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Generación T: Absorbidos por la pantalla

Las restricciones por la pandemia disparan el abuso de dispositivos electrónicos entre los niños y agrandan la brecha digital - Los expertos detectan más problemas de socialización, más necesidades emocionales y más trastornos de conducta

El abuso de pantallas se ha disparado por el confinamiento: el 73% de los niños las utiliza más de 90 minutos al día frente al 15% anterior. DAVID REVENGA

Fueron los primeros a los que encerramos en casa y los últimos a los que dejamos volver a pisar la calle. Los tomamos por supercontagiadores y de la noche a la mañana los apartamos de abuelos, tíos, primos, amigos, maestros y compañeros de escuela. Les obligamos a estudiar en casa. Y, a la vez, les privamos de clases, fiestas, extraescolares, cumpleaños, columpios, deportes o parques de bolas. Escondimos sus gestos de sorpresa, alegría, enfado o tristeza detrás de una mascarilla y también tuvieron que reaprender a interpretar los nuestros. Únicamente el paso del tiempo ha permitido a los niños demostrarnos que no solo son quienes mejor se han adaptado al vuelco que el coronavirus provocó en nuestras vidas, sino también quienes menos se contagian y quienes han cumplido mejor las normas. Aunque la factura de todo lo anterior empieza ahora a dar la cara.

En la provincia de Alicante viven alrededor de 210.000 niños y niñas de entre 0 y 12 años, lo que algunos expertos han venido a llamar la «Generación Alfa» o «Generación T», de táctil. Engloba a los menores nacidos a partir de 2010, el año en que Apple lanzó al mercado su primer iPad, para clasificar a la primera generación de nativos digitales al cien por cien. Ya hay distintos estudios sobre el impacto que el covid-19 ha dejado en sus cortas vidas. Entre ellos, uno elaborado por el grupo de investigación AITANA de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche sobre los efectos que causó el confinamiento y que, además, compara la situación vivida por la infancia en España e Italia durante los primeros meses de la pandemia a través de encuestas realizadas a 1.143 progenitores de ambos países. Aunque centrado en las semanas en que duró la cuarentena, el mismo podría ser también extrapolable a lo que les ha sucedido a los niños meses después, cuando las distintas olas de contagios o las cuarentenas por contacto estrecho con algún positivo los han vuelto a recluir la mayor parte del tiempo en sus domicilios.

Dos niñas juegan frente a un parque clausurado. | DAVID REVENGA

La principal conclusión que arrojó esta investigación es que nueve de cada diez menores presentó alteraciones en su comportamiento a raíz de tener que respetar las reglas de no salir de casa, estar sin poder acudir a su centro educativo o convivir tantas horas con los progenitores. El estudio, coordinado por los profesores del Departamento de Psicología de la Salud, José Pedro Espada, Mireia Orgilés y Alexandra Morales en colaboración con investigadores de la Universidad degli Studi de Perugia (Italia), apunta también que los niños españoles sufrieron en mayor grado los efectos de la cuarentena porque aquí las restricciones se prolongaron durante más tiempo: seis semanas, frente a las tres que duró para los infantes el confinamiento duro en Italia. Y, lo que es más alarmante: mientras que del 15% de los niños usaba pantallas (ipads, ordenadores, móviles…) más de 90 minutos al día antes de la pandemia, el abuso de estos dispositivos entre los más pequeños se disparó hasta el 73% por la cuarentena.

Confinamientos y cuarentenas han trasladado el cole a casa. | DAVID REVENGA

Cualquiera que compartiera aquellos días de entre marzo y junio con niños pequeños puede, en mayor o menor medida, corroborar este dato. Los menores comenzaron recibiendo clases a través de ordenadores o tabletas y acabaron empleando el móvil de sus padres para hacer a diario videollamadas con familiares, amigos o compañeros de clase. Hicieron tablas de ejercicios, fueron al circo o bailaron zumba a través de Youtube. Vieron películas y dibujos por televisión. O se adentraron en el mundo de los videojuegos, a veces destinados a público de mayor edad. Y, al final, por hastío, aburrimiento, falta de atención o por una mezcla de todas, muchos acabaron pasando más tiempo delante de una pantalla que fuera de ella. Después, muchos ya no han podido parar.

«Los ciclos de sueño se han roto porque muchos han seguido usando las tabletas por la noche, a costa de descansar menos»

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El psicólogo infantil Juanjo Saval, director del Centro Terapéutico Espiral en Benidorm y cofundador del Centro Creciendo de Alicante, asegura que los efectos de este abuso de los dispositivos electrónicos es una de las causas que más ha aumentado en consulta, muchas veces porque asociamos el ocio a estar fuera de casa y, cuando hemos tenido que estar dentro, no hemos sabido readaptar nuestros hábitos. «Estamos viendo porcentajes altísimos de familias en las que los videojuegos son la principal fuente de problemas dentro del hogar», asegura. Entre los problemas derivados de este consumo excesivo, Saval menciona el insomnio —«Los ciclos de sueño se han roto porque muchos han seguido usando las tabletas por la noche, a costa de descansar menos»—; alteraciones en el comportamiento, dificultad para cumplir los límites, nerviosismo y una mayor irritabilidad: «Los niños están sobreestimulados, porque además se trata de una actividad sedentaria, que les estimula mucho pero les impide canalizar la energía por otras vías».

El abuso de las tecnologías también se ha detectado dentro de los colegios. De hecho, maestros consultados afirman que muchos niños han sustituido juegos que antes eran los reyes del patio, como las carreras, el pilla-pilla o el fútbol, por otros relacionados con personajes de videojuegos, que también tienen ahora mayor presencia en actividades tan sencillas como el dibujo libre.

