Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Blindados ante el enemigo invisible

El confinamiento hace mella en personas con discapacidad intelectual al ver sesgadas de golpe muchas de sus rutinas y relaciones sociales

El confinamiento hace mella en personas con discapacidad intelectual al ver sesgadas de golpe muchas de sus rutinas y relaciones sociales

Piense en cómo ha cambiado su vida desde aquel ya lejano 13 de marzo en el que el presidente del Gobierno central, Pedro Sánchez, anunció que al día siguiente decretaría el estado de alarma. Seguramente, si está entre los afortunados que seguimos escapando del coronavirus, en todo este tiempo su vida se habrá limitado a escasas y rápidas salidas para hacer la compra o pasear a su mascota -si la tiene-, intercaladas con teletrabajo, «telecole» y horas y horas de encierro en casa ingeniándoselas para sobrellevar el tiempo muerto de la mejor manera posible. La adaptación a esta nueva realidad no ha sido fácil, aunque hay un colectivo para el que comprender y acatar estas nuevas rutinas esta siendo mucho más complicado que para el resto: el de las personas con algún grado de discapacidad intelectual o trastorno de conducta.

«Se han visto de la noche a la mañana con la obligación de afrontar un plus añadido para amoldarse a esta situación, que muchos de ellos ni siquiera llegan a entender. ¿Un virus? ¿Qué es eso? Si para cualquiera de nosotros ha sido un reto no poder vernos, abrazarnos, salir,... para ellos y sus familias el cambio ha sido mucho más acusado», explica Ana Carratalá, directora del Centro San Rafael de Alicante. Esta residencia, ubicada en Santa Faz, ha blindado sus instalaciones para proteger a sus 56 residentes y 126 trabajadores y ha tenido que cancelar talleres, cerrar su centro de día y diseñar nuevos protocolos de aislamiento dentro de sus propias fronteras, con un objetivo claro: superar este periodo convulso sin ni un solo caso positivo de Covid-19.

¿Cómo se organiza ahora la vida en su interior? A diferencia de la mayoría de residencias de mayores o de otros centros de discapacitados, San Rafael esta estructurado en unidades de convivencia aisladas entre sí, a modo de chalés u hogares, como se llaman allí, en cuyo interior conviven un máximo de 12 personas. Éstos son ahora los únicos espacios que siguen con uso, además de algunas aulas del centro de día, que se han habilitado para que los usuarios de la residencia puedan mantener algunas actividades pero sin relacionarse entre personas de los distintos hogares. Además de los 12 usuarios de cada casa, también se han establecido turnos fijos de monitores, enfermeros y personal de limpieza, de modo que quienes tienen asignado, por ejemplo, el «Hogar amarillo» nunca entran en contacto con los que viven en los del resto de colores, para evitar una posible propagación del coronavirus.

«Hemos asumido que el personal podemos ser los vectores del virus aquí adentro, por eso se han restringido al máximo todas las relaciones, aun con el perjuicio que a la larga ello puede generar a los usuarios», mantiene la responsable del centro. También se ha cortado de raíz la interrelación entre los propios usuarios y el resto de sus compañeros -más allá de los 11 con los que conviven en el hogar- o de éstos con sus familias en el exterior.

«Para las personas con discapacidad intelectual o con trastornos de conducta las relaciones sociales y comunitarias son un puntal importante para su integración y su bienestar emocional, pero nos hemos visto obligados a cambiar el orden de prioridades: lo urgente ahora es la vida y lo importante, la buena vida, sentirse bien, las relaciones positivas,... algo que va a tener de aplazarse hasta que lo urgente esté garantizado», lamenta Carratalá.

Una ventana al mundo

Pese a todo lo dicho anteriormente, los residentes del Centro San Rafael no están mal ni tampoco están solos. «Nos ha sorprendido enormemente la capacidad de adaptación que están teniendo ante esta nueva situación», algo a lo que han contribuido enormemente los monitores y enfermeros, que ahora son su ventana al mundo. De hecho, aunque muchos de ellos podrían haber hecho uso del permiso especial que permite a personas con distintos trastornos salir a la calle, sólo han tenido que emplearlo dos residentes, porque el resto lleva el confinamiento relativamente bien.

Además, el centro ha puesto en marcha una campaña denominada «#contagiasonrisas», con la que diversos colectivos están contactando con ellos a través de las redes sociales, videollamadas u otros mecanismos de comunicación, para suplir la falta de relaciones sociales y afectivas. «La gente les envía mensajes, les llama y les está haciendo ver que de alguna manera también son importantes», indican los responsables de esta campaña. En ella han participado desde particulares a comisiones de Hogueras y clubes deportivos o de otra índole.

El vacío familiar lo han compensado gracias a la donación de varias tablets, con las que ahora hacen videollamadas a sus padres, hermanos o amigos. Y, así, pasan los días de la mejor forma posible.

Dudas sobre la desescalada

Ahora lo que preocupa a la dirección del San Rafael es cómo será el día después de todo: «Hay mucha incertidumbre. No sabemos cómo va a afectar a la larga todo esto a los residentes, a las personas del centro de día que ahora están en sus casas,... Nos preocupa saber cuándo se va a plantear la desescalada y cómo, porque aunque no estemos calificados como tal nosotros también somos un servicio esencial», añade Ana Carratalá.

Compartir el artículo

stats