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Más enfadados y antisociales tras el covid

Un año después de comenzar la pandemia los ciudadanos tienen más miedo, duermen peor, cuidan menos su aspecto y se muestran agotados - Aumentan los casos de agorafobia, hipocondría y trastornos obsesivos con la limpieza y la desinfección

Muchas personas no salen de sus casas por temor al contagio y otras han desarrollado trastornos compulsivos con la limpieza.   | DAVID REVENGA/ ÁXEL ÁLVAREZ

Muchas personas no salen de sus casas por temor al contagio y otras han desarrollado trastornos compulsivos con la limpieza. | DAVID REVENGA/ ÁXEL ÁLVAREZ

El virus que se nos metió en la cabeza hace un año está dejando unas secuelas sociales e individuales que serán difícil de superar. Con la irrupción de la pandemia en marzo de 2020 la vida cotidiana ha cambiado sustancialmente y las restricciones ordenadas por las autoridades sanitarias han alterado el comportamiento individual y colectivo. Así lo refleja la encuesta de ámbito nacional publicada por el diario INFORMACIÓN, que constata que las personas se muestran ahora más agotadas, tanto física como mental y emocionalmente, los problemas derivados de la falta de sueño y del necesario descanso reparador se han incrementado porque se duerme peor y se tienen más pesadillas. También hay más propensión al malestar psicológico, a la irritación y al enfado por asuntos banales. El aislamiento ha generado un retroceso en las habilidades sociales; concentrarse para estudiar o trabajar es ahora más complicado que antes del covid-19 y las personas se han descuidado, tanto en su aspecto físico como en su forma de vestir. En suma, somos más antisociales y más miedosos. De hecho, el 77,8% de los encuestados y encuestadas admite haber reducido o limitado sus relaciones sociales, contactos físicos y vida social, mientras el 29,3% sale menos de viaje, paseo y ocio. Y respecto a los temores sobrevenidos con la crisis sanitaria los principales guardan relación con la muerte de un familiar o un ser querido. Así lo reconoce el 86,6% de los consultados mientras el 23,4% confiesa sentir mucho o bastante miedo a morir por coronavirus. El temor a enfermar o sufrir una recaída le afecta al 33,1%; a estar aislado socialmente al 25,8%; a no poder celebrar eventos especiales como bodas, bautizos o funerales al 15,6% y a la escasez de alimentos al 10,5%. Un miedo éste último que dio lugar a largas colas en los supermercados, tras decretarse el Estado de Alarma, y a la simbólica imagen de los carros llenos de papel del váter.

Una mayor empatía, la mejora de los hábitos saludables y el cambio de valores sociales son las consecuencias positivas de esta crisis sanitaria

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Pero la pandemia también ha traído consigo efectos negativos en la salud mental de las personas. Expertos en psicología y psiquiatría están detectando un apreciable aumento de casos de agorafobia, fobia social, hipocondría y trastornos obsesivos compulsivos relacionados con la limpieza y la desinfección. Hay enfermos que sienten auténtico terror a pulsar el timbre de una vivienda o un ascensor, realizar operaciones en un cajero automático, abrir o cerrar una puerta con picaporte, utilizar un teléfono ajeno o el carro de un supermercado, compartir un vehículo o, simplemente, tocar cualquier superficie sin guantes porque piensan que pueden infectarse y acabar en la UCI. Otros se lavan las manos de manera compulsiva y se aplican gel hidroalcohólico a todas horas sin haber tenido ningún contacto físico. También los hay que no se atreven a utilizar el transporte público o salir a la calle sin llevar dos mascarillas, guantes y pantalla protectora.

Los casos de ansiedad y depresión se han disparado por el confinamiento, el toque de queda, la falta de vida social y las restricciones de movilidad. La mayoría de las personas que sufren estas patologías están acudiendo a sus médicos de cabecera en busca de una solución rápida. Con la medicación se ataja el problema pero no se profundiza en la solución definitiva. Los profesionales de la salud mental son muy claros: si el trastorno se aborda a nivel psicológico los resultados son mejores y se afianzan en el tiempo. A las personas que tenían predisposición a padecer este tipo de patologías la pandemia se las ha hecho aflorar y a quienes ya las sufrían las ha potenciado.

Más enfadados y antisociales

La agorafobia y la fobia social son dos de las patologías más incipientes surgidas a consecuencia del confinamiento domiciliario y la necesidad de guardar la distancia social. Dos ideas machaconas en los mensajes que las autoridades sanitarias y los expertos vienen trasmitiendo desde que el virus cambió al mundo.

