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La hermana menor de la muerte: Jefe Simón

Simón estuvo presente el 28 de julio de 1935 en la inauguración del primer círculo falangista de Alicante, situado en un piso de la casa inmediata a la del bar Eritaña, con subida por la calle Mayor y balcones a la de Altamira

Voluntarios de la División Azul.  | WIKIPEDIA

Voluntarios de la División Azul. | WIKIPEDIA

En 1934, cuando era un estudiante de 18 años, Simón Alcaraz Sáez se afilió a Falange Española. En septiembre de aquel mismo año fue encerrado durante un par de días en el calabozo de San Juan de Alicante junto con un compañero apodado el Rubio, un año mayor que él. Fueron detenidos mientras repartían propaganda. El Rubio iba armado con una pistola Komet y él llevaba encima dos porras de plomo y un cable de acero.

Simón estuvo presente el 28 de julio de 1935 en la inauguración del primer círculo falangista de Alicante, situado en un piso de la casa inmediata a la del bar Eritaña, con subida por la calle Mayor y balcones a la de Altamira. La mayoría de los asistentes eran jóvenes estudiantes como él: Ramón Rojas, Felipe Bergé, César Elguezábal, Luis Castelló, José Gil Muñoz… Eran los que más tarde se denominarían camisas viejas.

LA HERMANA MENOR DE LA MUERTE: JEFE SIMÓN

Cuatro de ellos asaltaron en la noche siguiente al director de El Luchador para darle un escarmiento por las críticas que se vertían en ese periódico alicantino contra la Falange. Eran el madrileño José Ibáñez Musso, de 29 años; Pepito Abad, que llevaba un bigotito a lo Hitler; el Rubio y Simón; pero el periodista Álvaro Botella se defendió con bravura después de recibir en la cabeza un golpe que le dio Musso con una porra de acero.

Simón y sus compañeros vieron con impotencia cómo el 5 de junio de 1936 llegaba trasladado desde Madrid a la cárcel de Alicante el fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera. Poco después estalló la Guerra Civil, y algunos de ellos consiguieron pasarse durante los meses siguientes a la zona controlada por los sublevados, para luchar con el ejército mandado por el general Franco. Simón fue uno de ellos.

LA HERMANA MENOR DE LA MUERTE: JEFE SIMÓN

Al finalizar la guerra Simón regresó a Alicante. Sin familia y trabajando esporádicamente como pintor y decorador, decidió presentarse voluntario en el verano de 1941 para formar parte de la 250.ª División de Infantería, que sería más conocida con el nombre de División Azul. El 13 de julio de aquel año partió hacia Rusia, para luchar contra los comunistas junto al ejército alemán. Volvió el 27 de mayo de 1942 en compañía de otros 49 excombatientes, los cuales fueron agasajados en el hotel Victoria con un desayuno. Luego fueron a pie hasta el monasterio de la Verónica, para ofrendar a la Santa Faz las condecoraciones que habían recibido del Gobierno alemán.

Pero después de las celebraciones Simón se encontró solo y sin medio de vida. Buscó empleo, pero no lo encontró. Pidió ayuda a sus antiguos camaradas falangistas, muchos de ellos pertenecientes a familias acaudaladas, pero le dieron la espalda. Ni siquiera el Rubio, otrora su mejor amigo, le proporcionó más que promesas y calderilla.

En la tarde del viernes 12 de junio de 1942, Simón fue detenido por dos agentes de policía en la calle Virgen de Belén, cerca de la casa donde había arrendado una habitación. Se hallaba embriagado, blasfemando a grandes voces y provocando un gran escándalo. Se resistió a ser arrestado y mantuvo una pelea con ambos policías, a quienes agredió y tuvieron que ser atendidos en la Casa de Socorro. Aunque se declaró arrepentido ante el juez de instrucción n.º 1, este ordenó su encierro en el Reformatorio de Adultos.

El 23 de julio de 1942 Simón pagó la fianza de mil pesetas que había decretado el juez y salió en libertad condicional.

Un año después, el 3 de julio de 1943, se celebró en la colegiata de San Nicolás un solemne funeral por los alicantinos muertos en Rusia, con la presencia de los gobernadores civil y militar, el alcalde Román Bono Marín y el cónsul de Italia, Luigi Corno Masserati, que ostentaba la representación del cuerpo consular y del ausente Joachim von Knobloch, cónsul alemán. Pero a esta celebración no pudo asistir Simón porque unas semanas antes se había celebrado el juicio en la Audiencia Provincial, cuya sentencia le condenaba a diez meses de prisión menor y multa de mil pesetas, por el delito de atentado contra la autoridad.

