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La hermana menor de la muerte: La luna de Zaratustra

Luna llena.  |

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Apolonio Aznar Berenguer, de 49 años, solía ir a casa de su primo Policarpo Berenguer a caballo, pero en la mañana del 17 de abril de 1971 prefirió conducir su Land Rover porque iba acompañado de Trinidad Blasco, de 83 años, y Lauri Rodríguez, de 24. Ambos buscaban a Neusica Bosch, otra pariente lejana de Apolonio, porque creían que podría ayudarles a encontrar a la nieta de Trinidad, desaparecida unos meses antes.

Hacía un año que, huyendo de su padre, Neusica se había refugiado junto con Rosita, la hija de 8 años de su prometido difunto, en Casa Berenguer, una finca situada en la partida rural de El Moralet donde vivían Apolonio, su madre y su hermana. Pero, como tenía noticias de que su padre no cejaba en su empeño de buscarla, temiendo que al fin la encontrara, Neusica convenció a Apolonio y a su madre para que las ayudaran a alejarse aún más de Alicante. El lugar elegido fue el más aislado que conocían, Ca Poli, el hogar de un pariente ubicado entre la sierra de la Escobella y el río Montnegre, donde colindaban los municipios de San Vicente del Raspeig, Tibi y Xixona.

Apolonio condujo el Land Rover por una carretera estrecha que atravesaba el valle del Sabinar y que llevaba hacia la sierra de la Escobella, si bien se desvió en un cruce a la derecha para enfilar por un camino de tierra que corría paralelo al Barranco del Infierno, en dirección al río Montnegre, bordeado de pinos que fueron desapareciendo conforme el terreno iba empinándose y haciéndose cada vez más pedregoso.

Cuatrocientos metros después de adentrarse en el municipio de Xixona, Apolonio detuvo el vehículo cerca de una curva, en un pequeño espacio de terreno llano desde el que arrancaba una vereda que ascendía sinuosa por la ladera de una loma.

–A partir de aquí hay que subir andando. Pero solo son unos cien metros.

Casi en la cima abrupta y escarpada de aquella loma, en un bancal natural tan vasto como inesperado, se levantaba Ca Poli, una casa grande de piedra enfoscada, con buhardilla y cubierta de teja moruna, que tenía adherido un pequeño corral y un redil cercado con tablones. Contaba con aljibe y un pozo artesiano. Había sido construida por Policarpo Berenguer a finales del siglo XIX y heredada en 1918 por su único hijo, Ciriaco, un joven muy atractivo que casó aquel mismo año con Blanca Berenguer, una prima segunda suya que había nacido 17 años antes en Llofriu, una alquería próxima y perteneciente al municipio alicantino. Dos años después tuvieron a su primogénito, único hijo que superó la infancia, al que bautizaron con el nombre de Policarpo.

Cuando Apolonio, Trinidad y Lauri arribaron a Ca Poli aquella mañana de sábado, fueron recibidos por el único habitante que había en ese momento, un mastín viejo y negro que andaba suelto. Se acercó a ellos ladrando, hasta que olió a Apolonio, quien se puso en cuclillas para acariciarle. Trinidad y Lauri vieron aliviados como el enorme perro meneaba el rabo y lamía las manos de su acompañante.

–Poli ha debido de sacar a pastar el rebaño. Le esperaremos. Llegará como muy tarde al atardecer. Pero me extraña que no estén aquí Neusica ni Rosita –dijo Apolonio.

–Quizá hayan ido con él –aventuró Lauri.

–Quizá –convino Apolonio, aunque haciendo una expresiva mueca de vacilación.

El interior de la casa contaba con media docena de estancias: una amplia y bien provisionada despensa, un reducido cuarto de aseo, la buhardilla donde se amontonaban pieles y ovillos de lana, aromatizados por diversas plantas silvestres que se secaban colgando de una viga de madera, dos dormitorios y un gran salón-comedor, bien caldeado por un hogar que ocupaba casi toda una pared y que servía también para cocinar.

Mientras comían pan, queso, tocino y vino, sentados en sillas de pino y alrededor de una mesa ovalada de la misma madera, Apolonio les contó a Trinidad y Lauri la historia de su primo, como mejor modo de prepararlos para que no se sorprendieran cuando le conociesen.

