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Análisis

La alarma permanente

Pablo Casado desactivó con su discurso en el Congreso una bomba de racimo colocada por la ultraderecha que buscaba cobrarse víctimas de todas las ideologías y asentar la división

Baño de masas.  El líder del PP, rodeado de militantes en un acto del partido en Benidorm el año pasado.

Baño de masas. El líder del PP, rodeado de militantes en un acto del partido en Benidorm el año pasado.

Empezamos la semana con miedo. La moción de censura de la ultraderecha en el Parlamento español era una bomba de racimo preparada para causar el mayor número posible de víctimas, daba igual cuál fuera su ideología. La terminamos en situación de toque de queda, una medida cuyo origen altomedieval, como recordaba Guillermo Altares en El País, no era represivo, sino protector, pero que indica a las claras que, incluso en comunidades como la valenciana, todos cuyos ratios son mejores que los de los países que ponen cortapisas a viajar hasta aquí, en la batalla contra la pandemia seguimos fracasando. Es llamativo ver cómo los políticos discuten sobre si hay que declarar el Estado de Alarma o no: como si los ciudadanos no viviéramos en Estado de Alarma permanente.

1. La moción

Los periodistas somos esclavos del cortoplacismo. Cuando el mundo era analógico, para la mayoría de nosotros, los que nos dedicábamos a lo impreso, hoy era ayer y mañana era hoy. En la era digital, todo el presente es pasado y es obligatorio juzgar el futuro cuando aún no ha ocurrido. Quiero decir que nuestra percepción del tiempo siempre viene alterada de fábrica. Si además de periodista, te dedicas a seguir la cosa pública, entonces eres prisionero de otra sentencia, la que reza que en política todo lo que no son cuentas, son cuentos. Así que nos pasamos la vida poniendo a parir a los políticos por la mediocridad de sus debates, pero al mismo tiempo somos nosotros los que menos valor damos al valor de la palabra; los que menos creemos en ella y en su capacidad para cambiar las cosas. Los periodistas que cubrimos política no ejercemos de periodistas, sino de contables a la antigua usanza: sólo nos faltan los manguitos. Así que toda la Prensa se dedicó a calcular quién ganaba o quién perdía con la espoleta activada por Abascal y su falange: que si dividía a la derecha, que si era la oportunidad de unirla en un frente único como el de la foto de Colón; que si beneficiaba a Sánchez y era una trampa para Casado, que si era la ocasión de oro para echarle encima todos los muertos de esta sindemia y dejarlo tocado para un próximo envite... Mucho corto lazo, poca mirada larga. El peligro de la jugada de Abascal es que, con independencia de los votos que cosechara, tenía muchas posibilidades de homologar a la extrema derecha como un movimiento digno de ser alternativa de gobierno en una España definitivamente partida en dos. Se acusa frecuentemente a Podemos de pretender hacer tabla rasa con todo lo que significó la Transición, pero nunca había habido un ataque tan directo contra ella, contra la convivencia en paz de los españoles que sobre todo supuso, que el que perpetró Abascal esta semana en el Congreso. No hacía falta ni siquiera que el PP se abstuviera. La perversión era que incluso si la «derechita cobarde» votaba no, siempre que lo hiciera alegando cuestiones menores, poniendo en un mismo plano a todos, el atentado se saldaba con éxito.

Esa es la trampa de la que supo zafarse, de forma brillante, el líder del PP, Pablo Casado. Hizo el discurso de su vida. Hizo un discurso excepcional. Pero no lo hizo en favor de sí mismo, ni del PP. Lo hizo, y justo es reconocérselo, en favor de todos los españoles, de izquierdas o de derechas. Para ciertos personajes, como Cayetana Álvarez de Toledo, fue demasiado duro en lo personal. Al contrario: esa fue la clave. Con el matón del patio no se puede contemporizar: hay que ponerlo en su sitio, situarlo frente al espejo, que todo el mundo pueda ver sus hechuras impostadas. Lo que Casado demostró en el hemiciclo, de una vez por todas, es que la derecha cobarde no es la del PP, sino la de Vox. No es la que se enfrenta a los problemas complejos que nuestras sociedades presentan y plantea soluciones, se esté de acuerdo o en desacuerdo con ellas, sino la que utiliza el veneno -el arma cobarde por excelencia- para imponer sus obsesiones.

