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Momentos de Alicante

Sesión espiritista

Casa asegurada e iglesia Santa María

ALICANTE, MARZO DE 1872

En el salón del viejo edificio de la calle Balseta se encontraban reunidas varias personas citadas por el doctor Manuel Ausó. Baldomero Pellús intentaba comprender el motivo por el cual se encontraba él también en aquella casa, cuyo último inquilino había sido Diego Carmona, hermano de su difunta esposa.

–Diego blanqueó las paredes de esta sala para escribir en ellas los pensamientos que se le ocurrían, propios o sacados de autores antiguos –dijo don Manuel al acercarse a Baldomero, que permanecía ensimismado en su lectura–. Forman un álbum interesante, donde se leen extravagancias diabólicas junto a pensamientos profundos y sentenciosos. Como en la página de un libro, este lienzo de pared está dedicado a proverbios orientales, a los que Diego era aficionado, mezclados con sofismas de dudosa interpretación. No en vano viajó por Asia, especialmente por la India.

SESIÓN ESPIRITISTA

–Antes me contaba algo sobre su aspecto… –recordó Baldomero, desviando la mirada de la pared para dirigirla al médico. Otro de los asistentes, el alcalde Eleuterio Maisonnave, dejó de leer para prestar atención.

–Sí… Como le decía, Diego Carmona llegó aquí con una pequeña fortuna, pensando crear una mercantil con Manuel Carreras. Compró una casa cerca de la suya, en la calle San Francisco, donde vivía con la servidumbre de dos filipinos. Carreras falleció y se buscó nuevos socios. No lo consiguió. Se trataba de un hombre estrafalario que le gustaba vestir como si viviera en Filipinas: guerreras blancas y tocado de ese gorro tan característico… ¿cómo se llama?...

–Salacot –dijo Maisonnave, apartando la pipa de la boca–. Realmente era un tipo peculiar, sin don de gentes… Raro, poco sociable, no daba fiestas ni acudía a ninguna tertulia…

Pasaron a sentarse alrededor de la mesa vestida por un mantel negro y entraron los últimos invitados

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–Así es difícil encontrar socios, ¿verdad? –continuó Ausó–. Ya por entonces apuntaba los trastornos mentales que luego le mataron, aunque he de reconocer que yo mismo no me di cuenta. Su aspecto no le ayudaba a ganarse la confianza de los grandes comerciantes, siempre estrictos en lo que respecta a la apariencia física. Además, su piel no era completamente blanca. Tenía todos los rasgos de un negro: labios gruesos, nariz ancha, pelo ensortijado.

–Si a eso le unimos su nula elegancia y su excentricidad, no resulta difícil comprender el rechazo que encontró entre la élite social alicantina, mucho menos abierta, viajera y tolerante que Carreras –concluyó el alcalde.

–Acabó arruinándose y su salud mental empeoraba. Alquiló este tabuco y trabajó unos meses en los almacenes del puerto, pero lo echaron porque hacía y decía cosas extrañas. Vino a mi consulta, traté de ayudarle. Enseguida me di cuenta de que padecía una demencia creciente, incluso recomendé su ingreso en el Asilo de la Beneficencia. Se negó.

–El comisario de policía me habló de él, del lamentable estado en que se encontraba, después de que entrara en casa de los vecinos para cavar en el suelo de la cocina. Aquello fue definitivo para internarlo en el asilo…, pero no dio tiempo –explicó el alcalde.

–Tan sólo dos días después de que saliera de la cárcel, se quemó aquí, en la cocina –dijo don Manuel, señalando con el bastón la puerta del pasillo.

–Lo hizo después de que intentara entrar de nuevo en la casa de al lado. Llevaba consigo una garrafa llena de aceite, la misma con la que se embadurnó, antes de prenderse fuego. Por lo que balbuceaba, parece que lo que quería era quemar la cocina de los vecinos –apuntó el alcalde, antes de llevarse de nuevo la pipa a los labios.

–¡Qué horrible! –murmuró Baldomero, con el corazón oprimido por la emoción, pero aliviado de que su esposa no estuviera con él en ese momento. Habría sentido una gran pena al saber cómo había muerto su hermano.

Baldomero cruzó la sala con la palmatoria hasta aproximarse a la chimenea. En la pared había escritas con lapicero frases extrañas, con palabras muy separadas: «Te ayudaré… Sí, te quemaré… ¿Dónde estás?». «Ya te veo…». «Donde acaba el tiempo».

Estremecido, sintió escalofríos. Los latidos de su comprimido corazón recorrieron sus venas como una manada de lobos. Seguía leyendo con atención aquellas frases buscando comprender, cuando se acercó don Manuel y le explicó:

–Los dementes como Diego Carmona creen oír voces en su cabeza. Voces que sólo ellos oyen, que les ordenan hacer cosas en contra de su voluntad, siempre irracionales y muchas veces peligrosas… Pero también es cierto que, en ocasiones, este tipo de personas sirven de puente de manera involuntaria con el mundo de los espíritus…

–¿Espíritus? –se quedó pasmado. Su corazón empezó a galopar. Por su frente bajaba un sudor frío.

