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Gent de la Terreta: Ángela Nieto, del Cheminova a la excelencia

En aquel rincón de la ciencia, a finales de 2003, Ángela Nieto y Juan Lerma, pareja y destacados científicos del centro, expusieron el plan

Ilustración:  Ana Alicia González Martínez/BELLAS ARTES. UMH

Ilustración: Ana Alicia González Martínez/BELLAS ARTES. UMH

El empeño de Carlos Belmonte abría la puerta, pero el paso decisivo para atravesar su umbral debía darse en la reunión que todo el equipo iba a celebrar en el laboratorio del Instituto Cajal de Madrid. En aquel rincón de la ciencia, a finales de 2003, Ángela Nieto y Juan Lerma, pareja y destacados científicos del centro, expusieron el plan y, acto seguido, tuvieron que esforzarse para contener la emoción al comprobar que, sin dudas ni preguntas, la veintena de profesionales que componían sus grupos de trabajo se levantaban de su asiento con un pronunciamiento unánime: «¿Hay que ir a Alicante? Pues adelante, allá vamos».

Empezaba así la aventura científica que hoy permanece, encumbrada con etiqueta de excelencia, en el alicantino Instituto de Neurociencias del CSIC y la Universidad Miguel Hernández, ese proyecto que Belmonte cimentó con mimo tras convencer a base de perseverancia, determinación y entusiasmo a Ángela y a Juan («¿qué necesitáis? Decidme lo que queréis y lo tendréis»).

El director del Instituto sabía perfectamente qué teclas tocaba. A esas alturas, Lerma era un científico de gran prestigio, mientras que Ángela, tras ampliar sus conocimientos en el Instituto Max Planck de Psiquiatría de Múnich y en el National Institute for Medical Research de Londres, no solo marcaba el paso en el Cajal, sino que lideraba la investigación sobre movimientos celulares y los genes que los motivan.

Años antes, en 1994, la bióloga y su equipo habían publicado en la prestigiosa revista Science un trabajo que explicaba ese movimiento celular, plasmando en su último párrafo la similitud con el cáncer cuando éste se disemina para formar metástasis. Aquella línea de investigación acabó demostrando un lustro más tarde que la hipótesis planteada había dado en el clavo.

El descubrimiento marcó uno de los hitos de una trayectoria que comenzó a labrarse desde muy joven, prácticamente desde la infancia, etapa en la que aprendió a familiarizarse con la ciencia a través del juego del Cheminova, con sus fascinantes mezclas resultantes, y con la lectura de la revista «Investigación y Ciencia», que su padre -que algo debió intuir- le llevaba a casa puntualmente. Aquella publicación destacaba un lema en su contraportada que no solo la cautivó, sino que se convirtió en el sello de su carrera: «Seguiremos avanzando en los campos del conocimiento».

Lo cierto es que la pequeña Ángela, alejada de los roles predeterminados, jamás mostró interés por juguetes o muñecas, sino por las propiedades emergentes de mezclar cosas, de ahí que pidiera como regalo a sus padres un juego de química. Cumplido el deseo, el Cheminova la mantuvo entretenida hasta que un día, puesta en faena y añadiendo una pizca de atrevimiento a una mezcla alejada del manual, ocasionó una pequeña explosión, circunstancia que condujo a que la caja de cartón y sus componentes desaparecieran para siempre de su alcance.

En cualquier caso, el Cheminova, con sus tubos y probetas, sirvió para orientarla hacia una materia que concretó en COU gracias a Isabel Bauzá, su profesora de biología en el madrileño Instituto Isabel La Católica.

Encauzada por ese camino, Ángela llega a la Universidad Autónoma de Madrid, un centro recién estrenado con profesores que acaban de regresar del extranjero, cuyo sistema educativo incide en el terreno de las prácticas a desarrollar en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa.

El entrenamiento se traduce en una base sólida para la futura bióloga, que culmina la tesis en el mismo centro, donde, además de tener la oportunidad de conocer al propio Severo Ochoa, estrecha lazos con Margarita Salas y con Antonio García Bellido y Ginés Morata, referentes de la biología del desarrollo.

Culminada la tesis, basada en la interacción del material genético, la ya bióloga cambia de rama y se traslada al Instituto de Investigaciones Biomédicas Alberto Sols de Madrid, donde comienza a estudiar la muerte celular programada.

El siguiente paso le lleva a centrarse en biología del desarrollo en el Max Planck muniqués, que cambió por Londres para seguir por ese mismo camino en torno a la formación de embriones. Desde entonces, Nieto fija su trabajo en ese punto, en entender cómo se forman los organismos para comprender cómo pueden aparecer malformaciones congénitas y a qué se pueden deber. Esa tarea de investigación de los movimientos celulares, que estableció en el Cajal ya como científica titular, condujo a deducir que originan enfermedades en el adulto, léase metástasis en el cáncer.

En ese punto, aparece la oferta del Instituto de Neurociencias de Alicante con la posibilidad de ampliar el horizonte en un centro destinado a la excelencia, un proyecto ilusionante que Nieto y Lerma observan como otra gran oportunidad para «avanzar en los campos del conocimiento». Así, poco después de la exposición del plan en el nuevo destino y su aceptación unánime, se procede al traslado, que se ejecuta en caravana, con los grupos de investigación al completo, todos en fila, estudiantes y doctores, incluyendo un camión a 20 grados bajo cero, otro a temperatura ambiente y alguna furgoneta con muebles y objetos del personal, amén de un vehículo que partió antes, por los cauces reglamentarios, con los animales (ratones, peces y pollos).

Si llamativa resultó la respuesta y la voluntad firme de todo su equipo para unirse al nuevo destino, también resultó sorprendente que, treinta y seis horas después de quedar instalados en Alicante con la llegada de la caravana, se pusiera en marcha el primer experimento en Neurociencias: una PCR destinada a detectar los genes que se activan en el cáncer.

Desde entonces, el Instituto alicantino no solo mantiene líneas de investigación y detección avanzadas destinadas al cáncer, a la degeneración de los órganos y al envejecimiento, sino que ejerce como un lugar de entrenamiento de científicos, de donde de manera natural salen profesionales de la ciencia perfectamente preparados para abordar proyectos de investigación independientes.

Toda esa labor no pasó desapercibida para la Real Academia de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que aprobó incluir a Ángela Nieto como sexta académica en toda la historia, un reconocimiento que se une al Premio Nacional Ramón y Cajal de investigación en biología y a otras distinciones, así como al hecho de ocupar un destacado lugar entre los investigadores más citados internacionalmente en el área de biología del desarrollo.

Con todo, además de avanzar sin desmayo en su tarea, la bióloga afincada en Alicante tiene abiertos otros campos de batalla, entre ellos la firme reclamación para la inversión en ciencia por parte de la Administración y el natural desembarco de la mujer en la carrera científica. Todo bajo esa premisa que le acompaña desde niña, aquella que le sugiere avanzar sin desmayo en los campos del conocimiento.

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