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Momentos de Alicante

La senda del exilio

Estación de Alicante, marzo 1939

Estación de Alicante, marzo 1939 INFORMACIÓN

ALICANTE, MARZO DE 1939WENCESLAO

Legó a la estación del ferrocarril de Alicante procedente de Madrid, era la tarde del lunes 27 de marzo de 1939. Vestía el uniforme sucio y raído de color caqui que había llevado los últimos cuatro meses: pantalón bombacho, botas de caña baja, gorra con visera de aletas desplegables y, sobre la guerrera, una pelliza de color indefinido. Cargaba a sus hombros un pesado petate; en los bolsillos, calderilla.

Encendió un ideales en las puertas de la estación y extrajo de la guerrera la primera de las cartas que había recibido de su madre, fechada en Buenos Aires el día de Navidad de 1936. Con el petate en el suelo y el pitillo entre los labios desdobló el papel y releyó lo que había señalado con un lapicero: «D. Eduardo Lorenzo Barrera. Cónsul de Argentina en Alicante. Paseo del Doctor Gadea, n.º 7», escrito con letra redonda y cuidada. En renglones anteriores le explicaba su madre que este hombre les ayudó a salir de España, cuando embarcaron en el crucero argentino 25 de Mayo, y que, si algún día necesitaba su ayuda, su padrastro había hablado con este cónsul para que le facilitara la salida. «Le aseguró que así sería si aparecías por Alicante.»

Memorizó el nombre y la dirección, dobló la carta y volvió a guardarla en el mismo bolsillo, al tiempo que cavilaba sobre la conveniencia de cambiarse de ropa. Regresó a la estación para ir al aseo de hombres. Se encerró en uno de los retretes, estrecho y maloliente. Arrojó la colilla, dejó el petate en el suelo y se cambió de ropa. Minutos después salió de la estación calzando alpargatas y vistiendo un pantalón viejo de pana negra, camisa blanca y una chaqueta marrón que le quedaba corta y estrecha.

Dejó el petate en el suelo para prender otro cigarrillo y marchó en busca del paseo del Doctor Gadea.

Estación de Alicante, marzo 1939. curiosidario

GUADALUPE

Wenceslao Molina Montero nació en Madrid en mayo de 1910. A los catorce años supo que era hijo de madre soltera. Le había contado que conoció a su padre en Melilla, en 1909, donde servía como capitán, que se llamaba Manuel, pero que murió heroicamente luchando contra los moros, en un lugar llamado Zoco el-Jemís, el 30 de septiembre de aquel año. ¿De dónde era?, ¿tenía familia?, le preguntaba Wenceslao. Ella le decía que su padre no tenía familia cercana porque se quedó huérfano muy joven; que estaba enterrado en el panteón reservado a los héroes en el cementerio de Melilla. Seguramente para aliviar la conmoción de saberse hijo ilegítimo, en su día su madre le entregó un regalo que le hizo su padre antes de morir y que guardaba celosamente: un puñal moruno con la empuñadura adornada de piedras rojas y azules, que su padre había arrebatado heroicamente a un hijo del sultán de Marruecos, después de vencerle en un duro combate cuerpo a cuerpo.

Su madre, Guadalupe Molina Montero, se hizo cargo del mantenimiento de la familia desde que muriera su padre arruinado. Llegó a ser famosa como cupletista. Durante dos años viajó por España, Francia y América, donde era recibida como la estrella en que se convirtió. Sorpresivamente se quedó embarazada y, a partir del nacimiento de Wenceslao, acabó de forma abrupta su carrera artística. Soltera y preñada, Guadalupe Molina, la estrella del cuplé, dejó de interesar a empresarios teatrales, público y periodistas. Un artículo publicado en El Liberal desveló el secreto que guardaba. Nadie perdonó tal escándalo. Apenada, buscó refugio en la bebida, en especial con la absenta. Acostumbrada al lujo, rápidamente gastó sus ahorros, viéndose obligada a buscar trabajo. Los propietarios de los teatros que antaño le rogaban que actuara en sus escenarios, ahora no la querían ni para limpiar.

