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Eva negra

ALICANTE, DICIEMBRE DE 2011

Pasaba la medianoche cuando el doctor Joan Ríos dio por finalizada la sesión de hipnoterapia.

Al llegar a la clínica del Perpetuo Socorro me sentí incómoda, con una sensación de desasosiego que se fue incrementando cuando salí del edificio. No debíamos estar muy lejos de la plaza de España, deduje, sin dejar de sentir aquella atracción invisible y tan poderosa como la gravedad.

Estaba dispuesta a tomar un taxi para volver a casa, pero el doctor Ríos insistió en llevarme en su coche. Conocía mis dificultades de visión, sabía que padecía atrofia óptica de Leber, se lo había contado.

Acepté su ofrecimiento y fuimos hasta el aparcamiento donde tenía su coche. A su lado me vino una ligera brisa a miel y limón.

Después de indicarle cómo llegar a mi casa, le pedí que me avanzara su opinión sobre la última sesión.

–A la espera del resultado de la resonancia, que nos confirmará si su imaginación interviene en las regresiones, diría, por lo que hemos podido ver, que sólo se activan las zonas del córtex cerebral donde se almacenan los recuerdos duraderos. Pero, ya le digo, hemos de esperar al informe oficial, que los neurólogos se han comprometido a entregarme mañana mismo.

–¿Ha brillado mi lunar de la frente?

–Como otras veces, intermitente y fugazmente. Pero en la resonancia no ha aparecido nada extraño. Esperaremos al informe definitivo.

Permanecimos callados durante un rato. Para romper el silencio, dije:

–Que mi imaginación no intervenga está bien, ¿verdad?

–Más que eso. Es extraordinario. Ni el doctor Bermúdez ni yo conocíamos un caso como el suyo…

–¿Y el señor Read? –inquirí–. Por cierto, ¿es también psicólogo?

–El doctor Read está doctorado en Psiquiatría y Psicología Clínica. Es un eminente catedrático de Psicopatología y uno de los más reconocidos investigadores de la mente humana. Sus artículos son publicados por las revistas científicas más prestigiosas…

–¿Conoce algún caso como el mío?

–Exactamente, no; pero sí ha investigado otros realmente singulares, como el de J. W. Brown, un nativo cherokee que hace años conmocionó a la American Psychological Association de Estados Unidos. Brown revivió en sus regresiones hipnóticas lo que parecían ser recuerdos de antepasados suyos, todos ellos chamanes, describiendo con detalle lugares ocultos y desconocidos, como cementerios y poblados. Posteriormente, fueron descubiertos justo donde él había recordado, y que llevaban enterrados cientos de años.

–Un caso de percepción extrasensorial, ¿no?

Joan Ríos movió la cabeza en un gesto indefinido. Habíamos tomado la avenida de Denia y nos dirigíamos a El Campello. Los faros de los coches con los que nos cruzábamos surgían como halos blanquecinos o amarillentos muy borrosos. Sin embargo, mis ojos enfermos apreciaban a la perfección el halo azul claro del hipnólogo, con la misma facilidad que habían percibido con nitidez las auras de los doctores Bermúdez (anaranjada brillante), Maldonado (solo anaranjada) y Read (anaranjada rojiza). Decidí que debía investigar sobre las auras, merecía la pena aprender a distinguirlas, conocer el significado.

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–Su caso es mucho más interesante, Patricia. Y he de confesarle que no me importaría… Es más, me gustaría que se tratara de percepción extrasensorial. Sería extraordinario –me dijo sin apartar la mirada de la carretera.

–Entiendo. Sería importante para su investigación. Pero, ¿quién decidirá si lo mío es un caso auténtico de percepción extrasensorial?

El aura del hipnólogo bajó de intensidad.

–Nadie en concreto. Es el conjunto de la comunidad científica, psiquiatras, psicólogos, quienes determinarán si las pruebas que se presentan son convincentes. Reconozco humildemente que para mí sería una gran satisfacción poder demostrar que usted…

El halo que le envolvía recuperó su brillantez. Me reafirmé en mi deseo de averiguar lo que significaba realmente eso de las auras.

–Hay muchas cosas que no comprendo de las regresiones, sobre todo dos en particular –dije después de pedirle que girara a la derecha, para meternos por la Vía Parque–. La primera es el lugar donde parece que está la raíz de la obsesión que tantos trastornos causaba a las personas que han aparecido. Si es verdad lo que he recordado en esta última sesión, todo apunta a que la causa se halla enterrada en algún lugar del barrio antiguo de Alicante, ¿verdad?

