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Momentos de Alicante

Una fuerza extraña

Me situé delante de ella, la saludé con las dos palabras que conocíamos como una seña desde niñas y la besé en ambas mejillas

Ensoñación

Alicante, noviembre de 2011

Aquel martes, 29 de noviembre, llegué en taxi al hospital donde estaba ingresada mi hermana Carmen. Eran las diez y veinte de la mañana, había amanecido nublado, amenazaba lluvia, el aire soplaba cargado de humedad y frío.

Encontré a Carmen en el mismo lugar donde la dejé en mi visita anterior: en un rincón del gran salón, sentada en su silla de ruedas, observando con abstracción el jardín que se extendía al otro lado del amplio ventanal.

Me situé delante de ella, la saludé con las dos palabras que conocíamos como una seña desde niñas y la besé en ambas mejillas. Luego me senté en un sillón, a su lado. No respondió al saludo y su mirada, perdida en algún lugar, no se encontró con la mía. Le hablé, pero su boca permaneció muda. Su expresión de estupor era tan inmutable como la de una estatua. Sus ojos, moviéndose erráticos, en permanente extravío y el índice de su mano derecha, tamborileando sin cesar sobre el brazo acolchado de la silla, parecía tener vida propia en ese cuerpo envejecido que me costaba reconocer como el de mi hermana gemela.

–Creo que tienes razón: el bebé que parió mamá en Villajoyosa no debió nacer muerto. Es muy posible que naciera sano y lo robaran. Como esos otros recién nacidos que, según se está sabiendo ahora, fueron vendidos hace años sin que lo supieran sus padres biológicos.

No dijo nada; no hizo ningún movimiento, salvo el repiqueteo de su índice derecho; ni me miró.

UNA FUERZA EXTRAÑA

Recaída

En septiembre de 2003, dos años después de que Carmen saliera por primera vez de este mismo hospital psiquiátrico en el que me encontraba, ella y su marido dejaron el piso que tenían arrendado en la urbanización El Palmeral para mudarse a otro en la plaza de Quijano, en el casco antiguo de Alicante, muy cerca del colegio en el que trabajaba Mario.

Con este traslado de domicilio él ganaba tiempo en sus desplazamientos y hasta podía escaparse algunas mañanas a su casa entre clases, para comprobar que Carmen se encontraba bien. Sin embargo, este cambio trajo consigo un empeoramiento en la enfermedad de mi hermana. Apenas llevaban viviendo unas semanas en el piso de la plaza de Quijano, cuando empezó a sentir los primeros síntomas de la recaída: pesadillas angustiosas, terrores nocturnos y una obsesión indefinida por el colegio donde trabajaba su marido. «Es como si una fuerza extraña e imperiosa me llamase, me obligase a ir a ese sitio, al colegio de Mario», me explicaba por teléfono. Yo le preguntaba: «¿Para qué?». «No lo sé muy bien, creo que tiene que ver con las pesadillas que vuelvo a tener cada vez con más frecuencia: una voz de mujer me pide que la socorra, que la ayude a salir del lugar donde se encuentra». Después de que me contara esto, no me sorprendió que más adelante, el día de Navidad según creo recordar, Mario me avisara por teléfono de que mi hermana no podía hablar conmigo porque estaba adormilada. «Ha empeorado tanto que el psiquiatra le ha incrementado la dosis de antipsicóticos. Había empezado otra vez a tener delirios y alucinaciones, a salir de casa por la noche obsesionada con no sé qué mujer necesitada de ayuda… Si no mejora antes de que se terminen las vacaciones escolares, tendré que volver a contratar a una cuidadora para que se quede con ella mientras estoy en el colegio.»

No mejoró. A pesar de que le cambiaron y aumentaron varias veces la medicación, las alucinaciones no desaparecieron. Permanecía casi todo el tiempo en un estado más cercano a la soñolencia que a la vigilia, pero aun así había momentos (casi siempre por las noches) en que sufría unos arrebatos inesperados y bruscos, casi violentos, durante los cuales trataba de salir de casa a cualquier coste. Afortunadamente, me contaba Mario por teléfono, siempre había alguien que se lo impedía, pues nunca estaba sola: cuando él se encontraba en el colegio, cuidaba de ella una enfermera.

Pasaron los primeros meses de aquel año. Días antes de que cumpliéramos los 35 años, Carmen logró su propósito de escaparse de su casa. Ocurrió a media mañana de un día laborable y lluvioso, aprovechando un lamentable descuido de la enfermera, que se olvidó cerrar la puerta del piso con llave. Cuando se dio cuenta de la desaparición, mi hermana ya había bajado las escaleras, salido del edificio descalza, en camisón, corriendo por la calle en dirección al colegio de San Roque.

Algunos vecinos indicaron a la enfermera por donde se había marchado. Mientras la perseguía, telefoneó desde su móvil a Mario, para avisarle y disculparse. No contestó porque en ese momento se encontraba dando clase y tenía el teléfono en modo vibrador. Cuando un poco más tarde se dio cuenta llamó a la enfermera, que todavía se encontraba corriendo en la calle.

Pidió a sus alumnos que se quedaran sentados en sus pupitres, tenía que ausentarse unos minutos. Al instante sonó la sirena anunciando el recreo. Multitud de niños aparecieron de repente en los pasillos, anegándolos como un arroyo veloz y ruidoso. Entre el bullicio llegó al exterior. Un grupo de niños alborotados gritaban algo así como que había una loca en el patio.