Wenceslao creció oyendo cantar a su madre, con voz deliciosa, en los momentos de asueto o cuando estaba contenta. Sus antiguas competidoras (La Fornarina, La Chelito, Raquel Meller, Pastora Imperio) y otras cupletistas que aparecieron más tarde (como La Goya) triunfaban en los escenarios donde ella había brillado e inauguraban otros que jamás pisaría, como el Trianón Palace. ¡Cuántas noches, montando guardia en las trincheras, Wenceslao había creído oír a su madre cantando aquella primera estrofa de La Violetera: Como aves precursoras / de primavera, / en Madrid aparece, la Violetera; / que pregonando, / parecen golondrinas / que van piando, / que van piando.

Con cincuenta años y entrada en carnes, Guadalupe Molina supo encandilar a un viejo admirador, Alejandro Donati, hombre de gusto refinado, viudo y dueño de una de las principales empresas de exportación cárnica de la Argentina. Este hombre la rescató inopinadamente de las garras de la pobreza.

La convenció para que se casara con él, prometiéndole que la llevaría a Argentina. Aunque Wenceslao nunca vio de buen agrado el enlace de su madre con aquel gordo burgués, tuvo que aceptarlo.

DEAMBULANDO POR ALICANTE

Media hora después de llegar a la estación alicantina y, tras preguntar a dos transeúntes, llegó Wenceslao a la dirección deseada, en el paseo del Doctor Gadea. Un edificio de dos plantas, antiguo y elegante. Eran las cinco de la tarde. Hizo sonar varias veces la aldaba en la gruesa y ancha puerta de madera. En medio había un cartel metálico que decía: «Consulado de la República Argentina». Abrió la puerta un joven de unos veinticinco años, con el aspecto de comer todos los días y peinado hacia atrás con brillantina.

–Buenas tardes. Quisiera hablar, por favor, con el señor cónsul, don Eduardo Lorenzo

–¿De parte de quién? –preguntó el joven con el entrecejo arrugado. Observó el petate que el visitante había dejado en el suelo. La puerta estaba a medio abrir, pero alcanzó a ver detrás de él un recibidor lujosamente amueblado. Parecía evidente que aquella casa, además de consulado, era su residencia habitual.

Le dijo su nombre y le explicó que su padrastro, Alejandro Donati, un hombre de negocios argentino y conocido de don Eduardo, le había dicho que le buscara para que le ayudara a salir de España.

–Hace dos años y medio ayudó a salir a mi familia: mi padrastro y mi madre. Espero que se acuerde –terminó diciendo no muy convencido al ver como aquel joven no se inmutaba y seguía mirándole con suspicacia.

–Espere un momento.

Cerró la puerta. Se quedó solo en el amplio y silencioso portal cerca de cinco minutos, tiempo que se le hizo muy largo. Por fin reapareció el chico tras abrir la puerta.

–Mi pa… El señor cónsul está ausente –dijo con resolución y mirándole con el ceño todavía fruncido.

–¿Cuándo volverá? Puedo venir mañana…

–Se encuentra en Villa Marco y no sabemos cuándo regresará.

–¿Villa Marco?

–En Campello… –al ver que seguía sin comprender, añadió fastidiado–: Un pueblo que hay cerca… Buenas tardes.

La puerta se cerró frente a su cara. Wenceslao se quedó mirándola, quieto. Así se mantuvo un rato. Suspirando sacó un cigarrillo del paquete de Ideales. Oyó un suave ruido metálico que procedía del otro lado de la puerta. Le observaban por la mirilla. Le dieron ganas de hacerle la higa, pero se contuvo. Encendió el cigarrillo y, cargando el petate en el hombro derecho, salió del portal.

Decepcionado, deambuló durante dos horas por las calles de Alicante, se respiraba soledad y decadencia. Transitaba poca gente y la mayoría de los comercios estaban cerrados, muchos edificios se encontraban derruidos o amenazaban ruina. Se apreciaba con claridad que la ciudad donde había sido encarcelado y fusilado José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, estaba siendo duramente castigada por la aviación fascista.

