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La historia de Farshad Majidi: el traductor alicantino nacido en Teherán que ha apoyado a las tropas españolas en Afganistán

Objetor de conciencia y sin saber distinguir en su adolescencia entre un alférez y un coronel, este alicantino nacido en Teherán hace 60 años ha dedicado los últimos 15 a traducir a los afganos lo que los militares españoles pretendían hacerles llegar. Él es uno del centenar de intérpretes que han apoyado a las tropas nacionales en aquel país del que hace unas semanas todos partieron definitivamente rumbo a España.

Lo últimos de Afganistán Rafa Arjones

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Lo últimos de Afganistán Mercedes Gallego

Fue casi por casualidad que acabó de intérprete de las tropas españolas que durante las últimas dos décadas se han empleado en la reconstrucción de Afganistán. De hecho, Farshad Majidi estudió Ciencias de la Información con la intención de educar a través de la imagen y al final, paradojas de la vida, han sido las palabras las que han conformado el modo en que se la ha ganado a lo largo de tres lustros.

Nacido en Teherán en el 61, llegó a España junto a su familia con 15 años, cuatro antes de que los ayatolás hicieran de su país un lugar del que salir huyendo. Pero su padre (junto a su madre y sus cuatro hijos) solo pretendían difundir su fe Bahai. No escapaban de nada. Aunque es más que probable que, de haberles pillado allí la revolución, lo hubieran tenido que acabar haciendo dada la profesión de su padre: policía del Sha. Era eso o probablemente la muerte.

¿Cómo trabajamos? Rebajando la tensión y siendo fiel al Ejército

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A Alicante lo trajo hace un cuarto de siglo una hermana que vino de avanzadilla a Benidorm y el buen clima. «Nos instalamos inicialmente en Asturias pero allí llueve mucho», cuenta entre risas. Aquí, mediada ya la década de los 90, hizo de todo: desde vender máquinas potabilizadoras hasta hacer encuestas. Y en esas andaba cuando un amigo le habló de un contrato de intérprete jurado.

Ese fue el comienzo de todo. Primero fue la entrevista en el Ministerio de Defensa, después la investigación de su entorno por motivos de seguridad y cuatro meses después estaba en el listado de traductores de persa.

Farshad, en Kabul, junto a un vehículo militar. Mercedesgallego

El 5 de agosto de 2005 aterrizó en Afganistán. Su destino era la provincia de Badghis, situada en el noroeste del país, donde España tenía dos bases. «Recuerdo que me presenté en un campo de arena, que me metieron en una tienda de campaña con ocho literas y que a las cuatro de la madrugada escuché el primer tiro, un disparo fortuito que hizo gritar a todos», relata.

A punto de convertirse en la voz de los soldados desplegados allí, era tan poca relación que Farshad había tenido hasta entonces con el mundo militar que fue en el vuelo a Afganistán donde le explicaron en un folio las distintas graduaciones de los mandos. «Yo solo sabía que los generales eran los jefes», cuenta con sorna mientras saborea un té con sobrecarga de azúcar.

Para los afganos daba igual que fuéramos intérpretes o militares, todos éramos extranjeros

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En aquel momento él era uno de los tres intérpretes nacionales y los siete locales con que contaban las tropas españolas. Apenas seis años después los traductores crecieron hasta el centenar, de los que tres tercios eran españoles y un 10% mujeres.

«Nosotros no somos máquinas de traducir, nuestra misión era captar lo que los militares querían transmitir y hacerlo llegar a los locales. Traducimos intenciones, no palabras, y siempre desde la lealtad al Ejército», relata. Eso además de servir de correa de transmisión en los relevos de los militares «porque ellos cambiaban cada cuatro meses pero nosotros seguíamos allí», concreta.

No es tiempo para irse de allí. El país aún no está preparado

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Es este primer destino estuvo Farshad ocho años, en lo que se llamó equipo de reconstrucción provincial (RPT) volcado en la mejora de las infraestructuras. Desde hospitales a carreteras pasando por pozos. En la provincia de Herat pasó otros dos años, el tiempo que tardó en desmontarse la base, y los últimos tres en Kabul, donde el Ejército español formaba a militares afganos. Solo dos años de paro interrumpieron esta actividad que únicamente les permitía viajar a España a ver a la familia en tres ocasiones al año. El resto era trabajo y trabajo. Siete días de siete al principio y con una libranza semanal después. «Pero siempre estabas alerta porque por cualquier motivo te podían llamar», concreta.

A él, con todo, no le importaba porque admite que es un trabajo que le ha hecho disfrutar. «No hay vida, es un paréntesis en tu vida, pero te sientes como el hermano mayor que cuida a los pequeños y eso lo compensa todo».

Si no te tomas la vida con filosofía cuando estás allí las paredes de tu habitación te matan

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¿El miedo a que te ocurra algo en un ambiente hostil? «Claro que te podía pasar algo, había minas en los caminos, asistíamos a los instructores en prácticas de tiro, hubo un atentado en el que murieron dos guardias civiles y un traductor, se tuvo que cruzar un río con el agua cubriendo el coche por completo... pero no piensas en ello. Confías en que los militares te van a proteger y te centras en tu trabajo».

Un trabajo que ahora ha perdido. «Nosotros teníamos un contrato de fin de obra. Ahora estamos en el paro. A los intérpretes locales los americanos se los llevan y les facilitan una formación y un trabajo. Aquí se supone que tenemos nuestra vida cuando volvemos, aunque en realidad no es así», reflexiona este iraní que no ha regresado a su patria desde que salió, pero que está feliz por lo vivido en Afganistán, un país que siempre quiso conocer y del que, en su opinión, se han marchado los militares antes de lo debido. «Aún no era tiempo para dejar aquello, no están preparados para seguir solos», sentencia.

A los traductores locales EE UU les da un salida con formación y trabajo. Nosotros se supone que tenemos nuestra vida aquí. Ahora estamos en el paro

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¿Que si volvería allí? «Mañana mismo y, sobre todo, con el Ejército Español», entre los que destaca la profesionalidad y el compañerismo de los militares alicantinos del MOE de Rabasa.

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