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Luis Hernando de Larramendi

«Mi padre demostró que la mejor forma de lograr algo es involucrarse sin límite»

Luis Hernando de Larramendi. Rafa Arjones

Dedicó su vida a la aseguradora Mapfre, a la que logró rescatar, y a su jubilación no supo estarse quieto. Ignacio Larramendi se embarcó en un proyecto épico, que ahora se narra en un libro que quiere rememorar una hazaña que en aquel momento pasó un poco desapercibida, eclipsada por los actos del quinto centenario del descubrimiento de América.

¿Qué lleva a su padre a embarcarse en este proyecto?

Primero, porque era un hombre activo y las cosas que le atraían y pensaba que eran dignas de apoyo no quería deja pasar ninguna. Era incapaz de no meterse en el lío más grande si le parecía que merecía la pena involucrarse. Y como acababa de dejar la dirección ejecutiva de la aseguradora Mapfre, a la que había rescatado, tenía muchos proyectos en mente. Pero ninguno de ellos era tan singular como este, en el que además participaba alguien de su misma edad y de su mismo origen, el capitán Etayo.

Su padre también era un profundo americanista, lo que también influiría.

Sí, mi padre era un americanista total. Decía que Hispanoamérica empezaba en los Pirineos. Tenía una visión en la que los dos lados del Atlántico tenían que unirse mucho más. Por tanto, este proyecto lo tenía todo. El descubrimiento, la evangelización, el combinar los dos países al otro lado del Atlántico. Para él era un proyecto perfecto, al que se sumaba el afecto personal a Etayo y ver que era una obra que necesitaba apoyo. Siempre le atrajeron las causas perdidas.

¿Qué fue lo más complicado de este proyecto?

Él pensaba, cuando empezó, que había algo más en el proyecto y realmente era una cáscara en la que no se había conseguido poner nada dentro y había que hacerlo todo. Eso implicaba un esfuerzo extraordinario. Jamás, y aunque tenía sus vinculaciones con Mapfre, movió nada a nivel institucional. Todo lo que movía era a sus amigos, a la gente que confiaba en él. La gente quería apoyarle por sintonía a sus ideas. Pero nunca se valió de eso de «como yo soy presidente de Mafre, pongan dinero». Las instituciones siempre estuvieron al margen. A la iglesia católica, de la que él se sentía perteneciente y profundamente afecto, tampoco la quiso involucrar. Fue algo personal, el apoyo personal a un proyecto que coincidía con unos principios y unas ideas que quería dignificar.

¿Y la familia qué le decíais?

Todos sabíamos que él era capaz de cualquier cosa. Cuando uno se propone algo, si de verdad tiene fe en ello y de verdad quiere llevarlo hasta el final, eso arrastra. Dudar no tiene atractivo, porque eso implica un riesgo. Mi padre toda su vida ha demostrado que la mejor forma de conseguir las cosas era involucrarse de verdad, hasta el final, sin límite. Y eso también lo hacía con su familia. A mi hermano, explorador polar, jamás lo disuadió para que no se fuera a los hielos tres años sin teléfono ni nada. El riesgo es parte de la vida y eso él lo tenía asumido.

¿Con qué objetivo se edita el libro «Etayo y Larramendi. 500 años después»?

Hace veinte años era un mundo diferente. El mundo de la comunicación, de la transmisión de las ideas, la sociedad en la que estábamos. Los fastos de 1992 por el quinto centenario del descubrimiento de América tuvieron otro contenido. Esta era la conmemoración que quería ser más original y respetuosa con la que había tenido lugar quinientos años antes. Pero como en aquel momento pasó ciertamente desapercibida, ahora dentro de las conmemoraciones del centenario de su nacimiento, que es también el centenario del nacimiento de Carlos Etayo, nos ha parecido que en un mundo mucho más global era bueno poner en valor estos ejemplos. Unas hazañas que son capaces de suscitar gente que se siente la llamada a hacer cosas. Cosas que son importantes, con independencia de que el mundo sea capaz de reconocerlas como tal, luchar por ellas y llevarlas a término.

¿Qué cree que aportó la hazaña de su padre?

Aportó el demostrar que las cosas pueden hacerse con carencia de medios, con insuficiencia de recursos, con falta de apoyos de todo tipo, siempre que el entusiasmo, el objetivo y la entrega que se le ponen sean suficientes porque lo merezca el ideal al que se sirve.

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