LA HERMANA MENOR DE LA MUERTE:LA LUNA DE ZARATUSTRA

–Poli tiene un físico impresionante: es tan alto y fuerte como un gigante, está tuerto desde los cinco años porque se clavó una rama en el ojo derecho al caerse de un árbol, viste humildemente y no se preocupa mucho de su aspecto, aunque es limpio y procura tener la casa ordenada, como podéis ver. Es de trato difícil; asusta un poco si no se le conoce bien. Su carácter parece hosco porque es muy serio y callado, nunca se ríe y nunca le he escuchado pronunciar más de dos frases seguidas. Muchas noches bebe vino hasta emborracharse porque dice que es la única forma de conciliar el sueño. Pero su embriaguez no es peligrosa, no le convierte en un ser agresivo. No digo que sea plácida, pero tampoco le altera. Solo su modo de levantarse del asiento y de caminar hacia su habitación delatan su estado. Poli es pacífico, tiene un buen corazón, aunque dominado por la tristeza. Vive solo, pero es hospitalario. Por eso a mi madre y a mí nos pareció bien que Neusica y Rosita vinieran a vivir con él. Neusica estaba asustada porque nos llegaban noticias de que los hombres de su padre no paraban de buscarla, preguntando si alguien había visto su coche en gasolineras y talleres en lugares tan cercanos como San Vicente y Agost. Me pidió que llevara su coche a un desguace lejano, por Alcoy. Poli y ella se conocieron el verano pasado, cuando vinimos los dos a caballo. Volvimos en otoño. Fueron las únicas veces que Neusica salió de nuestra finca. Ella y Poli hicieron buenas migas y él aceptó que se quedaran aquí, en su casa.

–¿Siempre ha vivido solo? ¿A qué se debe su tristeza? –se interesó Lauri.

–Sus padres se querían mucho, pero la felicidad les era esquiva por culpa de los celos. Ciriaco, el padre de Poli, era por lo visto un hombre muy apuesto. Tanto, que su esposa, Blanca, de gran belleza pero de carácter débil e inseguro, no podía soportar la idea de que tuviera trato con cualquier otra mujer, por casual que fuese. Sufría mucho cuando él estaba ausente. Además de pastor, Poli era cazador. Le gustaba ir algunos días de madrugada por el monte con su escopeta, acompañado de una perra perdiguera llamada Brisa. En cierta ocasión, cuando Poli tenía 17 años, además de las piezas que había cobrado y que Ciriaco traía atadas, Brisa trajo en su morro otro trofeo que había encontrado cuando emprendían el regreso, en el Barranco de los Enamorados, cerca del Alto de la Coveta Fumada. Aunque estaba rota, Blanca vio que era una prenda íntima de mujer, lo que la hizo casi enloquecer. Ciriaco le juró que no sabía lo que era, que la perra se había encaprichado de ella al encontrarla entre unos matorrales y que había dejado que la cogiese a modo de premio por lo bien que se había portado durante la cacería, pero ninguna explicación calmó a Blanca… La siguiente vez que Poli salió de caza, Blanca le siguió a escondidas…

–¡Ay, Dios! –murmuró Lauri.

Apolonio asintió y sonrió con tristeza antes de proseguir:

–Sí, fue una tragedia… Al pie de la sierra de Guendo, al ver moverse la maleza y creer que se escondía en ella una perdiz, Ciriaco disparó su escopeta, malhiriendo a su esposa en el pecho. Blanca murió pocos minutos después…

–Los celos hacen que la verdad sea esclava de la sospecha –dijo Trinidad.

–Ciriaco nunca volvió a cazar. Poco después también se desentendió del cuidado del ganado. Apenas salía de su casa, luego de su dormitorio, más tarde de su cama. Casi no comía. Su tristeza se convirtió en melancolía, el sentimiento de culpa le fue embargando el alma hasta devorarla por completo y una tarde, casi dos años después de enviudar, Ciriaco se mató disparándose con la misma escopeta que había causado la muerte de su querida esposa. Poli nunca logró recuperarse del todo.

