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Gent de la Terreta | Paco Sogorb, cardiólogo

Todo corazón

Tras formarse en La Fe, emprendió el reto de su vida para implantar en Alicante el nivel de excelencia de Valencia

Ilustración: Sara Almarche Guilló/Bellas Artes UMH

Ilustración: Sara Almarche Guilló/Bellas Artes UMH

Hace tres años, al cumplir los 70, la edad máxima de jubilación, Miguel Ángel García, director gerente del Hospital General de Alicante, le sugirió la posibilidad de seguir vinculado al centro como emérito. La respuesta no precisó meditación, aceptó de inmediato y así, cada martes y jueves, continúa al pie del cañón, codo con codo, con sus colegas por los pasillos de la quinta planta, haciendo lo que le más le gusta y motiva: prestar ayuda.

Lo contrario de lo que él dispuso al nacer, el 20 de noviembre de 1947 en el número 40 de la alicantina calle Jerusalén, a espaldas del edificio de Hacienda. Ese día, a las once de la mañana, las campanas de las iglesias tocaban a muerto mientras el personal se repartía sin rechistar para cumplir con la obligada pleitesía a la memoria de José Antonio Primo de Rivera, fusilado once años antes en la casa-prisión del barrio La Florida. Aquel 20-N de la posguerra, María Garri se puso de parto ante la desesperación de su marido, Francisco, un joven auxiliar de farmacia que abandonó apurado su puesto en la botica Redondo, actualmente farmacia Malluguiza -frente al Mercado Central-, para buscar el auxilio de algún sanitario que pudiera ayudar a su mujer a traer al mundo a su primogénito. El caso es que cuando Francisco asomó por la Montañeta, apurado y temeroso, arrastrando a una matrona, María ya se las había apañado sola para dar a luz a su primer hijo.

En ese Alicante de posguerra crece Paco Sogorb Garri, quien, con los años, acabó convertido en el cardiólogo de referencia de buena parte de la sociedad alicantina, un joven educado en los Franciscanos, que, aprovechando alguna visita a sus abuelos en la calle general Espartero, se divertía jugando entre las obras de lo que, más adelante, iba ser su segunda casa: el Hospital General.

El niño deja paso al joven inquieto que, a base de becas, cumple con el bachiller en el Instituto Jorge Juan, centro que marcaría su amor por la ciencia gracias a Fernando Puig, profesor de filosofía, cuyo magisterio caló en una generación brillante en la que, además de Sogorb, destacaron Pepe Bernabéu, físico mutxamelero que desarrolló su carrera en el prestigioso CERN de Ginebra; Eliseo Pascual, reumatólogo de referencia en la provincia, y el nefrólogo Pepe Manso, entre tantos otros.

En esa misma época estrecha lazos con amigos que perduran, como los ingenieros José Luis Mejías y Raúl Cabanes o el psiquiatra José Antonio Villaplana, cuya pasión por la música se traduce en el grupo Ciros, un conjunto musical que llega a actuar en el penal de Benalúa, donde hacen sonar «El rock de la cárcel» para el deleite de los presos en los albores de los años setenta.

Enamorado de la ciencia y decidido a ser útil a la sociedad, Sogorb se inclina por estudiar Medicina y se desplaza a Valencia, si bien no será hasta cuarto de carrera cuando aparece su inclinación y auténtica vocación por la cardiología. Ese momento llega al topar con el profesor López Merino, padre de la cardiología moderna, que, al abordar la hipertensión en su primera clase, escribe en la pizarra: «Presión= volumen x resistencia». Cautivado por la consistencia de la ecuación, el joven estudiante de Medicina decide dirigir su futuro profesional hacia la rama del estudio del corazón, obsesionado no solo en conocer la especialidad, sino en entenderla, escarbando en el origen de los problemas asociados a ella.

