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Del garabato de Dalí al imperio Marjal

Del garabato de Dalí al imperio Marjal

Manuel Filíu, un estudiante de magisterio que daba clases a un grupo de niños en la huerta de Guardamar por los años 50, advirtió a Rosario: «Su hijo Paquito apunta bien con los libros. Téngalo en cuenta». Y la madre tomó nota. Así que Paco Gómez Andreu, el primogénito de Rosario «La Rabanisas» y Paco «El Agustinillo», un agricultor que trabajaba en el campo más horas que tenía el día para llenar de fruta y hortaliza las treinta tahúllas de su propiedad por la huerta guardamarenca, puso todo su empeño en sacar el bachiller por libre y encauzar su vida por otros derroteros. La predicción de Filíu se fue cumpliendo, tanto en el Bachiller como en el Preu, que Paco redondeó obteniendo una beca de 30.000 pesetas para iniciar los estudios universitarios en Barcelona, ciudad elegida para convertirse en aparejador, una carrera corta que debía abrirle la puerta a ganar dinero, su principal motivación. Decidido a ello, el joven Paquito, nacido en la huerta de Guardamar -arrastrado por el éxodo de una familia que años antes huyó de las fiebres tifoideas del Hondo de Elche, donde su abuela perdió a seis de los dieciséis hijos que trajo al mundo- enfiló hacia la Ciudad Condal con 18 años.

Mediada la década de los sesenta, la capital catalana era un punto revolucionario contra el franquismo. Y su universidad, uno de los principales focos. Las algarabías con los grises (la policía) por en medio eran una constante, hasta el punto de que durante ese primer curso (65-66), el joven estudiante alicantino apenas pisa el aula.

Con el dinero escaseando, un amigo le sugiere colaborar como monitor con un cura en una obra social, concretamente en Santa Perpetua de la Mogoda, donde se amontonaban emigrantes de toda España en condiciones de alarmante insalubridad. Allí conoce al Padre Mauri, un leonés empeñado en mejorar la vida de cientos de personas que sobrevivían hacinadas en los bajos del viejo estadio de Montjuïc, de donde Paco salió vomitando tras su primera visita.

El espacio estaba dividido en reducidos catres de madera, donde se repartían emigrantes de diversas regiones, sobre todo de Andalucía. El punto, además, quedó convertido en un foco de delincuencia juvenil que el padre Mauri y su joven ayudante se afanaron en reducir a base de cursos, juegos y la búsqueda de recursos económicos para aliviar hambre y necesidades. Por ese camino, Paco Gómez comenzó a entender la importancia de tocar las teclas adecuadas para conseguir los objetivos.

Junto a Mauri, visitó en repetidas ocasiones las redacciones del Noticiero Universal y de la Vanguardia para reclamar la atención de Luis Bettonica, uno de sus reporteros estrella, cuyos reportajes sobre la miseria instalada en Montjuïc sirvieron para abrir las puertas del despacho de José María de Porcioles, último alcalde franquista de Barcelona.

Otra de las teclas inesperadas que hizo sonar música llegó de la mano de Salvador Dalí. A través del médico que colaboraba con la obra de Mauri, el doctor Español Viñas, aparece la posibilidad de visitar al universal pintor en su domicilio de Cadaqués. El cura y Paco deciden no perder tiempo e ir al grano. Dalí les recibe en su casa y se enfrasca en un sorprendente debate sobre los ojos de las moscas, pero no mueve ficha sobre la pretendida colaboración. Al final, tras ser interrumpido y apremiado por Gala, su mujer («tenim presa, Salvador»), cita a Mauri y a Paco a una nueva reunión en el hotel Ritz de Barcelona una semana más tarde.

En aquel nuevo encuentro, el genio del surrealismo extrajo de una enorme carpeta un folio en blanco, empuñó un rotulador y dibujó un garabato a base de trazos que dejaban entrever un Cristo, terminando la obra con su particular firma y cuño a pie de lienzo. «Ahí tenéis mi donación», esgrimió Dalí al culminar una operación que no le empleó más de cinco minutos, casi los mismos que tardó uno de los protectores de la Colonia Juan XXIII en entregar un talón al portador al Padre Mauri por valor de un millón de pesetas para quedarse con ese cuadro del pintor de Figueres.