Anochecía cuando, precedido por el sonido de los cencerros, Poli llegó a su casa conduciendo, con ayuda de dos perros, un rebaño formado por medio centenar de ovejas, una decena de corderos y un par de carneros. Apolonio, Trinidad y Lauri los vieron subir por el sendero desde el exterior de la casa, gracias a la luminosidad que desprendía una luna llena y roja que empezaba a asomarse por detrás de las montañas. Luna de Zaratustra la había llamado Trinidad. Apolonio le preguntó el motivo de ese nombre, y el anciano le respondió parafraseando a Nietzsche: «Parece que vaya a dar a luz un sol: tan abultada y grávida yace en el horizonte».

A pesar de estar advertidos, anciano y joven se asombraron al ver a Poli. Con el ojo derecho tapado con un parche, a Lauri le pareció un pirata gigante, en tanto que a Trinidad le recordó una antigua pintura del cíclope Polifemo que había visto en un lugar indeterminado.

Poli no se acercó a quienes le esperaban. Saludó a su primo con un gesto de la mano y miró con su único ojo a quienes le acompañaban, al mismo tiempo que apriscaba al ganado con la colaboración de los tres perros. Luego se aproximó con paso lento, serio. Ambos primos se dieron un abrazo, a continuación Apolonio hizo las presentaciones y después preguntó por Neusica y Rosita.

–Se fueron hace seis días.

Apolonio no le preguntó por qué no le había avisado porque conocía la respuesta. En Ca Poli no había teléfono y su primo solo iba a algún sitio donde había una cabina cada dos o tres semanas, cuando marchaba subido en una mula para hacer las compras imprescindibles. Pero sí le preguntó por la causa:

–¿Por qué?

–A Rosita no le gustaba estar aquí. Se aburría y supongo que yo la asustaba un poco… Nunca la oí quejarse, pero estoy seguro de que por las noches se lamentaba ante Neusica cuando se acostaban. Y lo comprendo. Esta no es vida para una niña.

Apolonio se asombró al oír la larga parrafada de su primo. Jamás le había oído hablar tanto seguido.

–¿Se fueron solas? ¿Adónde?

–El domingo pasado Rosita cumplió nueve años. Coincidió que aquella mañana apareció por aquí un grupo de tres chicas y un chico que se habían perdido. Se fueron con ellos.

Poli se calló e hizo amago de entrar en la casa, pero su primo le retuvo, preguntándole:

–¿Cómo que se fueron con ellos? ¿Dejaste que se marcharan con unos desconocidos?

–Ellas así lo querían. ¿De verdad crees que debía impedírselo? –replicó Poli mirando ceñudo y con su único ojo a Apolonio.

–Entonces, se fueron con esos chicos el mismo domingo –resumió Trinidad en un tono de voz cargado de decepción. Su esperanza de rescatar a Eugenita, su nieta, amenazaba con disiparse por completo. De nuevo aquella muchacha, Neusica, la única persona que quizá pudiera ayudarle a seguir la búsqueda, volvía a rehuirle con la misma habilidad con que la lechuza rehúye la luz y las miradas. Una lechuza que era la transformación de Nictímene, la hija del rey de Lesbos que, huyendo de este porque la forzaba, se internó en el bosque y gozó de la compasión de la diosa Atenea.

–Así es. Pasaron el día aquí, celebrando el cumpleaños de Rosita, cantando y tocando la guitarra, la armónica y la pandereta.

–La niña se lo pasaría muy bien –dedujo Lauri.

Poli asintió, antes de decir:

–Se fueron en la furgoneta que habían dejado ahí abajo, en el camino, donde tú has dejado el coche.

–¿Adónde iban?

–Les indiqué cómo llegar al pantano. Creo que iban a reunirse con otros jóvenes. –Antes de entrar en la casa, añadió mirando a su primo–: Neusica sabe que pueden volver cuando quieran.

–He de ir a buscarlas –avisó Trinidad, una vez Poli desapareció en el interior de la casa.

–Esta noche no –dijo Lauri.

–Debo regresar ahora a mi casa, pero podemos venir dentro de dos o tres días y buscarlas –propuso Apolonio.

–¿Podría quedarme esta noche aquí?

Lauri no se sorprendió de la pregunta de Trinidad. Apolonio hizo una mueca, antes de responder:

–Seguro que Poli no tendrá inconveniente. Pero repito que he de volver esta noche a casa porque mi madre y mi hermana me necesitan. Mañana es domingo y el personal de servicio descansa.

–Si Trini se queda, yo también –decidió Lauri.

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