–Sí. Al dejar el cuerpo tras la muerte, el alma entra en el mundo de los espíritus, para volver a tomar otra existencia material después de un tiempo. Esta alma se transforma en un ente errante. Hay personas que tienen en vida acceso al mundo espiritual, casi siempre sin pretenderlo, y al no poderlo controlar terminan perdiendo el juicio, volviéndose locas. Esto es lo que parece que le ocurrió a su cuñado, no hay más que leer lo que dejó escrito…

–¿Quiere decir que tenía trato con los espíritus? –preguntó Baldomero con los ojos muy abiertos y llevándose la mano al pecho.

–Bueno, los espíritus se manifiestan evocándolos o espontáneamente. Y parece evidente que a Diego se le presentaban de esta última forma.

–¿Y qué clase de espíritus eran? Quiero decir: ¿le animaban a hacer actos satánicos?

–En el caso de Diego, visto el trágico final que tuvo… Precisamente es lo que pretendemos averiguar esta noche: qué espíritu o espíritus eran los que entraban en contacto con él. Hace hoy justamente un año de su muerte, y el dueño de esta casa se la entregará a otro inquilino. He logrado convencerle para que no cambie nada y nos deje celebrar una sesión esta noche. Le he invitado por dos razones: porque Diego era familiar suyo y porque usted mismo, como me contó, tiene sensaciones que no comprende cuando se acerca a esta casa…

–A esta casa no, la de al lado… –puntualizó Baldomero, visiblemente impresionado.

–Más a nuestro favor.

De pronto dio un brinco y gritó. Notó que algo retozaba por sus piernas. Su corazón se agitó como un caballo desbocado. Los otros dos hombres que estaban en la estancia se sobresaltaron. Vieron a un gato negro correr y saltar por la ventana, que enseguida se confundió en la oscuridad de la noche.

–Lo siento mucho… –se disculpó Baldomero avergonzado. Su pálido rostro brillaba. El médico le hizo sentar en una de las sillas que rodeaban la mesa–. Aborrezco esos animales…

–¿Los gatos? Pero si son inofensivos –dijo el alcalde.

–No los soporto… Me causan irritaciones en la piel.

Pasaron a sentarse alrededor de la mesa vestida por un mantel negro. Entraron los últimos invitados que iban a participar en la sesión, acompañados del médium. Era una pareja vestida de luto. A él no lo conocía; pero a ella sí, a pesar del velo que cubría su rostro. Comprendió enseguida por qué don Manuel le hizo prometer que no le contaría a nadie lo que ocurriera esta noche, que era un secreto la identidad de los invitados, en especial la de la dama que iba a participar en la reunión.

Arropada con un abrigo sobre el vestido con polisón y tocada con una pequeña capota, la recién llegada saludó a los presentes al mismo tiempo que levantaba el velo que la cubría.

–Buenas noches, señores.

El alcalde y el médico fueron los primeros en presentarles sus respetos. Mientras lo hacían, ella le recordó a don Manuel el compromiso al que habían llegado previamente.

–No se preocupe, señora. Todos los aquí presentes hemos dado nuestra palabra de caballeros. Nadie sabrá que usted y su señor hermano han asistido a esta reunión. Pase lo que pase –afirmó Ausó, antes de saludar al hombre que la acompañaba.

La dama, doña Juana Carreras Bellón, era hija de Manuel Carreras, el testarudo revolucionario amigo de Diego Carmona, fallecido en 1855.

No era de extrañar que doña Juana no quisiera que nadie supiera de su participación en una sesión espiritista. Muy probablemente, pensó Baldomero, ni siquiera lo sabían sus hijos, ya que se había hecho acompañar por su hermano. Por supuesto tampoco lo sabría su esposo, hombre católico y conservador. ¿Qué pensaría no sólo su marido, sino la sociedad alicantina si supieran que ella, la madre del principal defensor de la Iglesia en esta ciudad, se reunía con sus más declarados enemigos para asistir a una representación teatral, como muchos la calificarían?

El motivo por el que asistía era por su hijo mayor, Antonio Campos Carreras, fallecido hacía año y medio. Tanta era la pena que sentía que, en su desesperación, deseaba comprobar si era cierto aquello de lo que tanto se hablaba y escribía últimamente: la posibilidad de hablar con los muertos. El acuerdo con don Manuel se cerró con el máximo sigilo: No asistirían a la sesión más personas de las necesarias: el médium, don Manuel, doña Juana y su acompañante; no se harían fotografías; y, por supuesto, se mantendría en secreto. Don Manuel convenció a la dama para que permitiera la presencia de dos hombres más, todos comprometidos a guardar tal secreto: el alcalde Maisonnave, amigo de la infancia del fallecido, y Baldomero Pellús, cuñado del anterior inquilino de la casa donde iba a celebrarse la reunión, muerto un año antes y que, según el médium, serviría de guía para buscar al espíritu del hijo de la dama.