La Prensa que milita en la izquierda empezó aplaudiendo a Casado, para inmediatamente poner en duda cuánto le durará el ataque de liberalismo, en el mejor sentido del término. La que pretende dirigir a la derecha, coincide a grandes rasgos con sus antagonistas: reprocha a Casado lo que para ellos (sorprende lo poco que confían en los suyos) es una renuncia expresa a sumar nunca los suficientes votos para gobernar. Escudriñan unos y otros qué corrimientos habrá ahora: los primeros exigen que Casado, como prueba de virginidad, ceda gobiernos como los de Andalucía, Murcia o Madrid porque se obtuvieron con el apoyo para las investiduras de Vox; los segundos, que ya saben que Abascal está quemado y no sirve a sus intereses, aprietan a Casado para que recomponga puentes con la ultraderecha mientras ésta encuentra un nuevo Caudillo o, aprovechando que Cayetana e Isabel andan por ahí, una nueva Evita. Pero si Casado se mantiene, los corrimientos que su posicionamiento en el Congreso provocarán son mucho más amplios y afectan a todos. Si el PP decide volver a competir por el centro, el primer afectado es Ciudadanos, cuyo espacio se achica y cuyo futuro pasa, en el mejor de los casos, por una coalición con los populares cuando se celebren elecciones generales. El PNV cambia (¡y anda que los vascos no saben de eso!) de socio imposible a aliado en potencia. Pero es que el PSOE de Sánchez se encuentra también impelido a mover ficha por el discurso de Casado. El actual Gobierno del PSOE y Unidas Podemos tiene asegurado el voto favorable a los presupuestos, lo que significa el pasaporte para agotar prácticamente la legislatura. Pero en medio de esta pandemia, nada es seguro a 48 horas vista. Y, en todo caso, si Casado mantiene su objetivo de pelear el centro, a Sánchez no le quedará más remedio que moderar los excesos de sus socios o marcar tanta distancia con ellos como el líder del PP ha puesto con Abascal. Todo se complica. Pero por primera vez en mucho tiempo, se complica por los derroteros de una mayor templanza. Confiemos en que nadie flaquee ni el camino se tuerza.

2. Estabilidad

¿Saben dónde no son esperables demasiados movimientos tras el aldabonazo dado por Casado en el Congreso esta semana? En la Comunidad Valenciana. ¿Por qué? Porque esto, afortunadamente, ni es Madrid ni lo ha sido nunca. El PP, da igual que Bonig pierda de vez en cuando los nervios o que Mazón necesite de una sobreexposición para buscar su lugar al sol, ha mantenido una oposición dura, pero enormemente razonable desde que estalló la pandemia. Y el Consell del Botànic, da lo mismo cuántos tuit produzcan a la hora o cuántas propuestas lleven cada semana a las Cortes para poner en un aprieto a sus socios del PSPV, también resulta un gobierno sensato. Dado que aquí el PP no había caído en la trampa del seguidismo a Vox, ni desde la presidencia provincial de Mazón, que durante todo este tiempo ha dirigido sus mensajes hacia la base electoral de Ciudadanos o incluso hacia la del PSOE, ni siquiera desde la Alcaldía de Barcala, que ha conseguido navegar sin tener que hacer grandes concesiones a la ultraderecha; dada esa realidad, digo, el giro de Casado no supone ahora para los populares de la Comunidad Valenciana tener que forzar ningún escorzo. Al contrario, el pistoletazo de salida de Casado en la carrera por el voto templado lo que hará aquí es que el PP incremente la presión sobre Ciudadanos para que sus principales dirigentes, la mayoría de ellos nacidos a la política en las filas populares, regresen a ellas en las próximas elecciones autonómicas, cuando quiera que se celebren, y en las municipales. Si por algo va a trabajar Mazón a partir de ahora es por conseguir un «Alicante Suma», con una sola candidatura conjunta de PP y Cs, y de ahí un «Comunidad Valenciana Suma» o como quieran llamarlo. El nuevo coordinador provincial de Cs, Javier Gutiérrez, diputado provincial, está por la labor. ¿Y Cantó? Cantó seguirá reuniéndose un día con Ximo Puig y otro con Carlos Mazón, continuará dándole la razón el lunes a uno y el martes a otro, y esperará a ver por dónde sopla el viento. El que está tranquilo es Puig, despejada ya en su cabeza cualquier duda sobre si se presentará a la reelección como secretario general del PSPV-PSOE y como candidato a la Generalitat. Lo hará. Y si el PP busca ahora la moderación, él ya estaba en ella hace tiempo, así que no tiene que moverse. Con soportar a Sánchez ya tiene bastante penitencia.

