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Las lágrimas de los grupos burbuja

Las lágrimas de los grupos burbuja

Levantarte el miércoles 2 de septiembre y encontrarte con cincuenta mensajes de guasap del grupo de padres y madres del cole no invita a pensar en nada bueno, créanme. Y así fue. Por fin sabíamos qué es lo que iba a pasar con nuestros pitufos, qué profesor/a van a tener y, lo más importante para ellos, si los iban a separar de sus amig@s.

Los equipos directivos habían configurado los grupos burbuja, de los que llevamos semanas hablando y que tienen más agujeros que un queso gruyere. ¿Los criterios para confeccionar las clases? No quiero ponerme en el pellejo de los que han tenido que decidir cuál era la mejor opción, sea el sorteo, por cuestiones pedagógicas, porque se quedan al comedor o por ciencia infusa.

Solo sé qué, conforme iba leyendo los guasaps, la pesadumbre se iba apoderando de mí: mi pitufo de 6 años se ha quedado sin sus amigos. La nena, de 8 años, por lo menos ha tenido suerte, casi todo su pequeño grupo sigue junto, el mal no es total.

Sí, pensarán muchos que están leyendo estas líneas, somos unos exagerados y hacemos de la nada un mundo; sí, los niños lo absorben todo, lo van a entender, se les pasará y se harán más duros; sí, toda esa palabrería barata ya me la sé, pero sentarse ante un niño de 6 años, tímido, vergonzoso, al que le cuesta abrirse a los demás, y decirle que va a estar separado de sus dos grandes amigos, con los que se ha echado miles de risas en el patio, con los que ha jugado al fútbol o ha compartido almuerzo con miradas cómplices, es un pequeño drama.

Así que, cuando sentados en la mesa, les explicamos con quién van a estar en el colegio, el niño agachó la cabeza, los ojos se le pusieron vidriosos, le pregunté cómo estaba y se abrieron las compuertas, lágrimas y lágrimas corrieron por su pequeña cara, un llanto inconsolable que ni palabras tranquilizadoras fueron capaces de calmar. «Llora, cariño, llora, si estás triste», le dije al tiempo que le abrazaba mientras también asomaban lágrimas en mis ojos.

Estos últimos días están siendo especialmente difíciles para mí, y para miles de padres y madres, que hemos tenido que explicar a nuestros hijos cómo es la nueva normalidad, cómo van a cambiar las cosas en el cole, cómo han de comportarse y relacionarse, pero también cómo se van a tener que separar de sus amigos porque son muchos en clase y hay que cumplir las medidas de prevención.

Padres que, sin que nos vean los pequeños, hemos llorado ante el ordenador, en el aseo o en un rincón de la casa, por dolor y por rabia por cómo cambian sus pequeñas vidas por culpa de un virus.

Padres que vemos cómo nuestros niños, de pronto, se han vuelto taciturnos, apáticos, tristones, que lloran y lloran sin comprender nada, que te demandan que te sientes a su lado y les abraces cuando hasta hace cuatro días rehuían que les dieras un beso.

Así, son muchos los padres soliviantados ante tanta pena, ante tanta incomprensión por el sistema elegido para separar a los alumnos, que están dispuestos a quedar con los amiguitos en su tiempo libre, que se vean, rían, disfruten, jueguen, vivan y sean felices.

Todo porque alguien ha decidido crear burbujas, pero ¿qué pasa fuera de esas paredes? ¿Los cumpleaños, los parques a la salida del cole, las competiciones deportivas, los cines en grupo? ¿Nos explica alguien qué tenemos qué hacer? ¿Pinchamos la burbuja? Esa es la clave, ¿burbuja en clase? ¿Juntos, fuera? Ningún responsable de las consellerias de Sanidad o Educación es capaz de responder, de dar razonamientos. Se escudan en que es competencia de los centros. Y tenemos que aguantar que el número dos de Educación afirme, en una entrevista ayer a este diario, que es un concepto «que ha generado confusión». Tengo claro quién es aquí el que anda más perdido.

Porque no podemos perder de vista al «bicho», que sigue ahí, latente, acechando; nuestro verdadero objetivo es combatir al virus, sí. Pero los daños colaterales, esos pequeños dramas que hay estos días en cada hogar, tampoco se deben olvidar. Y merecen explicaciones. Mientras, mi niño sigue llorando.

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