–Eso parece.

–He de comprobarlo, pero intuyo que debe ser próximo al Colegio San Roque, el lugar donde mi hermana se obsesionaba en excavar… Desde hace un tiempo me siento turbada por una parte de la ciudad…

–¿Cuál?

–Debe estar cerca de la plaza de España, donde encontraron deambulando a mi hermana la última vez…

Al cabo de unos segundos me preguntó:

–¿La otra cosa que más le preocupa sobre las regresiones?

–Ah…, el hilo conductor. Quiero decir, al principio creía que la ilación de una regresión con otra estaba en mis antepasados, especialmente en las mujeres, pero hemos visto que no… Ahora ni siquiera parece que tenga algo que ver con mi familia…

–No podemos descartarlo. Lo importante es seguir avanzando… o retrocediendo, según se mire –sonrió.

Al llegar a una rotonda le indiqué la calle por donde debía girar. Luego nos mantuvimos en silencio un rato.

–¿Sabía que se han hecho estudios genéticos a personas implicadas en todo el mundo, aprovechando el ADN mitocondrial? Los resultados demuestran que la humanidad tiene un mismo origen. Proviene de una misma mujer, una única antepasada que vivió hace más de cien mil años en África. La llaman la Eva negra.

–Ah, sí… Eva negra… He oído hablar de esa teoría…

–Ya no es una teoría, Patricia. Es incuestionable que todos descendemos de esa mujer. Todas las personas que poblamos este planeta, con indiferencia del color de nuestra piel, tenemos antepasados comunes.

El aura del doctor Ríos había adquirido un bonito tono índigo.

–Aquí es –señalé.

Detuvo el BMW en la puerta de mi casa.

Pensé en invitarle a pasar. Luego dudé. Había comprobado que no llevaba alianza, me intrigaba saber cuál era su estado civil. Aproveché el momento:

–Le invitaría a entrar, pero seguramente le estarán esperando en casa.

Salí del coche y fui a abrir la puerta de la verja impregnada de su irresistible olor a miel y limón. Esperó a que abriera y, antes de marcharse, me dijo:

–Por cierto, no me espera nadie en casa. Hace doce años que me divorcié y mis hijos son mayorcitos. Buenas noches, Patricia.

–Buenas noches –balbuceé.

En Benidorm y Villajoyosa

Pasé casi todo el día siguiente en el ático que fuera de mi madre, revisando los papeles que había guardado en varias carpetas. No encontré ningún documento relacionado con el parto frustrado que tuvo en 1983; y, después de varias llamadas telefónicas, averigüé que la clínica privada donde parió mi madre era hoy un edificio de apartamentos. Pensé acercarme al cementerio de Villajoyosa al día siguiente.

Por la tarde Joan Ríos me llamó para citarme en su consulta.

–Estoy en Benidorm y mañana por la mañana quiero pasar por el cementerio de Villajoyosa…

–¿Por el cementerio?

–Es una vieja historia…

–Como ya tenía canceladas todas mis citas para mañana por la mañana, aprovecharé para ir a Benidorm a recogerla. La acompañaré al cementerio de Villajoyosa, si no tiene inconveniente, claro.

–Bueno. Le diré cómo llegar –respondí entre la confusión y unas ganas locas de saltar.

El doctor Joan Ríos vino puntual. Media hora más tarde llegábamos al cementerio. Por el camino, le conté someramente la sospecha que tenía acerca del bebé que parió mi madre 29 años atrás, aunque me callé lo que mi hermana me dijo sobre este asunto.

El funcionario que se encargaba del registro en el cementerio de Villajoyosa me hizo repetirle el nombre de mi madre:

–Ana María Mayans Tur. El parto fue el 1 de abril de 1983.

El funcionario buscó en el archivo que había en la estancia de al lado y regresó con un libro entre las manos. Mostró una sonrisa nerviosa mientras lo abría, diciendo:

–¡Qué casualidad! Hace unos días vino un hombre preguntando precisamente por la entrega del cadáver de un feto por esas mismas fechas.

–¿Ah, sí?

