«Después de 40 años, Panadería San Pancracio cesa en su actividad. Atendiendo en el día a día, en fiestas y celebraciones, con el roscón en Navidad, la mona de Pascua y las Hogueras. 40 años llenos de buenos y malos momentos que compartimos con vosotros como la enfermedad de mi querida Alicia, alma de este negocio, que tanto ha marcado a nuestra familia». Éste es solo un extracto de la carta de despedida que el panadero Baltasar González, «Balta», ha colocado en el escaparate del establecimiento que cerró por jubilación el pasado 31 de marzo a modo de despedida de unos clientes a los que considera «más que amigos».

Balta González se define como «panadero consorte» pues fue la familia de su mujer quien le introdujo en el negocio, en el verano de 1981, cuando aún ambos eran «unos jóvenes solteros llenos de ilusiones que formamos un hogar criando a nuestras hijas (Alicia y Paula)», como explica en la misma nota de despedida. Durante 26 años regentaron juntos el negocio hasta que a su esposa, Alicia Cantó («alma y corazón», afirman las hijas) le diagnosticaron alzhéimer con solo 49 años. En 2007 tuvo que dejar la panadería.

Aunque no continúen con el negocio familiar, las dos hijas echaron una mano desde niñas en este horno samblasino especializado en coca amb tonyina, toña y todo tipo de dulces tradicionales en lo que recuerdan como «operación mantecado o roscón». «Hemos vivido muy buenos momentos y regulares», afirma el padre de familia, en referencia a la enfermedad de su mujer, una de las razones, junto a la situación económica derivada del covid, que le lleva a adelantar la jubilación a los 64 años. Lo que supone olvidarse, para empezar, de los madrugones a las cinco de la mañana para hacer pan. Aunque los quehaceres de las dos hijas están alejados del trabajo de la panadería (la familia venderá el local), no descartan algún día dedicarse a este tipo de negocio. Una de ellas lleva tatuada en un brazo una ensaimada en homenaje a su abuelo materno, Pepito el Bambero, de Villafranqueza, dado que en Alicante a la ensaimada se le llama «bamba».

Desaparece el horno San Pancracio, sucursal del original en la calle Maestro Latorre, frente al centro de salud de San Blas, con un sentimiento agridulce en la familia que opta por volcarse con las necesidades de Alicia. Tan buena vendedora que una persona que entró en una ocasión en la panadería a preguntar por una calle salió cargado de dulces, «!ofreciéndole a la panadera empleo para vender pisos!», cuenta la familia. Trabajo que ella rechazó para seguir con su pan y en su barrio, al que están muy vinculados, como también a sus fiestas de Moros y Cristianos.