Me han pedido que escriba mirando hacia adelante, ¡nada menos que hacia 2050!, y eso me suena tan lejos, que estoy un poco sobresaltada. Quizás entonces habrá robots que lleven a los niños al colegio, o que les mojen las galletas en la leche, como me dijo una vez un alumno. Quizás habrá drones que vigilen desde lo alto los patios de las escuelas, como aquel triangular ojo de Dios que a mí tanto me asustaba. Quizás entonces todo será más rápido, más limpio y más eficaz. Pero creo que si los niños siguen siendo de la misma pasta humana que son ahora, seguirán necesitando miradas, afecto, escucha, tiempo, palabras y acompañamiento.

Este planteamiento futurista me ha puesto en la tesitura de imaginar. Me imagino, y deseo, para el futuro una escuela infantil rica en vida, en proyectos, en ilusiones, en la que los niños y niñas se verían entendidos y notarían que se responde a sus necesidades. Una escuela cuyo objetivo no sería enseñar, sino acompañar a aprender. Allí a los niños se les regalarían las palabras como un magnífico presente, porque se podrían expresar pensamientos, sueños y sentimientos. Allí todo tendría sentido, porque se haría partícipes a los niños de lo que iría ocurriendo. Allí los cuentos serían fuente de aprendizaje de las emociones, la cultura y el comportamiento humano, los poemas harían vibrar a los niños con su ritmo, su musicalidad y su belleza, y los teatros reproducirían las historias poniéndoles cuerpo y diversión.

Me imagino una escuela infantil donde los niños serían más importantes que los papeles y las programaciones, donde se trabajaría desde la curiosidad, la naturaleza, la investigación, el arte y las relaciones, y en la que se propondría a cada niño conocer su propia historia y construir su identidad a partir de su relato de vida. Me imagino una escuela en la que la belleza y el placer serían algo significativo a ofrecer a los pequeños, tanto en las artes plásticas, como en la literatura, la naturaleza o la cultura. Una escuela donde las producciones de los niños serían valoradas como juegos inacabables a respetar y conservar, donde el garabateo no se vería una inmadurez a resolver, sino el magma de donde emergerían las formas, los trazos, las líneas, los colores, las letras y las identidades.

En esa escuela se daría a los niños la posibilidad de que expresaran sus miedos, sus alegrías o sus descubrimientos y se pondría a su alcance una progresiva alfabetización sentimental, que les haría aprender a reconocer y nombrar los sentimientos que les conmueven. Me imagino una escuela en la que familias y maestros ejercerían una crianza compartida que aportaría a los niños equilibrio y tranquilidad al ver que sus adultos de referencia les harían asequible el mundo.

Me imagino unas escuelas infantiles bonitas, diferentes entre sí, cálidas, en las que los espacios estarían cuidados en cuanto a confortabilidad, estética y cercanía. Unas escuelas con el patio verde, con tierra, con agua, con arena, con flores, con sombras, con huertas. Con tiempos para jugar, para explorar, para descansar, para trepar, para esconderse, para escuchar a los pájaros y para oler a romero. Unas escuelas en las que la naturaleza aportaría no sólo alegría, belleza y cambio, sino también un buen conocimiento del ciclo de la vida, que tanto interés provoca en los niños pequeños, que empiezan a vivir y quieren saberlo todo.

Me imagino unas escuelas infantiles que acogerían a los niños de cero a seis años, esa preciosa etapa impulsiva, animista y mágica, y crearían para ellos el ambiente de calma, palabras y afecto que necesitan, para que desde ese lugar seguro, pudieran ir creciendo en un proceso sin apremios, sin sobreescolarización, sin demandas precoces de aprendizaje, sin invasiones tecnológicas, sino respetando y teniendo en cuenta el momento evolutivo que atraviesan. Me imagino unas escuelas en las que habría apertura, miramiento, sensibilidad y en las que los alumnos podrían salir a conocer museos, teatros, conciertos y lugares bellos.

Me imagino unas escuelas infantiles en las que todos los niños se conocerían, porque habría juegos compartidos, patio común, talleres internivelares, agrupamientos diversos para ver teatro, escuchar música, contar cuentos, jugar, bailar. En las que se esperaría que se adaptaran a estar fuera de su casa y se les dejaría el tiempo pertinente para socializarse despacito. Me imagino unas escuelas infantiles donde no sonarían los móviles, donde las pantallas sólo se usarían para averiguar alguna cosa que interesara a los niños, donde se priorizarían los acontecimientos afectivos y de relación a cualquier imposición de la tecnología.

Deseo e imagino unas escuelas infantiles en las que quepan las cosas de los niños, de las familias y de los maestros. Las cosas del aprender y las del sentir. Las cosas de estar solo y las de estar con otros. Unas escuelas que no pretendan quedar bien con la Inspección, con las familias, o con las estadísticas, sino con los propios niños. Y como se me hace muy lejano el 2050, propongo que empecemos ya a movernos de cara a lograr esas escuelas infantiles luminosas, alegres, acogedoras, compartidas y tranquilas. ¡Que los niños crecen muy deprisa y su mañana empieza hoy…!