En el paseo de los Mártires, un hombre le indicó cómo llegar a la sede de la UGT. Estaba cerca y pensó que debía sacar provecho por primera vez de su carné sindicalista, o por lo menos intentarlo. En el número 15 de la calle Gravina encontró la Sede de la Federación provincial. La puerta estaba cerrada. Golpeó con los nudillos. Eran las siete de la tarde, había anochecido. Nadie abrió.

Abordó a un hombre que salía de un portal con mono azul y alpargatas, le preguntó si sabía cuándo abrían la sede.

–¡Uff! Hace días que está cerrada –resopló deteniéndose. En una mano llevaba una fiambrera de latón. Al ver su petate, preguntó–: ¿Acaba de llegar?

–Sí.

–¿Del frente?

–Sí. De Madrid.

El desconocido esbozó una sonrisa.

–No le va a resultar fácil partir, ¿sabe? –vaticinó al mismo tiempo que desaparecía la sonrisa–. ¿Tiene pasaporte?

–No.

–¡Uff! –volvió a bufar, mirándole compasivamente–. En las últimas semanas varios barcos han zarpado del muelle llevándose a gente que venía huyendo de los…, que venían huyendo –dijo repentinamente preocupado, mirando a un lado y a otro, antes de continuar. También se giró Wenceslao y vio que venía una mujer mayor que cruzaba la calle y a un hombre alto con abrigo y sombrero que había en la esquina más cercana, de pie, como esperando a alguien, junto a una de las pocas farolas que habían encendidas–. El Winnipeg y el Marionga se llevaron a cientos de ellos. Son barcos franceses que hacen la ruta Marsella-Orán. También el inglés Ronwyn se llevó hace unas dos semanas a más de setecientas personas que esperaban en el puerto. – Volvió a mirar a los lados–. El último fue el African Trader, un carbonero inglés que se llevó a más de ochocientos.

–Está usted muy bien informado.

–Trabajo donde los depósitos de CAMPSA, en el puerto.

–¿Hay algún barco en el muelle en el que se pueda embarcar?

–Dos, pero no creo que le dejen subir sin pasaporte.

–¿Dónde puedo sacarme uno?

–¿Un pasaporte? –se sorprendió el trabajador.

–Sí –respondió Wenceslao, consciente de que debía parecerle un ingenuo.

–No debemos seguir aquí parados –advirtió el hombre algo más nervioso y observando a la pareja que venía por la acera–. Si quiere acompañarme… Voy para allá. Aunque usted, con ese petate…

–Ya. Pero es lo único que tengo.

Caminaron en dirección a la farola encendida y, al cruzar la calle, le pareció ver al mismo hombre del abrigo con sombrero en la acera de enfrente, junto a un portal cerrado.

–¿Eres de algún sindicato o partido político? –le preguntó el trabajador de CAMPSA, tuteándole.

–De la UGT.

–Ya –sonrió–. Yo soy de la CNT.

–¡Ah!

–El compañero Llopis, presidente del Consejo Provincial, ha estado despachando durante las últimas semanas pasaportes oficiales a quienes lo solicitaban, previo pago de cincuenta pesetas. También los despachaba el gobernador civil. Esos pasaportes eran visados por los consulados, sobre todo los de Francia y México. Al principio de la guerra los visaban los de Inglaterra y Argentina, pero eran para los fascistas que huían, ¿entiendes? Ahora esos consulados no visan ninguno. –Wenceslao notó cómo su corazón se encogía al escuchar aquellas palabras. Al llegar a la siguiente esquina, giraron a la izquierda, para encaminarse hacia el puerto. Miró atrás pero no vio al hombre del abrigo–. Ahora no hay nadie que despache pasaportes oficiales y los ilegales… –Volvió a comprobar que no le oía nadie más que él y continuó, bajando más la voz–: Los pasaportes clandestinos cuestan muchísimo dinero. Más de trescientas pesetas… ¿Tienes tanto?

–Ni un duro –reconoció con sonrisa triste.

