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El mena que sueña con ser policía

Llegado a España hace tres años y afanado desde entonces en labrarse un futuro, Houssam Louisi es solo un ejemplo de que, como él dice, «ni todos los menores inmigrantes son delincuentes ni todos los españoles, ángeles»

El mena que sueña con ser policía RAFA ARJONES

Llegó a nuestro país como el año pasado lo hicieron otros 9.030 chicos: siendo menor y solo. Uno de esos menas (menor no acompañado) contra los que algunos lanzan sus dardos xenófobos. Él, mientras tanto, estudia cuarto de la ESO y un curso de atención sociosanitaria en Alicante. Y quiere dejar claro que vive de su trabajo y de la única ayuda de sus amigos. Eso además de formar parte del voluntariado de Cruz Roja y de soñar con ser policía «para ayudar a los que llegan como vine yo», precisa. Él lo hizo en patera. Y asustado.

Cuando en el entorno donde vives los que se dedican a organizar viajes en patera (harag los llaman) son considerados salvavidas en vez de delincuentes, y los que cruzan el Estrecho y regresan con un pan europeo debajo del brazo son recibidos como héroes, es complicado zafarse del destino.

Houssam Luosi lo intentó pero sabía que era una batalla perdida. El jueves cumplió 20 años a 1.400 kilómetros de su casa en el Atlas marroquí. Los ha celebrado cuando han pasado casi tres desde que llegó a las costas gaditanas de Barbate a bordo de una patera en la que le aseguraron que no irían más de 40 personas, pero donde al final desde Tánger viajaron 67 como sardinas en lata. En su mayoría chicos como él: menores, solos y asustados que tenían que hacer sus necesidades, o vomitar, sin moverse de su sitio. «No había espacio para hacerlo», apunta.

De aquella aventura, su segundo intento de desembarcar en la península («en el primero nos pilló la Policía cuando íbamos a salir», precisa), recuerda las doce horas de travesía, el hacinamiento, el frío de la noche en alta mar, la espera a la deriva en la embarcación sin gasoil hasta que les rescató Salvamento Marítimo y el miedo. «Yo no sabía nadar, incluso ahora lo hago como un perrito, así que lo dejé en manos de Alá».

¿Chalecos? «El único chico que lo llevaba se lo tiraron la agua. Si tenemos que morir, lo haremos todos», cuenta que dijeron. Y como único equipaje, dos móviles que el agua inutilizó. Nada más. Ni documentación. Claro.

Fue su abuelo quien localizó al harag al que entregó los 4.000 euros que costó el viaje. Si no hubiera sido por él, por el empuje de su madre y la insistencia de su padre y de su hermano mayor, residentes ambos en Italia, para que partiese antes de que cumpliera los 18, Houssan aún seguiría en su ciudad, Fquih Ben Salah. «Yo no me quería ir, ni dejar a mi familia y a mis amigos. Y tenía miedo», cuenta en un perfecto castellano aprendido desde que llegó a España. «Al llegar me defendía en árabe y en inglés porque en Marruecos estudiaba bachillerato», explica.

De Barbate le llevaron a un una especie de albergue, donde por fin pudo ducharse tras cuatro días en el barco de Salvamento. Después a un centro de recepción y de ahí a uno de acogida en un pueblo de Granada una vez que la Policía le tomó huellas y fotos.

En cómo Houssam acabó recalando en Alicante tienen mucho que ver los contactos que supuestamente iban a echarle una mano y no lo hicieron. «A otros chicos venían a recogerles al centro de ese pueblo familia o amigos. Yo llamé a unos primos que tengo en Valencia para que también vinieran a por mí, pero me dijeron que aguantara. Me pasé la noche llorando y por la mañana, en bañador y chanclas, me marché».

La providencia quiso que se topara con una muchacha que no solo de dio comida sino que le pagó el billete en bus hasta Almería, donde vivía el novio de una amiga. Pero su destino no era Andalucía. Ayudado por este chico partió hacia Valencia al encuentro con esos primos que «sin tan siquiera llevarme a su casa me dijeron que lo que tenía que hacer era entregarme en una Comisaría y decir que era menor. Que allí me ayudarían. »

«¡¿Que fuera a la Policía cuando hasta ese momento la había estado evitando?!». Houssam no entendía nada. Pero lo hizo y vaya si le ayudaron. «Estuve en la comisaría desde la siete de la tarde hasta las cuatro de la madrugada pero los policías eran súper majos y me acabaron llevando al centro de menores de Buñol». Era el 4 de agosto de 2018. Habían pasado dos semanas desde que había llegado a España y por fin tenía una cama donde dormir.

Cuenta que el traslado veinte días después al centro de menores Las Virtudes de Villena le dolió «porque ya me había encariñado con los educadores». Pero no le costó mucho volver a sentirse como en casa. Una casa donde dijo que quería estudiar, como así hizo: español, lo que sería el graduado para el acceso a la ESO (en la actualidad está cursando cuarto) y un curso de jardinería.

Y así le llegaron los 18 (el 6 de mayo de 2019), su salida de una instalación que solo puede acoger a menores y el inicio de su relación con Alicante. Instalado en la casa del exnovio de una educadora al que pagaba unos simbólicos 50 euros de los 300 que su hermano le envió desde Italia los primeros meses, Houssam empezó a ganarse la vida como pudo: de hamaquero en la playa de El Campello, de freganchín en un restaurante de Alcoy, cuidando a una persona mayor en el Hospital de San Vicente... pero sin el contrato que precisaba para regularizar su situación en España. «Y lo más difícil de todo es estar sin papeles porque te limita en todos los aspectos», se queja.

A la espera de la Administración

Pendiente está ahora de dos decisiones de la Administración: un contencioso por la validez de un contrato que podría allanarle el camino hacia esa ansiada regularización y la respuesta a la petición de asilo que comenzó a tramitar en diciembre por su condición de homosexual en un país donde serlo es delito, además del rechazo social que provoca. De hecho, la primera reacción de su hermana cuando se lo contó fue bloquearle en el móvil. «A mi madre solo le he dicho que en España un hombre puede casarse con otro. Creo que me entiende, pero es incapaz de admitirlo».

Houssam vive ahora con su pareja, Cristian, un médico que le ha ayudado a descubrir algo que en realidad ya sabía pero que no se habría atrevido a manifestar en su país. «En Marruecos nunca hubiera dicho que soy gay, nunca habría sido yo». Viniendo de allí no entiende «cómo en un país como España se pueda pegar a alguien por su condición sexual»; Y de los menas, palabra que no le disgusta, dice que los hay buenos y malos: «Ni todos los menores inmigrantes son ladrones ni todos los españoles ángeles».

Voluntario de Cruz Roja en sus ratos libres y con un curso de mediación intercultural «para poder trabajar como intérprete en centros de menores», su verdadero sueño viste de uniforme azul. «Lo que de verdad quiero es ser policía para poder ayudar como me han ayudado a mí desde que llegué a España, pero para eso necesito la nacionalidad española y lleva su tiempo».

Mientras tanto sigue formándose y subsistiendo con lo que le sale y el apoyo de la gente que le quiere, «pero sin ninguna ayuda del Estado. Eso déjalo claro, por favor». Pues aquí queda.

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