La labor del joven estudiante guardamarenco a la sombra del Padre Mauri resultó fructífera para la obra social, pero no sirvió para avanzar en la carrera de aparejador puesto que tan absorbente misión hizo que perdiera otro año en la universidad. Ante ello, coincidiendo con el cambio de destino del sacerdote, Paco retoma los estudios, que compagina con trabajos menores de mensajería, estadística y hasta de delineante en el Ayuntamiento barcelonés hasta que en el último año de carrera entra a trabajar en una constructora internacional que tenía entre manos la construcción de cinco mil viviendas.

Colaborando en esta última empresa concluye sus estudios y decide regresar a Alicante, donde se topa con Manuel Martínez Hurtado, un abogado amigo que le propone trabajar para Nicasio Brotons en Bonyssa. Tras una duda inicial («¿qué hago yo entre tomateros?»), decide dar el paso y se presenta en la empresa, donde sus dudas incrementan al recibir el primer encargo del propio Nicasio: «Ponte a estudiar todo lo relacionado sobre la botritis del apio». Afortunadamente, la línea de trabajo fue ajustándose poco a poco al perfil del recién contratado, que en el apartado de arrendar terrenos y medir tahúllas para abonar se desenvolvía mejor que desgranando las causas de las enfermedades que acechaban al cultivo.

En Bonyssa, a las órdenes de Brotons, Paco acumula experiencia y visión para los negocios. Queda prendado de la labor en equipo y del ambiente próximo que se fomentada en la empresa dedicada al tomate, y se introduce en el sector de la vivienda con la construcción de 116 pisos subvencionados en San Vicente.

En esa época coincide con Luis Miñano -hoy, también empresario de éxito, entonces un joven piloto de helicóptero encargado de fumigar la plantación- y conoce a Merche Sirvent, una joven estudiante de enfermería que seis meses después se convertiría en su esposa.

En el 79 sobreviene un acontecimiento que marcaría un punto de inflexión en su carrera profesional. Decide dejar Bonyssa y vende la casa que se construyó en Bonalba, una urbanización entre Busot y Mutxamel. Días después de ingresar cinco millones de pesetas en su cuenta corriente, Gómez conoce en un bar de Guardamar a Pepe Fur, un maestro de obra de la Vega Baja, diez años mayor que él, que le ofrece un solar en el pueblo para «hacer algo». Entre el solar y los cinco millones, ese «algo» toma forma en 12 viviendas de protección oficial que se venden con la suficiente rapidez para animar a construir quince más. Y así comenzó a funcionar la cadena, obra tras obra, hasta llegar a las tres mil que, desde entonces y con el paso de los años, han acometido a lo largo y ancho de la Vega Baja.

La sociedad Gómez-Fur pisó el acelerador con las viviendas de protección oficial. Paco proyectaba y Pepe ejecutaba. En el año 92, sobre unos terrenos de su propiedad en el Marjal de Guardamar, deciden hacer lo único que se permitía: un camping. La semilla tardó en germinar (hasta seis años después no concedieron los permisos), pero cuando lo hizo resultó imparable. Eso sí, Gómez fue un paso más allá de los campings al uso. Tras visitar Cancún y descubrir las piscinas inmensas, estilo lago, decide dotar la instalación de todo lo necesario para hacerla atractiva (calles asfaltadas, luz, agua, desagüe, toma de antena parabólica y, por supuesto, una enorme piscina). Al segundo año, al camping de Guardamar le faltaban plazas para atender a tanta demanda.

Esta línea de negocio aumentó con un camping-resort sobre una superficie de 400.000 metros en Crevillente, donde ni el alcalde acertaba a entender tal inversión, si bien, finamente se cumplió la predicción del empresario: será un éxito y pondremos a Crevillente en el mapa.

El modelo de camping-resort continuó en Tarragona, Hospitalet de L'Infant y próximamente en Salou, aunque en el último tramo, ya con la siguiente generación Gómez-Fur al frente, se decidió vender el cincuenta por cien de la sociedad a Corpfin, un fondo de inversión que colabora para hacer realidad el nuevo sueño: crear una cadena a lo largo del Mediterráneo.

Y en esas sigue este guardamarenco que dio un paso al frente para defender Coepa en sus peores momentos, que tuvo tiempo para poner en órbita la Asociación de la Empresa Familiar, que aceptó prestar servicio a la Universidad de Alicante a través del Consejo Social y hasta se metió en negocios de piscifactorías. Tantas cosas a lo largo del camino que a estas alturas bien puede hacer suyas las palabras de aquel Dalí que conoció en su juventud: «Cuando muera, no moriré del todo».

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