La agorafobia es el miedo que experimentan algunas personas a salir solas a la calle o viajar, mezclarse con la gente y hacer algo tan sencillo como, por ejemplo, guardar una cola para comprar alimentos. En estas situaciones los enfermos pueden llegar a sufrir ataques de pánico al encontrarse en lugares o situaciones donde «escapar» puede resultar difícil, o bien al pensar que no disponen de ayuda en caso de necesitarla ante algún episodio crítico e inesperado. Por el contrario el trastorno de ansiedad social, también llamado fobia social, causa muchísima ansiedad, temor, inseguridad y vergüenza por miedo a la opinión de los demás. Sin embargo, con la aparición del coronavirus ha adoptado una variante que consiste en percibir a cualquier ciudadano como un posible agente transmisor de la enfermedad. Quienes sufren esta patología se muestran desconfiados, recelosos y temerosos del resto de personas y tratan, por todos los medios, de mantener siempre las distancias o evitar cualquier contacto social. En este caso se percibe a los demás como los enemigos. Incluso a los familiares más cercanos. Hay muchos enfermos de fobia social que han optado voluntariamente por vivir solos y llevan un año sin salir de casa por miedo al contagio. Se han autoconfinado y solo mantienen contacto telefónico con sus familiares o cuidadores, que incluso tienen instrucciones de dejarles las bolsas de comida y los productos que necesitan en las puertas de sus hogares y marcharse después de tocar el timbre.

Son algunas de las consecuencias más extremas del año del coronavirus. Pero no todo ha sido malo. Ahora nos queremos más. En la encuesta elaborada por el diario INFORMACIÓN el 60% de los ciudadanos y ciudadanas consultados asegura haber cambiado su tabla de valores apreciando, mucho más, cosas a las que antes de la crisis sanitaria ni siquiera prestaba atención. Además, el 74% reconoce que ha aprendido a valorar más las relaciones personales. Y la empatía también ha experimentado un «subidón». Ocho de cada diez encuestados admite haberse interesado más por la gente de su entorno próximo.

Es igualmente destacable el aspecto positivo que supone haber aprendido a organizar mejor el tiempo disponible. La mitad de las personas aprovecha más las actividades diarias para evitar el aburrimiento que supone no poder salir de casa a partir de las diez de la noche. La pandemia también ha mejorado los hábitos saludables del 27,3% de los encuestados. Aseguran haber cambiado la alimentación por dietas y productos más sanos, además de hacer deporte con asiduidad o salir a caminar.

Ha pasado un año y la pandemia empieza a dar síntomas de debilidad por las restricciones y las vacunas. Pero el covid-19 ha marcado un antes y un después en el mundo y las generaciones que lo han padecido nunca lo olvidarán.

A mayor edad, más paciencia ante las restricciones

Las restricciones de la pandemia afectan a todos los sectores de la población por igual pero los jóvenes son los que peor lo están llevando. Así lo refleja la encuesta de este diario al comprobar que el 58% de la población juvenil es la que más irritación muestra por la situación que estamos sufriendo. En la franja de población intermedia el enfado afecta al 47% de los encuestados y los que demuestran un mayor grado de adaptación, con solo un 34% de cabreados, son los mayores de 60 años. Esta proporción se mantiene en cifras parejas respecto al malestar psicológico global detectado en las tres franjas de edad. Entre los 18 y 34 años cinco de cada diez españolas y españoles consultados admite sentirse «tocado» emocionalmente. Ese porcentaje del 53% se reduce al 44%, o sea cuatro de cada diez preguntados con edades comprendidas entre los 35 y 60 años. Sin embargo, la cifra cae a tres de cada diez encuestados -el 34% concretamente- cuando se trata de mayores de 60 años. La conclusión es evidente. A mayor edad, más paciencia para sobrellevar el lastre de las restricciones. Entre los adolescentes la pandemia está dando lugar a un incremento apreciable de la violencia intrafamiliar. En las consultas de los psicólogos se abordan cada vez más trastornos emocionales y depresiones juveniles. Y los más pequeños tampoco se libran de los efectos adversos de esta situación. La ansiedad social y la adicción a las nuevas tecnologías están incrementándose mientras aflora un repunte de casos de retraso en el desarrollo infantil y, sobre todo, en el lenguaje.

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