3. Inquietud

Porque lo de Sánchez, que también hizo un magnífico discurso contra Abascal en el Parlamento, aunque quedó opacado por el de Casado, y demostró su agilidad al cerrar la sesión con el anuncio de que retiraba su propuesta para cambiar el sistema de elección del Poder Judicial y ofrecer de nuevo un acuerdo al PP, sigue siendo de un tacticismo inquietante e impropio de los tiempos duros que soportamos. ¿Ustedes entienden que un presidente del Gobierno comparezca para hacer una declaración institucional, diga que vienen «meses muy duros» y no anuncie ni una sola medida? Casado tiró a la basura esta semana el ábaco, y se la jugó. Ya veremos lo que le cuesta. Pero era su obligación y la cumplió. ¿Puede el presidente cumplir de una vez con la suya? Porque lo que hizo el viernes fue mandarnos a la cama, de nuevo, con el miedo en el cuerpo y sin ni siquiera una manta con la que arroparnos. No puede ser que en este país todo el mundo (el PP, Podemos, la patronal, los sindicatos, los gobiernos autonómicos, los municipales, los restaurantes, los pubs, los jóvenes, los mayores, los ciudadanos en general...) sea responsable de lo que está ocurriendo, menos el Gobierno y su presidente. 

4. Responsabilidad

España estuvo confinada desde el 14 de marzo hasta el 21 de junio. Fue la última vez que sentimos que el Gobierno central estaba al mando, para bien o para mal, de la situación. Desde entonces, el juego consiste en que Sánchez tira balones fuera y los presidentes autonómicos, con más o menos mala leche, se los devuelven, en un interminable partido en el que, paradójicamente, los espectadores somos los únicos destinados a perder. Las medidas necesarias, o no las toma nadie, o se discuten hasta que, cuando se adoptan, ya son perentorias otras más graves y, por tanto, más perjudiciales. Es posible que el Consejo de Ministros acuerde hoy un Estado de Alarma que debía haberse aprobado hace días. En ese contexto, ahora se está apelando a la responsabilidad de los ciudadanos. Y es cierto que es necesaria, pero para eso hay que hacer pedagogía. Y no se hace ninguna. Por ejemplo, en las Cortes Valencianas tenemos 99 diputados. Son los únicos residentes en esta comunidad que siguen en cuarentena desde que en marzo se confinó a la gente en sus casas. Algunos van al Parlamento. Otros siguen conectándose por ordenador. Pero lo que la inmensa mayoría no ha hecho es salir de la burbuja, pisar (con mascarilla y distancia social, of course) la calle y enterarse de lo que pasa en ella. En vez de convertirse en agentes propagadores de una cultura de la pandemia, que tanta falta nos hace, y al mismo tiempo en los mediadores entre los ciudadanos y el Ejecutivo, se han convertido (con honrosas excepciones y etc, etc), en los únicos mortales convencidos de que su agenda no ha cambiado. 

5. ¿Tenía que ser ahora?

Un ejemplo de lo que digo: los grupos parlamentarios que forman el Botànic (PSPV, Compromís y Unidas Podemos) han presentado esta semana de nuevo una propuesta de reforma de la vigente ley electoral valenciana. Básicamente, la cosa consiste en rebajar del 5% actual al 3% el mínimo de votos a sacar en el conjunto de la Comunidad para que un partido pueda tener representación en el Parlamento autonómico, lo que teóricamente le vendría bien a Podemos y a Ciudadanos, no vaya a ser que no llegaran a un listón tan alto como el del 5% y se quedaran en la próxima legislatura como el gallo de Morón; pero incumbe también al resto, por si UP le hiciera falta otra vez a la izquierda o Cs fuera necesario para cualquiera. Y, ya metidos en harina, también se plantea restarle algún diputado a Castellón para que toquen a más València y Alicante. Dado que la reforma de la ley precisa de mayoría cualificada, los partidos del Botànic necesitan el apoyo, como mínimo, de Ciudadanos. Y en tanto toca un asunto medular en democracia (lo que vale nuestro voto) no sería razonable aprobarla sin un acuerdo con el PP. O sea, que serán meses de dimes y diretes sobre el tema. ¿Piensan de verdad los diputados que hay algún ciudadano que se levante preguntándose si sería lo mejor dejar la barrera en el 5 o bajarla al 3? ¿Creen que en todo caso la discusión en los grupos de whatsapp de todos los contribuyentes girará en torno a si deben ser 20 ó 21 los diputados por Alicante? ¿Pero en qué mundo viven? Ya. Ya sé que me van a acusar de hacer mofa de un asunto trascendente. Pero son ellos los que a veces convierten las Cortes en el Club de la Comedia.

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