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La cuarta vía

Bienvenidos, pero los turistas ingleses no salvan el invierno

El sol y la playa siguen siendo claves en el poscovid en una Costa Blanca que debe lograr que el visitante regrese a casa habiendo vivido una experiencia. Solo así seremos diferentes

Turistas británicos entran al hotel Calypsode Benidorm esta semana. | DAVID REVENGA

Confieso que entre los municipios de la provincia donde me han pasado cosas que forman capítulos especiales de mi vida, Benidorm es uno de los más especiales. Una ciudad en la que, salvo en los meses más duros de la pandemia, siempre se respira felicidad y buen rollo y una ciudad donde tengo grandes amigos, algunos de los buenos. Por eso, en este septiembre que ya firma su epílogo, he compartido con satisfacción que la pesadilla de la falta de turistas comience a ser, aunque no hay que olvidar la cautela, un mal sueño, gracias, una vez más, al regreso del turismo británico. Aunque algunos hoteles estudien ya su cierre fin por temporada, la reapertura de establecimientos como el Orange, Don Pancho, Calypso, Fenicia, Ambassador II o, en octubre, el Nereo, muy vinculados al mercado británico, tras más de un año cerrados y con sus trabajadores en ERTE, ha sido una extraordinaria noticia. Y es que el hecho de que el principal turoperador inglés, y uno de los pocos que quedan, Jetholidays, haya recuperado el 80% de su programación desde que en marzo de 2020 dejara de operar por el confinamiento al que nos llevó el covid, también es motivo de celebración. Como lo es que la ciudad de Alicante y sus hoteles y apartamentos turísticos vayan recuperando el pulso.

Hasta aquí, todo perfecto. Pero, ojo, esto no se ha acabado, la recuperación plena no llegará hasta 2023, según algunos gurús y, además, el otoño y el invierno siguen amenazados y no solo por el impresentable retraso del turismo del Imserso. Una vez más no se ha cumplido el anuncio del Gobierno de que este mes veríamos a los primeros jubilados de los viajes subvencionados, pero es que nadie puede asegurar que lo vayan a hacer en octubre, noviembre o diciembre. Además, el resto de los pensionistas españoles con posibles de viajar tampoco terminan de tenerlo claro, aunque la incidencia de la pandemia caiga por semanas.

¿Qué se puedes esperar? Nuestro modelo turístico, basado en el sol y la playa, es el que es, y 50 años después, no es que resulte complicado renunciar, sino que la pregunta es ¿por qué habría que hacerlo si hasta que el covid decidiera hacer turismo y salir de China funcionaba estupendamente? Otro tema diferente es que haya que darle una vuelta de tuerca hacia la modernidad y renovar la calidad, tanto en lo que se ve cuando accedes a la recepción de un hotel, como lo que el turista no ve y es tan importante, como el que no falle el aire acondicionado, la calefacción o que el agua suba con presión a las ultimas plantas. Esto también es inteligencia turística. Y sí, muchos hoteles han aprovechado el parón del covid para ello.

Por supuesto que la realidad de la Costa Blanca y Europa no es la que se encontraron los pioneros del sector a principios de los años 70 del siglo XX, pero es que aquellos visionarios también han evolucionado, aunque a menudo se quiera arrojar un aroma rancio sobre ellos. Algunos manteniendo empleos pese a la crisis y, al margen de la tirita que han supuesto los ERTE, tirando de sus ahorros para complementar el subsidio de sus empleados.

Cierto que en los años 70, el incipiente sector turístico provincial, guiado por el maná que supuso el dinero fresco que llegaba desde Gran Bretaña y la Europa continental para la construcción de hoteles en una España donde el crédito bancario no existía, se dejó llevar por los turoperadores a cambio de que financiasen miles y miles de plazas con la condición de que fueran reservadas para sus clientes. El modelo, con sus variante, sigue vigente. Trabajadores europeos, británicos, sobre todo, pero también del resto de Europa, que demandaban una zona de veraneo barata y próxima a sus domicilios gracias a los vuelos chárter. Así empezó, y así sigue 50 años después. Una estructura que, cierto es, necesita grandes cantidades de turistas para que salgan la cuentas que salían hasta la pandemia, como lo demuestra que la industria turística provincial mantenga 300.000 empleos al año y suponga, o suponía, hasta 2020, el 15% de su PIB.

Tres de cada cuatro turistas extranjeros llegan desde los barrios industriales de, entre otras ciudades, Liverpool o Manchester con sueldos medios/bajos y en viajes organizados por mayoristas. Y ahí ha estado el error en los últimos años. Haber sucumbido a la imposición de precios por parte de unas mercantiles que ayudaron a crear el modelo, pero que llevan medio siglo cobrándose sus facturas. Quizás no fue lo mejor, pero puede que no hubiese muchas más alternativas. «Aceptas mis precios o me llevo los aviones a otros aeropuertos». Y así ha funcionado el sector durante años, condicionado por unas tarifas que marcaron el «ADN» de muchos hoteles de playa, diseñados para atender a grandes contingentes de visitantes que no exigen mucho, pero que tampoco están dispuestos a pagar más que lo justo por la pensión completa.

Cierto es que las cosas han cambiado en los últimos años y la relación calidad/precio del turismo de la provincia es imbatible, pero a costa del bolsillo del propio hotelero o restaurador, que prefiere sacrificar beneficios a perder clientes, atraídos por otras zonas como Turquía y Túnez, donde los costes laborales no existen y los turoperadores utilizan las mismas tácticas que en el Benidorm de principios de los años 70. Países muy castigados por la pandemia pero que, como los ingleses, volverán. Y nos plantarán cara de nuevo.

Debemos ser realistas y trabajar para optimizar el modelo que tenemos aplicando la experiencia, el tan de moda «know-how», que atesora el sector turístico de una provincia de la que, además, es su principal activo, pese a ser ignorada en Madrid y por algunos de nuestros dirigentes del Botànic. Las nuevas tecnologías deben jugar un papel importante en pro de seguir abrazando en lo que hoy se entiende por calidad. Sólo así se podrá intentar aumentar la rentabilidad, aunque el modelo es el modelo.

Hace ya casi tres años, el Consejo General de los Colegios de Economistas de España alertaba de los riesgos que amenazan la buena salud del modelo turístico que ha imperado desde los años 70, basado casi exclusivamente en el sol y la playa. Los economistas no negaban que estos dos elementos seguían siendo sólidos, pero advirtieron de que debían complementarse con fórmulas que acaben con los hoteles «low cost», la competitividad vía precios, la mano de obra barata, temporal y poco cualificada, y la excesiva dependencia de los turoperadores.

Compras, ocio, cultura o gastronomía -la feria Alicante Gastronómica como ejemplo- son los pilares en los que debe complementarse, más aún, el modelo de sol y playa, pero, sobre todo, que el turista convierta sus vacaciones en una experiencia inolvidable. Lo que también necesita con urgencia el sector ahora mismo es un plan potente con ayudas económicas directas de Madrid, como han hecho, por ejemplo, en París, Londres y Berlín y que en España, de momento, sigue en la eterna fase del anuncio. Ya quedará después tiempo para jugar a ser exquisitos, pero primero ayudemos a las empresas y no basemos el invierno en sólo en el turismo del Imserso que, aunque bienvenido, sólo faltaba, es, como los ERTE, una tirita para paliar unos meses que, pese al control del virus, no van a ser fáciles.

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