Tras finalizar la carrera y superada la prueba del MIR , recién impuesta en el nuevo plan, Paco consigue plaza en La Fe de Valencia, donde completa la especialidad. Tras esa fructífera etapa se cruza la posibilidad de regresar a Alicante con el objetivo de implantar en el Hospital General el nivel de excelencia que en ese momento se disfrutaba en Valencia.

El ambicioso proyecto, que aparece en 1976, se emprende como un reto, apoyado por otros destacados médicos de esa primera generación en el centro alicantino como Antonio Vázquez, Fernando García de Burgos, Diego Ortuño, Plácido Orosa y Antonio Tello, entre otros.

Dos años más tarde, Alicante crea la sección de cardiología y, casi al mismo tiempo, se inaugura la facultad de medicina en la Universidad de Alicante, donde Sogorb dedica parte de su tiempo a propagar todo lo que ha aprendido.

Por esa época, el galeno comienza a sonar con insistencia entre la sociedad médica, si bien el caso que provoca que su nombre corra por toda la ciudad aparece con el tratamiento a la mujer del entonces alcalde, José Manuel Martínez Aguirre. La esposa del regidor arrastraba un problema congénito generado por una intercomunicación interauricular, si bien los tratamientos previos habían circulado por otro camino al confundir el origen de la enfermedad, lo que había agravado su estado.

Casualmente, durante su etapa en La Fe, Sogorb realizó un trabajo que tuvo eco en todo el país acerca de la identificación de la comunicación interauricular mediante fonomecanocardiografía acústica. De hecho, a esas alturas, el médico había realizado centenares de pruebas utilizando esa técnica, y, por consiguiente, era un consumado especialista para detectar esa dolencia en concreto. El dictamen médico, completado con un detallado y preciso informe utilizando las herramientas de la época, concreta el momento quirúrgico de la paciente, cuya rápida intervención no solo salva su vida, sino que la dota de calidad durante muchos años más.

Aquella experiencia eleva la popularidad de Paco Sogorb, el joven médico recién llegado de Valencia, que poco a poco se convierte en un referente de una especialidad que también depara momentos duros. Uno de ellos, cuya profunda marca todavía perdura, aparece con el fallecimiento de una niña de nueve años que no llegó a tiempo a un trasplante de corazón en la década que comenzaba a practicarse este tipo de intervenciones.

Por sus manos pasó también Ramón, el legendario jugador del Hércules de los años sesenta que, tras un millonario traspaso al Atlético de Madrid, tuvo que abandonar la práctica deportiva al serle detectada una insuficiencia aórtica y daños en un ventrículo.

Conocido, igualmente, fue el caso que quedó bautizado como «el milagro de Encarnita», una mujer que cae en sus manos tras la insistencia del marido de la joven, quien aborda a Sogorb en un ascensor del hospital para que se encargara personalmente de su tratamiento. La paciente, con un cuadro clínico grave y en estado avanzado, deteriorado físicamente al extremo, acaba recuperándose plenamente, no solo de salud, sino de aspecto físico, hasta el punto que en Elda, su ciudad natal, el proceso fue catalogado de milagroso.

El reto de Sogorb prosigue firme para crear un servicio de cardiología de nivel en Alicante hasta alcanzar un importante grado de reconocimiento nacional. Para ello, se forma un equipo médico y de enfermería con integrantes a los que no les importaban las horas de dedicación, de hecho, pese a estar fuera de su horario laboral, era común verlos a todos en interminables sesiones vespertinas, vertebrados por una potente dosis de ilusión. Por ahí nace, fruto de la necesidad y los pocos recursos, un invento casero para elevar la potencia de los marcapasos, improvisado ejemplo de un I+D+i de la época, servido por esa mezcla de creatividad, profesionalidad y afán por servir, elevando el caché de un departamento singular que depositó técnicas y experiencias en «Arritmias», un libro elaborado entre varios de sus médicos que hoy sigue vigente.

Al igual que Paco Sogorb, grande y eterno, empeñado en que el personal médico sienta que trabaja en familia, sabedor, como pocos, de que esa es la mejor forma de llegar al corazón.

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