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La costurera del teatro real

Asomada a la ventana

MADRID, JUNIO DE 1857 – FEBRERO DE 1859

Cuando supo que su nieta estaba encinta, sintió una profunda tristeza. «Pobrecita mía», murmuró mirándola con ojos compasivos. Nieves no se atrevía a devolverle la mirada. Con la cabeza gacha estrujaba el pañuelo que tenía entre sus manos. Lloraba en silencio, aunque de vez en cuando se le escapaba un suspiro.

–Lo siento, abuela. Lo siento mucho. Él me ha dicho que cuidará de mí y de nuestro hijo, que no tengo que preocuparme…

–¡Pero, ¿cómo no has de preocuparte, alma de cántaro?! –le replicó. De buena gana la habría abrazado, pero Belén no tenía fuerzas ni para moverse en la cama.

Se encontraban en el dormitorio grande, en penumbra. Amanecía. Por las hojas entornadas de la ventana entraban los primeros rayos de la aurora y el bullicio cercano de quienes empezaban a faenar en la plaza de la Cebada. Era el primer día de junio de 1857, lunes.

–Me ha dicho que tiene un pisito adonde puedo ir…

–¿Un pisito?

–Bueno, supongo que no querrás que me quede aquí. Bastante deshonra caerá sobre ti cuando se sepa…

–No me importa mi honra tanto como me importas tú –atajó la abuela con firmeza y el ceño fruncido. Intentó incorporarse, Nieves se levantó de la silla para ponerle otro almohadón detrás de la cabeza–. Nada de irte de esta casa, si no es para casarte como Dios manda. Tendrás al niño aquí, en casa… Pero no debes volver a ver a ese hombre –sentenció.

–Pero, abuela…

–¿No comprendes que eso te deshonrará más?, ¿que si sigues siendo su querida arruinarás el resto de tu vida? Y tu hijo…, bastante desgracia tendrá ese niño siendo hijo de… Porque él no querrá reconocerlo…

LA COSTURERA DEL TEATRO REAL

–Eso todavía no lo hemos hablado… –se echó a llorar de nuevo.

–¿Cuánto tiempo hace que… le conoces?

Tardó en responder. Interrumpió su llanto, se enjugó las lágrimas y moqueó en el pañuelo. Sin atreverse a mirar a su abuela, contestó con voz trémula:

–Año y medio.

–¡Jesús, qué desatino!

Belén Roca, nacida en La Habana, era hija de militar, tenía 74 años. Se casó muy joven con un general viudo amigo de su padre, veinte años mayor que ella. Fue una esposa fiel, aunque su amor de verdad era un soldado mestizo, asistente de su padre, destinado a Cuba. Le pidió que se marchara con él, pero se quedó en Madrid. Fue una decisión dolorosa de la que no se arrepintió. La pasión juvenil está condenada a la fugacidad, la pobreza puede durar toda la vida, se dijo entonces. Enviudó pronto y se quedó con una niña de meses, Teresa, que años después se casó tan joven como ella. Al año nació Nieves, la nieta que ahora tenía enfrente, llorando desconsoladamente.

Suspiró sin dejar de observarla.

–Te pasas la vida llorando, niña. Así no se soluciona nada –dijo con voz cansada pero firme. Miró a su abuela con los ojos enrojecidos–. No es el fin del mundo. Es una desgracia, pero podrás reponerte y, quién sabe, si aprendes la lección y tomas las decisiones adecuadas, quizás en el futuro alcances la felicidad y la de esa criatura que está por venir…

Pocos meses después de nacer Nieves se quedó sin madre por culpa de la epidemia de cólera que castigó Madrid, como el resto del país, en el verano de 1834, y su padre murió un año después luchando contra los carlistas. Huérfana, con dos años, la abuela se hizo cargo de ella. La niña le regaló alegría, reconfortó su soledad. Belén había perdido a su única hija, las dos se necesitaban.

Crio y cuidó de Nieves a sus cincuenta años. Vivieron unidas por el vínculo familiar y por lo mucho que tenían en común: el lunar en la frente, el bizqueo leve de un ojo, la aversión por los gatos, la dificultad para leer y escribir. Recurría a un escribano (preferiblemente mujer), para que le atendiera la correspondencia y la deleitara cada tarde leyéndole algunos de los volúmenes que había heredado de su padre.

Sí, su nieta se parecía mucho a ella, pensó una vez más mientras la veía moqueando.

Desde su inauguración siete años atrás, Nieves trabajaba en el Teatro Real como costurera, a pesar de no ser muy mañosa con la aguja. Era un modesto empleo que había conseguido gracias a las influencias que su abuela tenía en los alrededores del palacio real.

Ahora comprendía mejor… Sus labios casi dibujaron una sonrisa cuando pensó en esos reales extras que, según le contaba, se ganaba con trabajitos a deshoras, y que les servían para comprarse vestidos, sombreros elegantes… «He de ir bien arreglada, abuela. ¿Qué pensarían de mí como costurera si me vieran mal vestida?», le dijo el día que le preguntó.

