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La hermana menor de la muerte: Olvido final

Las tres Moiras, Relieve. Antigua Galería Nacional, Berlín

Las tres Moiras, Relieve. Antigua Galería Nacional, Berlín

Trinidad Blasco cumplió 84 años el viernes 23 de julio de 1971. No lo celebró porque estaba encamado, consciente solo a ratos breves y esporádicos debido a la sedación endovenosa que le era suministrada permanentemente. Apenas si advirtió la visita que le hicieron aquella tarde su hijo, su nuera y sus dos nietos.

Vivía en un edificio antiguo situado en la calle Villavieja de Alicante. Era una casa grande de dos plantas que había heredado su difunta esposa muchos años atrás.

Su único hijo, Eugenio, iba a verle por las tardes desde que le trajeran a casa tres días antes. Había estado dos semanas ingresado en el hospital provincial de Alicante, después de que le rescataran en el interior de la Cueva de las Calaveras, cerca de Benidoleig. Estuvo perdido durante más de veinte horas en las profundidades de aquella cavidad por la que se sabía que discurría un riachuelo subterráneo, si bien nadie hasta entonces se había atrevido a descender por una hondura estrecha y casi vertical situada al final de la cueva para comprobarlo. Avisados por un chico del pueblo y Amelio, un amigo del anciano, varios guardias civiles y bomberos estuvieron buscándole, hasta que le encontraron intentando ascender a la superficie sin más ayuda que sus manos ensangrentadas, con la ropa jironada y húmeda, temblando por culpa de una fiebre tan alta que le hacía delirar, balbuceando frases ininteligibles o inconexas en las que a duras penas se entendían palabras tales como nieta, infierno o muerte.

En un principio, la idea era trasladar a Trinidad en ambulancia hasta el ambulatorio dianense de la calle Campo, pero su hijo convenció al gobernador civil para que ordenase por teléfono al jefe del puesto de la Guardia Civil que había coordinado el rescate, que le trajeran directamente al hospital provincial de Alicante. Eugenio Blasco se había enterado de que su padre se había perdido en aquella cueva unas horas antes, gracias a una llamada telefónica que había recibido de Amelio González, el hombre que había acompañado a Trinidad durante las últimas semanas.

Amelio, alias Gori, sabía desde hacía un par de meses que Trinidad estaba siendo buscado por su hijo. No obstante, ignoraba que la nieta de Trinidad, a la que este buscaba desesperadamente porque había sido raptada por unos seres infernales, en realidad había fallecido en un accidente de tráfico. Amelio no avisó al hijo de Trinidad por lealtad; porque, pese a ser consciente de los trastornos mentales que sufría el anciano, se sentía incapaz de traicionarle. Prefirió acompañarle y cuidarle en sus delirios, hasta que por fin encontrase a su nieta o se rindiera y decidiese regresar a su hogar. Pero Amelio se rompió una pierna cuando, adelantándose a Trinidad, trataba de descender por aquel hoyo tan profundo de la Cueva de las Calaveras, y al enterarse de que el anciano había regresado solo a aquel lugar después de llevarle hasta el ambulatorio de Benidoleig, decidió telefonear a su hijo.

Cuando los médicos que le cuidaban en el hospital le dijeron que su padre estaba en estado crítico, siendo inevitable un final más o menos rápido a causa de un fallo multiorgánico, Ernesto les pidió que le autorizasen a llevárselo a su casa, donde recibiría los cuidados necesarios por Bernarda, la fiel sirvienta de su padre, y de dos enfermeras que contrataría ex profeso.

Tánatos, escultura del templo de Artemisa de Éfeso. Museo Británico

Tánatos, escultura del templo de Artemisa de Éfeso. Museo Británico

Finalizaba aquel día 23 de julio de 1971 cuando Bernarda llamó por teléfono a Eugenio para avisarle de que su padre quería verle enseguida.

–¿Cómo es posible? –se extrañó Eugenio, que contestó a la llamada desde el aparato que tenía encima de la mesita de noche.

–Es sorprendente, lo sé, pero se ha despertado y me ha hablado con normalidad. Parece que ha recuperado plenamente sus facultades mentales. Además, me ha pedido que le ayude a incorporarse un poco en la cama, colocándole unos cojines entre la espalda y el cabecero para poder sentarse… ¡Y ha querido que le prepare un caldo de pollo!

Eugenio tardó pocos minutos en llegar a casa de su padre, hallándole en efecto sentado en la cama y acompañado por Bernarda y la enfermera del turno de noche. Estas le informaron de que había tomado solo tres cucharadas de caldo y que había vuelto a cerrar los ojos, aunque no había permitido que le recostaran porque deseaba hablar con él.

Se sentó Eugenio en la silla que había junto a la cabecera de la cama y tomó una de las manos de su padre entre las suyas. Entonces este abrió los párpados y le miró con ojos sonrientes, de un azul tan intenso como un cielo diurno sin nubes o el mar calmo bajo el sol.