Esta vez el anarquista no bufó, pero movió la cabeza significativamente, antes de decir:

–Lo tienes jodido, compañero.

–Me temo que sí.

–Y negociar con los capitanes de los barcos directamente es perder el tiempo. La mayoría se niega porque dicen que son naves mercantes y que las leyes internacionales les prohíben llevar pasaje. Otros aceptan, pero cobrando en especies porque no quieren dinero republicano.

–¿En especies?

–Sí, cosas que tengan valor: joyas, azafrán…

–Entiendo. Tampoco tengo nada de eso –dijo, encogiéndose exageradamente de hombros.

Llegaban a la plaza que había junto al puerto. Enfrente se veían los depósitos de CAMPSA.

–¿Por qué tienes tanto miedo de que nos escuchen? –se atrevió a preguntar.

–Porque dicen que ya están sueltos –contestó el hombre, deteniéndose. Wenceslao aprovechó para dejar el petate en el suelo. Pasaba poca gente pese a no ser más que las siete y media de la tarde. En la plaza y en el paseo las farolas estaban encendidas.

–¿Quiénes están sueltos?

–Los fascistas.

–¿Qué?

–Se rumorea que están dejando salir a los jefes falangistas de la cárcel.

–¡No jodas!

–Quieren negociar con ellos para que no tomen represalias.

–¿Y quién se puede fiar de ellos?

–Pues eso digo yo.

–¿Y tú no te vas?

El hombre negó con la cabeza.

–Yo me quedo. Ahora entro de turno de noche, soy vigilante –dijo señalando con la cabeza los cilíndricos y gigantescos depósitos que había al otro lado de la plaza–. Mañana ya veremos.

–Gracias por la información.

–Ah, toma esto… –Le dio tres pesetas arrugadas que sacó de un bolsillo del mono–. Es todo cuanto llevo encima.

–No puedo…

–Acéptalo, compañero. Suerte y salud.

–Gracias –repitió, estrechándole la mano.

Vio cómo se alejaba cruzando la plaza con la fiambrera que sería su cena. Después volvió a cargar con el petate y marchó en dirección al paseo de los Mártires.

RECUERDOS DEL FRENTE

A finales de octubre de 1936, el Ejército de África se acercaba a la carretera de La Coruña, principal arteria de Madrid donde se encontraban varias brigadas de milicianos republicanos. En la capital empezó a cundir el pánico y multitud de civiles emigraron hacia las costas de Levante. También huyó a Valencia el Gobierno de la República, formándose en Madrid una Junta de Defensa a las órdenes del general Miaja. Las tropas republicanas lograron frenar el avance de los rebeldes por Seseña. Por primera vez el Ejército de África se encontraba frente a un Ejército Popular reorganizado en las llamadas brigadas mixtas.

Desde el comienzo de la guerra, el gobierno republicano presidido por José Giral había intentado coordinar a las distintas milicias populares que, armadas por partidos políticos y organizaciones sindicales, intentaron frenar el avance del ejército rebelde que se dirigía hacia Madrid. Pero las derrotas sufridas en el mes de agosto (especialmente en Talavera) crearon una crisis de gobierno, haciendo comprender al nuevo gabinete, presidido por Francisco Largo Caballero, la necesidad de una reorganización urgente de las fuerzas armadas de la República.

Wenceslao recibió una breve instrucción antes de ser destinado con su unidad al frente oeste de Madrid. Eran los primeros días de noviembre de 1936, justo cuando las tropas rebeldes dirigidas por el general Varela iniciaban el asalto contra la capital. Estuvo presente en algunos combates, pero no intervino activamente al carecer de fusil. Sí lo hizo cuando recibió el arma de un compañero que había caído herido. El 15 de noviembre las tropas de África, tras obligar a retroceder a la columna anarquista mandada por Buenaventura Durruti, consiguieron cruzar el foso del Manzanares y entrar en la Ciudad Universitaria. La lucha fue dura y constante, edificio a edificio.

Uno de los caídos en este combate fue el dirigente anarquista Durruti, que murió el 19 de noviembre.

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