Más desigualdades

La crisis provocada por el covid-19 también ha agrandado las desigualdades entre las familias y la brecha digital. María José Agulló, maestra de Educación Infantil en el CEIP Els Tolls de Benidorm, explica que mientras que la escuela pública históricamente ha permitido a los niños equipararse y gozar de las mismas oportunidades, la imposición del «telecole» por el confinamiento evidenció el abismo existente entre muchas familias, lo que ha hecho que en clases donde los alumnos avanzaban de manera bastante homogénea ahora también se hayan distanciado: «Muchos niños tuvieron la suerte de tener medios al alcance y de tener a sus padres con tiempo para ocuparse de ellos, pero otros casi no pudieron hacer nada por falta de motivación o porque sus padres trabajaron y no podían ayudarles en las actividades escolares», explica. A ello se une la falta de conexión: «También se dieron muchísimos casos de familias que ni siquiera han podido tener acceso a una página web o un telegram para poder recibir la educación online o situaciones familiares que han sido difíciles porque ha enfermado un pariente, porque son hogares complicados,...», circunstancias que a su juicio han causado un retraso involuntario en parte del alumnado.

Mayor inquietud por la muerte

Más allá del plano meramente educativo, los maestros también destacan que los menores se han visto obligados a adaptarse a las nuevas rutinas dentro del aula, como el lavado constante de manos o el uso de la mascarilla; a las nuevas normas, como reducir el contacto físico entre ellos o aguantar con las ventanas abiertas aunque se estén pelando de frío; y, sobre todo, estos mismos docentes muchas veces han tenido que hacer de guías emocionales para ayudarles a suplir muchas carencias en el plano afectivo por medio de otras herramientas y a sobrellevar muchos miedos construidos a raíz de la pandemia. Por ejemplo, Agulló explica que ahora en el aula surgen «muchas conversaciones acerca de la muerte, prácticamente a diario, cuando antes, en una clase de 5 años, difícilmente se abordaba este tema más que dos o tres veces a lo largo del curso».

Juanjo Saval afirma que también han detectado esta inquietud en las consultas de Psicología: «Estamos expuestos a una sobreinformación sobre los muertos de cada día, de cada zona; los menores llevan meses escuchándolo constantemente. De modo que el miedo a que la muerte le pueda ocurrir a un padre, a un abuelo u otro familiar es cada vez más real y ha estado más presente que nunca», explica. Una angustia que se agrava aún más en familias que han sufrido la experiencia en primera persona por el contagio o la muerte de algún familiar con covid.

La regresión de algunos aprendizajes, como el hecho de volver a hacerse pis encima o de no poderse ir solos a la cama, también es otra de las secuelas que más se están dando entre los menores. Y, junto a ellas, un excesivo proteccionismo por parte de los padres, que a la larga puede también ser contraproducente para los niños: «Los hace más vulnerables», indican los expertos.

Muchos de nuestros pequeños coinciden en preguntar constantemente algo a sus padres: «¿Cuándo vamos a poder hacer todas las cosas que hacíamos antes?». Hasta ahora, pocos hemos podido darles respuesta. Ojalá pronto.

«Para los niños más pequeños es difícil entender la certeza de que algo que no se puede ver pueda causar tanto mal»

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Del miedo a un virus que no pueden ver a la obsesión por no contagiarse

La forma de actuar de los niños y de interrelacionarse entre ellos y con los adultos también ha cambiado rotundamente por el covid-19. A muchos de ellos, la pandemia les ha despertado por primera vez lo que los expertos llaman el «miedo impalpable»: un virus que va por el aire pero que ni pueden ver, ni pueden oír, ni pueden tocar. «Nuestra mente está preparada para enfrentarse mejor o peor a peligros que nosotros vemos: cuando tienes miedo a los perros, a la oscuridad,... Pero para los niños más pequeños es difícil entender la certeza de que algo que no se puede ver pueda causar tanto mal», explica el psicólogo Juanjo Saval. Las medidas de seguridad para evitar contagios, como lavado constante de manos, el uso de geles y mascarillas o la distancia social, que impide por ejemplo dar abrazos, también han condicionado por completo la vida de los más pequeños. Y también, el cumplimiento de otras normas, como el toque de queda o los confinamientos perimetrales, conceptos que los pequeños no olvidarán.

Salud Menos actividad física y peores hábitos de alimentación

La pandemia en los niños también ha llevado a muchos menores a la adopción de hábitos que, de consolidarse, pueden acabar derivando en importantes problemas de su salud. El estudio del grupo AITANA de la UMH sobre los efectos del covid en los menores refleja que el 25% de los niños comió más de lo habitual mientras estaba confinado y que sólo el 14% de ellos practicó alguna actividad física durante más de una hora al día, frente al sedentarismo generalizado que se impuso al estar encerrados en casa. La imposibilidad de canalizar su energía y de mantener las rutinas también hizo que prácticamente estuvieran más nerviosos, más irritables, más inquietos o más aburridos de lo habitual. Igualmente, el estudio señala que siete de cada diez niños tuvo problemas para concentrarse y que, en comparación con los italianos, los niños españoles estuvieron más ansiosos, discutieron de forma más frecuente con el resto de la familia, tuvieron más quejas físicas, durmieron peor, lloraron con mayor facilidad, tuvieron más miedo de irse a la cama solos o estuvieron más tristes.

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