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La cuarta vía

La última oportunidad para el Palacio de Congresos de Alicante

Es normal que el proyecto suene al «Día de la Marmota», pero si encaja en los muelles no se entenderían las trabas de una ciudad que lleva 50 años apostando por ser turística

La Última oportunidad para el Palacio de Congresos de Alicante

La Última oportunidad para el Palacio de Congresos de Alicante

En Alicante, además de contar con buenas infraestructuras tenemos que dar un giro de 180 grados a nuestra forma de captar congresos. Seguimos yendo al mercado con arcos y flechas cuando los demás llevan pistolas láser». La reflexión no es mía, la hizo hace ya cinco años Domingo Luján, hotelero y entonces vicepresidente de la Asociación de Hoteles de Alicante, en el marco de una jornada organizada por el diario INFORMACIÓN, en la que varios gurús del turismo provincial llegaron a la misma conclusión: si Alicante quiere apostar por el turismo de congresos, y volver por donde solía estar en los años 90, debe contar con un palacio de congresos, bien dotado y frente el mar. Recuerdo que alguno de los profesionales llegó a subrayar que, frente al mar estupendo, pero que aún mejor sobre las mismas aguas. Pues bien, cinco años después de aquel encuentro en la primavera de 2016, y sesenta desde que en Alicante se habla de la necesidad de un gran centro para acoger congresos, la Diputación, el Ayuntamiento, y la Autoridad Portuaria nos han devuelto la esperanza aunque el borrador avanzado hace una semana pueda sonar a chino para algunos -y parte de razón no les falta-, o a que podamos a estar en un «remake» de «Atrapado en el tiempo», la película que en 1993 nos mostraba como Phil -Bill Murray- , un meteorólogo que tras regresar de Punxsutawne, la localidad estadounidense en la que se celebra el festival en que una marmota decide si se acaba el invierno o sigue unos días más, se topaba con una tormenta que el obligaba a regresar a la ciudad. A la mañana siguiente, al despertarse, comprobaba, atónito, que comenzaba otra vez la misma historia.

Sí, cierto, la gestación del palacio de congresos que necesita Alicante como una vía real y tangible para diversificar su turismo de sol y la playa, y profundizar en un nicho de mercado clave en una ciudad que, sin duda, vive del turismo urbano, parece un «déjà vu», y es normal que genere todo tipo de recelos por haber sido anunciado tantas veces como en el cuento del Pastorcillo Mentiroso y el lobo. ¿Les suena? Pero la cosa ha arrancado esta vez mejor. Por mucho que tenga su tufo electoral, que lo tiene, como todo gran proyecto, la iniciativa liderada por el alcalde, Luis Barcala y el presidente de la Diputación, Carlos Mazón, junto al presidente del Puerto, Juan Antonio Gisbert, que a diferencia de sus «socios» no está en batallas electorales, pero cuya posición es clave, parece la definitiva para que Alicante pueda volver al circuito de las grandes ciudades de congresos de España, como lo fue en los noventa. Sería por lo tanto lamentable que, si técnicamente es posible encajar el palacio en los muelles, la iniciativa terminara en otro fiasco, como acabaron los anteriores proyectos y anuncios. Hay ubicación, hay dinero y parece que hay voluntad política. Si en 2023 no se ha puesto la primera piedra del palacio volveremos a lo de siempre: Alicante tiene todo para ser una ciudad turística pero no se atreve o no quiere. O, más bien, no quieren los políticos, o no saben. Eso sí, ha de ser un palacio del siglo XXI, un símbolo para la ciudad, y una infraestructura útil y atractiva para los congresistas y las empresas. Y destaco esto porque como en Alicante llegamos casi siempre tarde a todo, el proyecto, por tarde que llegue, ha de mirar al futuro más que nunca, o si no, fíjense como el covid se ha convertido también en un aliado para cambiar la forma de reunirse en el que el formato online gana cada día más adeptos.

La idea de ubicar el palacio junto al mar no es nueva. Aunque el primer proyecto de palacio de congresos en Alicante data de la época del ex alcalde de Benidorm, Pedro Zaragoza, como presidente de la Diputación, para quien elaboró un proyecto el fallecido Juan Antonio García Solera en terrenos de lo que hoy es el Hogar Provincial, la primera propuesta real de palacio en el puerto fue del periodista José María Perea, que como edil de Turismo en el Ayuntamiento propuso en 1987 levantarlo entre lo que hoy es el restaurante Dársena y la bocana de la dársena interior, que entonces eran tinglados abiertos para mover los plátanos que llegaban de Canarias. Se proponía un edificio alargado y de poca altura pero que permitiera a los congresistas acercarse a pie al centro de la ciudad o durante los descansos contemplar la fachada marítima, el paseo de la Explanada, desde una terraza exterior en la parte superior del edificio.

Eliseo Quintanilla, que era presidente de la Cámara de Comercio, lo apoyó públicamente, como recordaba hace unos días en estas páginas el actual presidente cameral, Juan Riera. La propuesta de Perea no encontró apoyo municipal argumentándose, entre otras razones, que beneficiaba sobre todo al hotel Meliá, que entonces no tenía un acceso abierto a la ciudad porque el puerto estaba cerrado, sin la plaza que hoy existe. Tuvo que producirse un incendio para derribar la valla que existía entre el Meliá y el puerto comercial, un viario muy estrecho que impedía el acceso de los grandes camiones de bomberos.

¿Palacios de congresos frente al mar? En el mundo, sin recurrir al de Sydney, más Ópera que otra cosa, Perea me recordaba el otro día, entre otros, el de Portoroz, en Eslovenia, y, sobre todo, uno espectacular en la colombiana Cartagena de Indias. Por ello, el que por fin Alicante haya encontrado una ubicación en el puerto sin apenas contestación social -mal haría el Consell en bombardear la propuesta y su opción más sensata es sumarse si el edifico cabe, como ya afirmó Puig esta semana- es una noticia para la esperanza de una ciudad que a principios en los 90 llegó a ser la quinta de España en organización de congresos y, hoy, 25 años después, los celebra en los hoteles y, cuando no hay concierto, en un auditorio de música, por muy imponente -que lo es- que nos parezca la sala sinfónica del ADDA en el paseo de Campoamor, sin vistas al mar. No es lo mismo. Se habla de 45 millones, de edificio polivalente, en tiempos de crisis. Delicado, por supuesto. Pero todo lo que no sea un icono espectacular no nos servirá.

Y para valorar la importancia del turismo de congresos, ahí van algunos datos. Hasta 2020 cuando la pandemia lo paró todo en el turismo, los congresos y eventos movían en España cerca de 7.000 millones de euros al año, con unas 30.000 reuniones y más de cuatro millones de congresistas. Mayoritariamente, el perfil de los congresistas está formado en un 58% por hombres y un 42% mujeres de entre 35 y 44 años. El medio más utilizado para viajar hasta la ciudad de celebración de la reunión es el avión, seguido del coche y el ferrocarril, y dentro de las ciudades los congresistas se mueves en taxi a pie. El 22,8% de los congresistas ha realizado algún viaje adicional al de la reunión, siendo la autonomía sede del congreso el destino de este viaje con una duración de 3,5días. Unas cifras que deben animar a nuestros administradores a no volver a cagarla. Ya tenemos la foto de los promotores, de la que, por cierto, se cayó la vicealcaldesa y edil de Turismo, Mari Carmen Sánchez, en beneficio de su compañero Adrián Santos Pérez, el que se lo ha currado, y tiene aún que trabajar duro los próximos meses. Esperemos que los promotores no se centren solo en otros retos.

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