Vio cómo la enfermera cruzaba corriendo la verja de la entrada, pero no la esperó. Se fue detrás del grupo que avisaba a gritos sobre la loca, corriendo tras ellos bajo la lluvia que caía fina, hasta que llegó al patio lateral. Allí encontró a otro grupo más numeroso de alumnos que, divertidos, observaban a la mujer descalza, con camisón blanco y el cuerpo empapado. Estaba de cuclillas en una esquina del patio, golpeando la tierra con una piedra.

–¿Qué hace?

–Está cavando.

–¿Con una piedra? Está loca.

Empezaban a oírse risitas tímidas y nerviosas. Mario cruzó corriendo el patio al mismo tiempo que se quitaba la chaqueta que llevaba puesta. Ajena a su llegada, Carmen siguió removiendo el barro con la piedra puntiaguda que tenía en la mano derecha. Su marido se agachó para ponerle con cuidado la chaqueta encima de los hombros. Con delicadeza y dolor cogió en brazos su cuerpo frágil. «Déjame. He de liberarla», dijo sin resistirse.

Esa misma tarde volvió a ingresar en el Hospital Psiquiátrico Provincial.

El bebé que parió mamá en Villajoyosa no debió nacer muerto. Es muy posible que naciera sano y lo robaran

Una voz de mujer me pide que la socorra, que la ayude a salir  del lugar donde se encuentra


Murmullo

–Me lo dijo ella…

El murmullo de Carmen sonó tan débil que apenas entendí lo que decía. Fue tan inesperado, que tardé un poco en reaccionar.

–¿Qué?

–Lo de que el bebé no nació muerto… Me lo dijo ella.

Esta vez su voz sonó algo más fuerte, pero aun así me costó entender el balbuceo de sus palabras. Sonreí y me acerqué, su mirada siguió extraviada en algún lugar lejano.

–¿Quién es ella? ¿Te lo dijo mamá? ¿Cuándo?

–Mamá no… El otro día…

–Entonces, ¿quién te lo ha dicho? ¿La mujer con la que sueñas?

No movió los labios. Sólo su dedo índice continuó tamborileando como si estuviera enviando un interminable mensaje en morse.

Pregunté a los cuidadores si mi hermana había recibido alguna visita últimamente, me aseguraron que no. La única persona que venía a verla desde la última vez que la internaron era yo.

Regresión versus imaginación

–El hecho de que en la última regresión hubiera momentos en que hablara en inglés no tiene importancia, dado que usted conoce bien el idioma. Incluso ha vivido cierto tiempo en Nueva York, ¿no es cierto?

–Sí.

–Mucho más significativo fue en cambio el resultado encefalográfico –continuó diciendo el doctor Ríos–. Según el mismo, usted estuvo realmente en estado hipnótico todo el tiempo que duró la sesión, por lo que no hay motivo para creer que su imaginación participara en la regresión de una manera voluntaria y decisiva…

–Es decir, que no soy una impostora. No imaginé lo que recordé –dije, sin disimular mi satisfacción.

–Al menos no lo imaginó voluntariamente. Ahora lo que trataremos de comprobar es si las áreas de su cerebro relacionadas con la imaginación se activan o no durante la regresión.

Eran las diez de la noche del último día de noviembre de 2011 y estábamos en el sótano del Perpetuo Socorro, hospital privado situado en la plaza Doctor Gómez Ulla de Alicante. Más concretamente en el departamento de radiografía. Estaba tumbada en la plataforma sobre la que me iban a realizar la resonancia cerebral y el doctor Ríos se hallaba de pie, a mi lado. Además, estaban presentes los doctores Bermúdez y Maldonado, a los que ya conocía; la doctora Menéndez, la radióloga del hospital, y el doctor Read, un enigmático personaje, antiguo profesor del doctor Ríos, que al parecer había venido expresamente desde Estados Unidos para asistir a esta sesión. Todos llevaban batas blancas; yo tenía encima una de color verde.

Ahora trataremos de comprobar si las áreas de su cerebro relacionadas con la imaginación se activan o no durante la regresión

–¿Podrá hipnotizarme teniendo la cabeza dentro de ese aparato? –pregunté.

–Podrá oírme a través de los altavoces que tiene acoplados… En el caso de que no consiga concentrarse, tal vez recurramos a la ayuda del algún fármaco, como el pentotal sódico o el amital sódico, aunque no creo que haga falta. Llevamos varias sesiones y ha demostrado que tiene una gran capacidad de concentración… Hasta podría hipnotizarse usted sola, si fuera necesario –sonrió.

–Preferiría que no me suministrara ningún fármaco –advertí.

–Por supuesto. Ya le digo que no creo que sea necesario… Ahora nosotros saldremos de aquí, pero la estaremos viendo a través de la cristalera. Y la doctora Menéndez la irá dirigiendo hasta que empecemos con la sesión de hipnoterapia. ¿Está preparada?

Asentí.

–Estupendo.

Salieron de la sala y me quedé sola, tumbada en aquella camilla no muy cómoda. Poco después, mi cabeza quedó atrapada dentro de un gran aparato metálico. Era la segunda resonancia que le iban a hacer a mi cerebro en poco tiempo. Pero sospechaba que esta vez nada iba a ser igual.

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