A partir de entonces la vida de Simón cambió radicalmente. Dolido por el modo como había sido tratado tras su regreso de Rusia, sin trabajo estable y sintiéndose traicionado por sus antiguos amigos y compañeros de la Falange, decidió buscarse la vida al otro lado de la ley.

Comenzó haciendo chanchullos en el estraperlo, desde tabaco hasta penicilina, pero pronto ingresó en una banda dedicada al contrabando a gran escala, dirigida por Pascualeto, un comerciante de origen italiano con buenos contactos y muy despiadado, cuya seña de identidad ante sus enemigos era el corte de nariz y de orejas. Era fama que cuando descubrió que su hija se había entregado a su novio, encerró a esta en un sótano, después de obligarla a ver cómo la nariz y las orejas de su amante eran entregadas a los perros que criaba para peleas clandestinas.

Pero la crueldad de Pascualeto no persuadió a Simón de mantener a escondidas encuentros sexuales con la esposa de aquel. Aprovechando que se había convertido en uno de sus hombres de confianza, Simón se reunía con Malusa mientras el Gallo, un matón amigo suyo, vigilaba a cambio de dinero. Más de una vez el Gallo salvó a Simón y a Malusa de ser descubiertos por Pascualeto. Hasta que una tarde otoñal de 1949 el Gallo se quedó dormido en la puerta de la pensión donde estaba la pareja y Pascualeto los sorprendió in fraganti. Iba este acompañado por su guardaespaldas, Amancio Escévola, alias el Zurdo, muy respetado y temido por todos cuantos le conocían, ya que había perdido la mano derecha tras introducirla voluntariamente en un brasero lleno de brasas ardientes. Pascualeto le había encargado matar al jefe de una banda rival de El Campello que se negaba a negociar, pero no pudo hacerlo porque fue apresado. Cuando fue llevado ante el jefe rival, metió la mano derecha en el brasero que habían prendido para torturarle y, mirándole fijamente a los ojos, le dijo que él solo había ido a avisarle de que Pascualeto tenía dos docenas de hombres como él, dispuestos a matarle si no se avenía a negociar. Impresionado, el jefe rival aceptó reunirse con Pascualeto para repartirse el contrabando que arribaba por la costa norte de Alicante, hasta Calpe.

Aunque sorprendido, Simón tuvo la suerte de empuñar su pistola y disparar, antes de que lo hicieran Pascualeto y el Zurdo. Odiaba a Pascualeto, por lo que se alegró al ver cómo su camisa blanca se teñía rápidamente de rojo con su propia sangre; pero sentía aprecio por el Zurdo, por lo que sintió alivio al comprobar que tan solo le había herido. Se lo llevó con él para curarlo y castigó al Gallo disparándole una bala en la cabeza, poniéndole su pistola en la mano derecha para que la policía creyera que había sido él quien mató a Pascualeto.

Simón heredó la familia y la empresa de Pascualeto. Consiguió la lealtad del Zurdo y de los demás hombres de la banda y, en poco tiempo, redobló las ganancias al aumentar los artículos con que comerciaban ilegalmente. También empezó a explotar otras líneas de negocio, como el juego y la prostitución.

Durante las décadas de 1950 y 1960 la organización de Simón se fortaleció y se extendió por la provincia, aliándose o luchando con otras bandas locales, nacionales y hasta internacionales, comerciando con todo aquello que estaba prohibido.

Sus rivales intentaron acabar con él varias veces, pero siempre logró salvarse gracias a su intuición y, sobre todo, a la lealtad de sus hombres de confianza, algunos de los cuales dieron su vida por él. Como aquella vez a finales de 1959, cuando su flamante Mercedes Colas fue atacado por tres pistoleros en la pedanía de Verdegás, adonde había ido a visitar a Pepita, la esposa de uno de sus hombres que estaba encarcelado y a la que llevaba tiempo tratando de seducir sin éxito. De los cuatro ocupantes del automóvil, solo él salvó la vida, gracias a que, pese a estar gravemente herido, el Zurdo acabó con dos de los asaltantes y puso en fuga al otro. El Zurdo fue llevado por Simón a la casita de la Cañada del Fenollar donde este mantenía escondido a Mompó, un médico que había sido encarcelado por practicar abortos y realizar curas clandestinas, y a quien había ayudado a escapar cuando era trasladado de cárcel. Asistido por su hija herborista, Mompó trató de salvar la vida del Zurdo, pero no lo consiguió. No obstante, el Zurdo no abandonó a su jefe y amigo, pues en adelante, cada vez que se hallaba en peligro, aparecía brevemente para ayudarle.

