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Una proposición indecente

Es increíble que haya ediles vacunados sin dimitir mientras gente con riesgo espera su inyección después de casi un año sin ver a los nietos - Los políticos aceptaron la dosis pero alguien se las puso. ¿A qué espera Barceló para acabar su investigación?

Una proposición indecente

Una proposición indecente

Hace ya algunos años, algún afortunado pope del marketing político inmortalizó un concepto solo aparentemente nuevo, el de la transparencia: la obligación de cualquier cargo público de demostrar que utiliza con honestidad y sin nada que ocultar los recursos y los dineros públicos. Es un anhelo atávico, tan viejo como la democracia, que nace del temor de cualquier ciudadano a que desde un enmoquetado despecho se urdan amaños, se organicen mordidas y comisiones, se mueva una rayita en un plano urbanístico, se coloque a algún cuñadete en un puesto bien remunerado. Vamos, la corrupción. Llevamos dos mil años así, desde lo de la mujer del César: Julio César repudió a su esposa por un acto que en realidad no había cometido, dejar entrar a un presunto amante en una fiesta religiosa sólo apta para mujeres; la desdichada ni había dejado entrar a nadie ni tenía amante alguno, pero el último prohombre de la república romana quiso atajar así cualquier murmuración, cualquier duda; llevó a la máxima radicalidad el concepto de transparencia que se pondría en boga dos milenios después. Evidentes machismos aparte, claro.

Una proposición indecente

Toda esta memoria subyace en la indignación colectiva que ahora muestra la sociedad civil ante el hecho de que algunos cargos públicos se hayan vacunado sin pertenecer a grupos de riesgo. Máxime cuando las dosis aún son increíblemente escasas y cuando hay tanta gente que sí es mucho más sensible a la devastación del virus esperando su turno: «Mientras yo, que tengo 75 años y tremendas patologías previas, no me separo del teléfono esperando que me llamen para que por fin me pongan la inyección y pueda visitar a mis nietos a los que no veo desde hace casi un año, usted, que es concejal y tiene todos los contactos del mundo a su disposición, ya se ha vacunado». Por eso, es increíble que ediles que sí lo han hecho aún no hayan dimitido: puede que en aquel momento creyeran que estaban obrando bien, que lo hicieran convencidos de que en caso contrario esa dosis se tiraría a la basura; pero deberían haberse marchado porque si se vacunaron fue porque son cargos públicos. Utilizaron ese privilegio y deberían haber renunciado aunque solo fuera para admitir el dolor de quienes siguen aguardando una esperanza contra el covid y no conocen a nadie ni tienen ningún despacho al que recurrir; también, para salvaguardar las garantías de la democracia. Sí, lo de Julio César.

Por supuesto no todos los regidores que se han vacunado son iguales. La exconcejala socialista de Dénia Cristina Morera, una persona hasta ahora de intachable prestigio en esa ciudad donde en seis años en el gobierno local no había encajado ni una sola crítica de la oposición, rompió a llorar el día en que presentó su dimisión irrevocable. Les digo yo que esas lágrimas no se fingen. Morera reconoció su error: «Si había una vacuna no debí levantarme el jersey», dijo para pedir disculpas. Que las pidió.

Es verdad que Morera se equivocó en otra cosa: desde que se vacunó hasta que este diario hizo público que lo había hecho transcurrieron catorce largos días en medio de una tormenta política de campeonato por todo este asunto en el que la exedil de Dénia guardó silencio. Nunca aclaró por qué lo hizo. Eso es grave, porque callar también traiciona la transparencia.

Pero más grave es que haya concejales que sigan en sus puestos. Insisto: no todos los cargos públicos vacunados son iguales. En sus despachos continúan el alcalde de La Nucia y diputado provincial (es verdad que ya sin competencias ni dedicación exclusiva) Bernabé Cano, también diputado provincial del PP; o el alcalde de El Verger, el socialista Ximo Coll. Es curioso que los dos, de partidos distintos, coincidan en sus argumentos: han pedido disculpas pero solo «por si alguien se hubiera sentido ofendido»; en el fondo siguen convencidos de que actuaron bien. Y no se van. No lo han entendido.

Coll incluso acusó a los grupos municipales de PP y Compromís de su pueblo de «montar un circo» por convocar un pleno para exigir su dimisión. Dos mil años del mejor pensamiento de la democracia occidental reducidos a un espectáculo circense. No está mal. Estrategia diferente es la de la alcaldesa de Els Poblets, Carolina Vives, también del PSOE y también vacunada. Simplemente no ha dicho esta boca mía. Es la alcaldesa burbuja. El silencio es también otra forma de desprecio.

Dicho esto, si alcaldes y concejales se han vacunado es porque alguien les vacunó. Alguien llevaba la inyección para que Morera se levantara el jersey. Esto se parece bastante al argumento de «Una proposición indecente», aquella película protagonizada por Robert Redford y Demi Moore en la que era tan censurable quien propone como quien acepta.

Es verdad que no hay un protocolo claro sobre qué hacer con las dosis sobrantes, la excusa utilizada por tantos ediles para vacunarse, pero resulta increíble que los responsables de los departamentos de salud no hubieran ofrecido esas dosis por ejemplo al personal sanitario de los centros privados que aún no han visto una aguja; o, incluso en pueblos relativamente pequeños como El Verger o Els Poblets en que todo el mundo se conoce, a personas mayores de 70 años. Hubieran tardado un minuto. Es verdad que quizás eso hubiera violado del mismo modo el protocolo. Pero era mucho más defendible: desde el punto de vista ético y desde el epidemiológico.

La Conselleria de Sanidad anunció hace ya días una investigación para saber qué está pasando en las distintas áreas sanitarias. Lo que también es increíble es que el departamento de Ana Barceló esté tardando tanto en concluir esas pesquisas. Urgen respuestas. Ya.

La exconcejala socialista de Dénia dimitió con lágrimas que eran de verdad. No todos los cargos vacunados son iguales. Su error fue no decir durante catorce días que se había equivocado.

El caso del primer edil de La Nucía ha tensionado al PP por su condición de diputado. Dijo que se disculpaba pero solo si había ofendido a alguien. La ofensa es mucho más grande. No ha dimitido.

Apenas se le conocen declaraciones que expliquen por qué la alcaldesa de Els Poblets se vacunó. Se ha rodeado de un silencio que parece una burbuja, como si el asunto no fuera con ella. No ha dimitido.

El alcalde de El Verger consideró «un circo» la decisión de PP y Compromís de forzar un pleno para exigir su dimisión tras vacunarse con la alcaldesa de Els Poblets. No ha dimitido.

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