EL ESPÍRITU

El médium, con gestos de solemnidad, cerró la ventana y la puerta de la sala. Luego tomó asiento junto a los asistentes.

–Ahora les ruego permanezcan callados, se concentren con los ojos cerrados y cogidos de las manos –pidió con seriedad, juntando los párpados e invitando a los asistentes a tomarse la mano.

A Baldomero le hubiera resultado ridículo todo esto, si no fuera por el zumbido que venía escuchando desde que se acercó a la casa, y que de improviso empezaba a sonar con intensidad nuevamente. Había leído que en aquellas sesiones las mesas giraban inexplicablemente o el espiritista escribía, espasmódicamente, mensajes que le dictaban desde el más allá.

–Oh, espíritu de Diego Carmona, ¿estás aquí?... –preguntó el médium. Baldomero, escéptico, separó un poco los párpados para observar a los demás. El candelabro y las palmatorias alumbraban de forma precaria, ofreciendo más sombras que luz en las caras de los presentes, todos obedientes a las indicaciones. En las paredes en penumbra, las inquietantes escrituras convertidas en líneas difuminadas parecían moverse como gusanos y culebrillas–. Buscamos al espíritu de Diego… ¿Está aquí? –insistió con los ojos cerrados y voz solemne.

Alguien movió los pies debajo de la mesa. Fue un siseo fugaz e inofensivo que provocó una reacción desproporcionada en el corazón agitado de Baldomero, que empezó a bombear con rapidez. Llegó a sus oídos, con mayor fuerza, el ruido parecido a la bocina de un barco alejándose, semejante al runruneo de un gato gigante. «Ayúdame…», oyó como en un susurro. Era una voz de mujer que apenas conseguía oír por culpa de aquel sonido. «Ayúdame, por favor», repitió la voz con mayor claridad. El ruido desapareció de repente, el silencio repentino le trastornó.

Baldomero separó los párpados. Miró a los demás, que seguían con los ojos cerrados, concentrados al menos aparentemente. Volvió a oír otra vez a la misma mujer; no era doña Juana.

–¿Han oído eso? –preguntó un instante antes de arrepentirse.

Los cinco abrieron los ojos y le miraron con atención.

–¿El qué? –quiso saber el médium.

–Yo no he oído nada –dijo don Manuel.

–Ni yo –secundó el alcalde.

–¡Oh, lo siento! Me había parecido… –titubeó Baldomero. En cualquier otra circunstancia se habría sonrojado por la vergüenza, pero su cara estaba lívida, húmeda. Sus manos sudaban, lo que le incomodaba al tenerlas unidas a los demás.

–Volvamos a intentarlo… –propuso el médium cerrando de nuevo los ojos. Volvió a preguntar en voz alta y grave–: ¿Estás aquí, Diego?

Baldomero bajó la mirada. Sintió un repentino escalofrío. Instintivamente, separó las manos de sus compañeros cuando oyó aquella voz femenina detrás de él: «Ven a ayudarme, por favor. Estoy aquí…»

De un salto se levantó de la silla con la mano derecha en el pecho, como si pudiera aminorar la locura desenfrenada de su corazón.

–¿Dónde estás? –preguntó. Todos le miraron atónitos.

«Estoy aquí, donde acaba el tiempo, esperándote…»

–¿Qué le ocurre? ¿Está bien? –preguntó el doctor, incorporándose de su silla.

Baldomero miró alterado a las cinco personas que había en la sala, que le observaban con creciente preocupación.

–¿Pero es que no la oyen? ¿De verdad no oyen esa voz? –preguntó sudando a mares y con la mano derecha como una garra pegada al pecho.

–¿Qué voz? –preguntó el médium–. ¿Se ha presentado?

«Ven. Te lo suplico. Tienes que liberarme.»

Le pareció que aquellas palabras venían del pasillo. Corrió hacia la puerta, que abrió de golpe. Una claridad le atraía con una fuerza irresistible.

–Pero ¿qué hace? –gritó el alcalde poniéndose de pie, como el resto de los presentes.

–¿Adónde va? –exclamó el médium, al ver cómo emprendía una carrera alocada por el pasillo. Detrás de él salió el médico corriendo.

Apenas podía respirar cuando llegó a la puerta de la cocina. Baldomero vio una nubecilla blanca que reverberaba cerca del suelo, justo donde Diego había cavado un año antes.

«Ayúdame a liberarme… ¡Quémame!»

Se llevó la mano izquierda a la cabeza, la derecha al pecho. Sin aliento, sin fuerzas, dio dos pasos hacia aquella misteriosa nube. Cayó de bruces antes de que lo alcanzaran.

En el suelo, Baldomero advirtió con fatal precisión cómo se detenían el tiempo y su corazón.

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