–He estado embriagado con el vino de mi propio magín durante demasiado tiempo, hijo mío. Sé que te he causado muchos problemas con ello, y lo siento. Lo siento de veras. Ha sido el tipo de desvarío que deseaba Cicerón, ese supremo don de los dioses del que disfrutó aquel ciudadano de Argos del que hablara Horacio en sus epístolas, cuya locura le llevaba a pasar días enteros sentado en el teatro, viendo, aplaudiendo y gozando, imaginándose que estaban representando tragedias estupendas. Por lo demás, se comportaba correctamente en su vida, complaciendo a sus familiares y amigos, tolerante con todos, sin dar muestra alguna de irritación. Y cuando le curaron a fuerza de pócimas y vuelto a sus cabales, protestó diciendo: Me habéis matado. No se conserva, se mata a quien habéis quitado el placer, arrancándole por la fuerza el desvarío de la mente…

–Pero, papá… –dijo Eugenio, al comprobar que la voz delicada y cansada de su padre parecía extinguirse. Este sin embargo le hizo callar apretando sus manos con la suya y mirándole con ojos rogadores, antes de añadir:

–No te culpo. Sé que en todo momento has procurado lo mejor para mí. Pero te aseguro que estos delirios que tanto me han trastornado han servido para mitigar en gran medida el inmenso dolor que sentía por la pérdida de Eugenita. De no ser por ellos, habría muerto de tristeza o habría sucumbido a una locura mucho más cruel, más insufrible, más definitiva… Esta en cambio ha sido una locura bendita y pasajera, como un sueño que me ha permitido cicatrizar en parte una herida demasiado profunda, demasiado dolorosa… Un sueño del que he despertado, pero solo para ver que estaba vivo entre tanto delirio y que ahora, recuperado el raciocinio, me espera la muerte.

Trinidad volvió a callar para recuperar el aliento y su hijo aprovechó para decirle:

–No eres responsable de la muerte de Eugenita, papá. No debes culparte de ello. Fue un accidente. Un terrible accidente…

–Es posible, Eugenio, es posible que sea como dices. Mi mente está de acuerdo contigo, pero mi corazón discrepa. Y el corazón, como muy bien sabían los antiguos, es la morada de los sentimientos. El corazón se encoge o se ensancha físicamente a merced de la tristeza o de la alegría, y el mío lleva encogido mucho tiempo, desde que se fue tu madre y luego Eugenita… Ahora quiere descansar. Mi corazón pide descanso y liberarse por fin de tanta tristeza…

–Papá… –las lágrimas que llevaban un rato humedeciendo los ojos de Eugenio brotaron por fin vigorosas, discurriendo por sus mejillas como gotas infaustas manadas del alma.

–No hay por qué entristecerse, Eugenio. Quizá Fénelon tenga razón cuando dice en su Diálogo de los Muertos que posiblemente toda la vida no es más que un sueño continuo, y que el momento de la muerte no es más que un despertar repentino… No sé si despertaré o no, pero ahora lo único que quiero es seguir durmiendo…

Eugenio vio a su padre cerrar los ojos y notó que su mano se aflojaba entre las suyas. Sintió alivio al ver cómo el pecho de su padre se movía suavemente debajo de la sábana que cubría su cuerpo. Estuvo unos minutos más acompañándole y luego se marchó procurando no hacer ruido.

Trinidad soñó con su esposa, Dulce Nombre, a quien llamaba cariñosamente Dulcinea. Se le apareció radiante y majestuosa en medio de un camino boscoso que llevaba a la cúspide de una loma en la que esperaba la entrada del Olimpo. Llevaba puesta una larga túnica blanca que le caía hasta los pies descalzos y sus cabellos, sedosos y oscuros, flotaban libremente en su espalda. Le dio la bienvenida con voz armoniosa y mirándole con esos ojos garzos que le enamoraron nada más conocerla.

–¿Es esto real, amada mía? –preguntó Trinidad mientras se acercaba a su querida esposa–. ¿Acaso ya he fenecido y estoy en el paraíso?

–Ha llegado tu fin terrenal, sí. Tu cuerpo será trasladado a otro dormitorio, como llamaban tus admirados helenos al cementerio, pero a tu espíritu le espera ahora la gloria eterna al lado de todos los seres que tanto te quieren. Ven, sígueme.

–¡Alto ahí! La realidad de lo que te espera no es esta porque sigues aún vivo, aunque por poco tiempo.

Aquella voz atronadora, proveniente de un ser invisible pero poderoso, tuvo la facultad de interrumpir la ensoñación y devolverle momentáneamente al estado de vigilia.

Trinidad se encontró repentinamente de regreso a su cama, moribundo y envuelto por una oscuridad solo mitigada por la tenue claridad que la luna filtraba a través de los visillos corridos de la ventana. Gracias a ella vislumbró a su fiel sirvienta Bernarda, sentada y dormida en la silla que había junto al cabezal de la cama, si bien sus ojos grises la confundieron con Hestia, personificación del Hogar.

Más allá de la cama había de pie y quietas cuatro figuras lóbregas que le miraban en silencio. Las tres que estaban un paso detrás de la más alta vestían túnicas negras y cubrían sus rostros con sendas capuchas. En sus manos una portaba una madeja que hilaba muy lentamente, al mismo tiempo que otra recogía la hebra en un ovillo más pequeño. En medio, la tercera sujetaba el hilo con los dedos de una mano mientras que en la otra portaba unas tijeras abiertas que amenazaban con cortarlo. Trinidad reconoció a las tres hilanderas: eran Átropo, Cloto y Láquesis, las tres Moiras que regulaban la duración de la vida de cada mortal.

Delante de ellas se hallaba el hermano mayor de Hipno, el Sueño. Alado, barbado y desnudo, Tánato le preguntó:

–¿Quieres saber dónde estarás después de la muerte?

Trinidad conocía la respuesta a aquella pregunta senequista:

–Donde están los que aún no han nacido.

–Así es.

–O quizá no –replicó el anciano con un hilo de voz–. También vosotros desapareceréis cuando muera, por cuanto no sois más que fruto de mi imaginación.

–Entonces, ¿qué crees que te espera?

Trinidad recordó una de las meditaciones de Marco Aurelio. Dijo:

–Mi olvido sobre todo; el olvido de todos sobre mí.

La Moira del centro cortó el hilo con las tijeras y los ojos de Trinidad se cerraron definitivamente en medio de un suspiro.

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