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Contracrónica

Esclavos de sus palabras

Sonroja escuchar tanto el desparpajo con que Ortiz perseguía sus intereses como, si cabe aún más, la imagen de unos políticos solícitos prestos a atender los requerimientos del empresario

Enrique Ortiz a su llegada a una sesión del juicio. | MANUEL R. SALA

Enrique Ortiz a su llegada a una sesión del juicio. | MANUEL R. SALA / JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZj.a.martínez

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Mercedes Gallego

Mercedes Gallego

Si creyera en la teoría de la conspiración pensaría que el desmontaje ayer de una instalación metálica en la plaza del Ayuntamiento se había hecho coincidir ex profeso con la audición de las conversaciones intervenidas al empresario Enrique Ortiz en la causa del PGOU para que se escucharan lo peor posible. Pero ni tengo ese punto conspiranoico ni creo que, pese al ruido de fondo, a ninguno de los presentes en la sala donde se está juzgando este caso de corrupción se les escapara el escenario en que se movían los ahora acusados y el papel que cada uno jugaba en esa especie de submundo en el que se interrelacionaban, con independencia de su encaje en el Código Penal.

El primero en ser consciente, el propio Ortiz, con quien cobra especial sentido aquello de que somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras. Y la mejor prueba de ello, el semblante inhabitualmente serio con que escuchó ayer apenas una pequeña parte de lo que durante tres años habló y la Policía le grabó.

Vaya por delante que muy pocos, por no decir nadie, seríamos capaces de salir indemne de semejante prueba. Pero sonroja ser testigo siquiera auditivo tanto del desparpajo y el tesón con que el promotor perseguía sus intereses como, si cabe aún más, la connivencia interesada de unos políticos solícitos y prestos a atender cada requerimiento del empresario, como se retratan en estos pinchazos los exalcaldes Luis Díaz Alperi y Sonia Castedo, que se han zafado de pasar este trance delante del tribunal. Unas escuchas que muestran a una entonces concejala de Urbanismo (en lo oído ayer aún no había dimitido Alperi) que no tiene un «no» para el empresario ya le propusiera quedar donde no pudieran verles, acercarle unos planos o pedirle una ficha urbanística. Me pregunto cuántos promotores de la época tenían tan fácil acceso a la responsable del área. O un Alperi altanero exigiendo sus dádivas (lamentable es la secuencia donde por el precio del jet ve peligrar su viaje a Creta) que hace sentir vergüenza ajena de quien durante tanto años fue la primera autoridad (sic) de esta ciudad.

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