–Le dije lo mismo que a usted: No hay registrada ninguna entrega en ese día ni posterior ni anterior. Pero fíjese qué curioso, mientras buscaba entre los legajos de este libro, encontré este papel. Es un recibo, de 3 de abril de 1983, a nombre de Ana María Mayans Tur, correspondiente al pago de una tasa de 75 pesetas por el entierro de un feto. Pero, ya le digo, no está registrada la entrega del feto.

–¿Y cómo se explica esto?

–No lo sé, señora. Tampoco pude explicárselo al caballero que vino el otro día.

–¿Preguntó por el bebé muerto de mi madre?

–No me dijo ningún nombre. Únicamente sabía las fechas aproximadas. Estaba interesado por la entrega de un feto entre los días 1 de marzo y 15 de abril. Se interesó por este recibo y tomó nota en una libretita que sacó de su americana.

–¿Le dijo cómo se llamaba?

–No.

–¿Cómo era?

Hizo un gesto ambiguo con los labios.

–De mi edad… Muy normal, vaya.

–¿Cuántos días hace que estuvo aquí?

–Unas dos semanas… El día exacto no lo recuerdo.

–¿Dónde eran enterrados los fetos? –inquirió Joan, que hasta entonces estaba callado.

–Depende. Algunos eran enterrados en tumbas o nichos familiares. Otros en fosas comunes… Miren –resopló, nervioso–, en los años que llevo trabajando aquí nunca había visto algo parecido.

–No se preocupe. Lamento las molestias que le he ocasionado –le dije, forzando una sonrisa–. Buenos días.

La propuesta

Comimos en un reservado del restaurante Dársena, en el puerto de Alicante. Era una especie de camarote, con ojos de buey y una gran mesa redonda, rodeada por las sillas que fueron ocupadas por cuatro doctores (Ríos, Maldonado, Bermúdez y Read) y por mí.

Todo transcurrió en un ambiente agradable, con conversaciones intrascendentes en español y en inglés. En la sobremesa fue cuando se abordó el asunto principal de la reunión.

Maldonado, mi psiquiatra, dijo estar impresionado por lo que su amigo Joan Ríos estaba descubriendo a través de las sesiones de hipnoterapia que me estaba practicando. Joan le dio las gracias y dijo estar dispuesto a seguir con las sesiones. Read propuso elevar mi caso (dijo literalmente en inglés el caso Mayans) a una instancia científica superior.

–…Por lo que propongo trasladar la investigación a nuestro centro especializado de New Haven. Podremos avanzar en la investigación de manera más adecuada.

–Me parece una idea excelente –dijo Bermúdez, cuya aura había tomado una repentina y luminosa tonalidad marrón–. Conozco el centro especializado al que hace referencia el doctor Read y le aseguro que cuenta con las más avanzadas instalaciones. Desde luego, para mí sería un honor sumarme al equipo de investigación, ofreciéndome a acompañarla a New Haven.

Miré a Joan y lo descubrí contrariado. Era evidente que no se esperaba la propuesta de Read, y menos que intentara apartarlo de la dirección de la investigación de una manera tan clara.

–¿Y usted qué dice, doctor Ríos? –inquirí.

–Bueno… La propuesta del doctor Read me ha pillado de improviso, lo confieso. Es tan generosa…

–¿Estupenda, quizás? –se me escapó en español, pronunciando su muletilla preferida.

Joan me miró confundido, hasta que captó en mis ojos el brillo de la ironía, que no de burla. Y, como esperaba, le sirvió de acicate.

–Es una propuesta estupenda, pero habría que valorar el riesgo que puede entrañar el cambio en la vida de la señorita Mayans. Variar de país, de ambiente, de hipnólogo…, puede acarrear algún trastorno en el tratamiento –y buscando un aliado–: ¿Tú qué opinas, Maldonado?

Maldonado (aura amarilla empañada), que había seguido la conversación con cierta dificultad pero que había comprendido la esencia de la misma, titubeó y, cuando iba a hablar, se le adelantó Read:

–No creo que el cambio sea tan arriesgado. En cuanto al hipnólogo, puedes seguir dirigiendo la investigación, Joan, si quieres… Por otra parte, no creo que sea muy duradera la estancia de la señorita Mayans en New Haven. No más de cinco o seis semanas, calculo.

–Bien, Patricia, usted es la que decide –dijo Joan, devolviéndome la mirada.

–Es una propuesta muy tentadora, señor Read. Concédame por favor un par de días para meditarlo.

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