoría y por tanto deshacerse de las aguas sucias era complicado, un factor determinante», expone.

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