No había dinero de por medio. Eran regalos. Aunque al final no era muy diferente, pensó Belén sin apartar la mirada de su sollozante nieta. Don José de Salamanca era demasiado rico, vanidoso y elegante como para pagar a sus amantes.

José de Salamanca

Como casi todo el mundo en Madrid, la abuela había oído hablar, y mucho, de don José de Salamanca.

Nacido en Málaga en 1811, estudió en la universidad de Granada. Su corazón, joven y romántico, se hizo liberal, revolucionario. Años después llegó a ser alcalde de varios pueblos de Alicante y de Almería, además de diputado en las Cortes por Málaga. Contrajo matrimonio con Petronila Livermore, hija de un rico comerciante inglés. Conoció a personas influyentes, asociándose con empresarios y banqueros. Se hizo tan rico, que las tertulias que organizaba en su residencia eran las más concurridas por la flor y nata de la sociedad madrileña.

José de Salamanca poseía palacios, fincas, hoteles por España y el extranjero, pero residía en el palacio que se hizo construir entre el convento de Recoletos y la fábrica de Pósito. Un magnífico palacio de estilo neorrenacentista con dos plantas, lujosamente decorado con carísimas obras de arte, rodeado por un jardín con cedros del Líbano y deliciosas fuentes de granito y mármol, todo cerrado por una bella verja. Un palacio levantado gracias a una fortuna ganada y perdida varias veces, a través de inversiones en Bolsa, obras municipales y líneas de ferrocarril.

Así era José de Salamanca, el hombre que había convertido a Nieves en su amante y en futura madre. Un hombre que debía coleccionar caprichosamente amantes como obras de arte.

–¡Ay, niña!... ¿Qué será de ti cuando yo no esté?

En ausencia de la abuela

Fue en el entierro de su abuela cuando Carmen volvió a coincidir con su prima Nieves. A pesar del vestido holgado y negro que llevaba, el vientre manifestaba un avanzado estado de gestación.

En una ceremonia tan sencilla, sorprendió la ostentosa corona que adornaba el féretro y que rezaba: «De tu querida nieta, que nunca te olvidará». Era un ornamento tan espectacular que sólo se veía en algún sepelio aristocrático, demasiado onerosa para estar al alcance de una humilde costurera. Carmen y su marido no se sorprendieron.

Cuando Nieves le confesó el nombre de su amante, ya lo conocía por Baldomero, su esposo, que le había contado que José de Salamanca era un hombre de negocios, dueño de varias empresas, que amaba la ópera y había convertido el circo de la plaza del Rey en un teatro (el Teatro Circo) y que estaba abonado a los mejores palcos de Madrid, entre ellos el Teatro Real, donde probablemente descubrió a Nieves, una humilde costurera, joven, hermosa, fácilmente impresionable, a quien sedujo uniéndola a su elenco de amantes, conjeturó Carmen.

Catorce meses después de la muerte de su abuela, Nieves volvió al cementerio de la Puerta de Toledo, pero en esta ocasión para asistir al entierro de su prima Carmen, fallecida a causa de la gripe. Lo hizo en compañía de su hija Belén, que tenía un año.

Había tomado la decisión de quedarse en casa de su abuela y vivir de las pocas rentas que le legó. Aunque José de Salamanca le ofreció un piso en la calle de la Ese, no lo aceptó cuando se enteró de que en aquella calle (con forma realmente de ese que unía la Castellana con Serrano) vivían otras amantes suyas en pisos de su propiedad. Decepcionada, quiso recuperar su trabajo como costurera en el Teatro Real, que dejó poco después de quedarse embarazada. No lo consiguió.

A pesar de tratarse de un hombre tan popular, Nieves sabía solo de José que estaba casado, que tenía dos hijos, que le gustaban las fiestas (aunque no la llevó a ninguna), y que viajaba mucho. El mismo día que le propuso llevarla con él a París, le contó emocionada que estaba encinta. Se quedó sin conocer la ciudad de sus sueños. Pero era generoso, le regalaba vestidos, sombreros, zapatos, bombones… Sabía que vivía en un palacio maravilloso, aunque ella sólo conocía la verja.

Lo que más le dolió fue saber que José tenía otras amantes. Profundamente ofendida, se negó a formar parte de su caprichosa colección. Le devolvió sus regalos, le escribió una carta en la que le decía que no quería volver a verle: «Tu hija tendrá mis apellidos: Montero Gil, por lo que no debes preocuparte por ella ni por mí…».

José de Salamanca, que no fue a ver a Nieves ni a la niña después del parto, le envió a la mejor comadrona. El día de Reyes de 1858 apareció en su casa con regalos para ella y para la bebé. Llegaba de Alicante, donde había participado en la inauguración de la estación del ferrocarril.

–Si no quieres que volvamos a vernos, al menos permíteme que te ayude a criar a esta muñequita…

Aceptó la pensión vitalicia que le ofreció, pero no volvió a intervenir en su vida. No volvió a verlo.

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