Simón apenas sufrió la persecución de la Policía o la Guardia Civil porque tenía sobornados a algunos de ellos y porque estaba muy bien asesorado por José Cascante, un abogado inteligente y corrupto que contaba con valiosos contactos en los tribunales de justicia. Como seguidor de Baltasar Gracián, tenía siempre muy presente que al hablar importa más la discreción que la elocuencia, y que la verdad en la boca es muy dulce, pero en el oído es muy amarga. En cuanto a su trato con su jefe, Simón, había aprendido a medir muy bien sus consejos, para no dar una sensación de superioridad que podría costarle muy caro. Cascante sabía que Simón había llegado a considerarse un sol, y los demás, en el mejor de los casos, no eran más que estrellas.

En cuanto a la familia que había heredado de Pascualeto, Simón mantenía una relación bastante conflictiva con Malusa, de carácter levantisco y desaforado amor por los jóvenes. Peor le había ido aún con los dos hijos de esta. Petra se había fugado en 1967, cuando tenía 17 años, harta de discutir con su madre, y aunque Simón había ordenado buscarla, fue en vano. El hermano mayor, León, más conocido como Leonte, se encariñó de Simón, a quien admiraba y procuraba agradar. Pero había muerto un año antes, en el invierno de 1969. Aficionado a las carreras de motos clandestinas, en las que se cruzaban cuantiosas apuestas, había sufrido un mortal accidente en el puerto de la Carrasqueta mientras competía contra Elio, un joven pero experimentado motorista que gozaba de la protección de un coronel de caballería retirado que residía en Alcoy. Cuando Simón descubrió que la moto de Leonte había sido saboteada por el mecánico Martino, a quien había sobornado Elio, ordenó que torturasen al mecánico hasta matarlo y lo arrojaran al mar desde la carretera de la Cantera. Vengarse de Elio fue algo más difícil, pues solía ir siempre acompañado por Saulo, apodado la Hidra porque, según se decía, tenía un hálito asqueroso y envenenaba las balas con que cargaba su pistola. No obstante, los tres hombres a los que encargó el trabajo supieron cumplirlo satisfactoriamente. Aprovechando el mucho ruido de petardos que había en las calles alcoyanas durante la fiesta de Moros y Cristianos que se celebró pocos meses después de la muerte de Leonte, acribillaron a Elio y a Saulo en un portal sin que nadie se percatara de lo que estaba sucediendo.

Sospechando que Jefe Simón, tal como le conocían todos desde hacía unos años, era el culpable del asesinato de su protegido Elio, el coronel alcoyano llevaba meses tratando de resarcirse. No se había atrevido a atacarle directamente porque carecía de medios suficientes, pero sí que desplegó todas sus influencias para perjudicarle en cuantos negocios pudiera. Uno de ellos fue convenciendo a Eutiquio Gómez, un empresario zapatero de Elda, para que se negase a seguir blanqueando dinero de Jefe Simón. Este había ordenado el día anterior a dos de sus hombres que fuesen a Elda para escarmentar a Tiquio, como le llamaban los parientes y amigos, y ahora, al mediodía del miércoles 11 de noviembre de 1970, se hallaba en compañía de Cascante esperando en el salón de su casa a que viniesen a informarle de cómo les había ido y si habían logrado convencer a Tiquio para que siguiese trabajando para él, cuando Gabino, su joven sirviente, le anunció que los gemelos Silvio y Ribaldo esperaban fuera con un viejo que se había presentado de improviso y que decía que quería hablar con él.

–¿Un viejo, dices? ¿Desconocido?

–Sí, jefe. Dice que se llama Trinidad y que viene de parte de Gori.

Jefe Simón miró a Cascante con ojos de asombro. Este se encogió de hombros.

–Que entren, Gabinete -ordenó.

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