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Necrológica

El limpiabotas del restaurante El Delfín

El limpiabotas del restaurante El Delfín ha muerto a los 89 años. Un autodidacta inquieto que dio brillo durante décadas en el establecimiento, con su caja de ceras y betunes, a zapatos calzados por artistas, políticos y banqueros.

Guilabert, en la Explanada, en uno de sus últimos días como limpiabotas. | PEPE SOTO

Salvador García Guilabert, limpiabotas del restaurante El Delfín y vendedor ambulante de lotería, falleció el martes. Tenía 89 años. Era el menor de cinco hermanos. Apenas conoció a su padre, Gabriel, de profesión portuario, que murió muy joven. Eran años difíciles, de guerra y hambre. La familia residía en la calle La Huerta; la madre, María, tuvo que trabajar duro blanqueando casas para alimentar a sus hijos.

Salvador, con menos de 12 años, empezó a trabajar como aprendiz en diversos empleos con más pena que gloria. Al cumplir los 14 entró en la plantilla de la empresa concesionaria del servicio de limpieza urbana de Alicante, que regentaba Vicente Marco. Convertido en barrendero y regador, el capataz del servicio le encargó la limpieza y el baldeo de la zona comprendida entre la Plaza de España y Poeta Quintana. Una calle por hora. La jornada era de siete horas: de 11 de la noche a las 6 de la mañana.

Siempre inquieto, Salvador se hizo con una vieja caja de madera que llenó de cepillos, betunes, tintes, ceras y un par de gamuzas. Se echó a la calle como autodidacta en busca de zapatos desnutridos en el oficio de bolero, que como él comentaba, en Acapulco así denominan al limpiabotas. Encontró acomodos con sus trastos en el Hotel Virginia, en el bar Consuelo, en Casa Miguel, en el Serpis... Deambulaba por los locales próximos al Mercado Central a partir de las 11 de la mañana y regresaba al domicilio familiar al caer la tarde.

«Había que salir adelante como fuera y trabajar duro para ayudar en casa», recordaba en una entrevista publicada por INFORMACIÓN en octubre de 2014. Amplió sus servicios callejeros con la venta de lotería.

En 1948 conoció a María Rabasco, una joven costurera nacida en Rojales, en la puerta del Cine Capitol. Tras un noviazgo de siete años, se casaron.

Salvador seguía armado con escoba y manguera por las noches y lustraba zapatos y botas de día, a un palmo del suelo. Dormía cuatro horas. También descargó camiones de cajas de cerveza. «Luego tuve una suerte muy grande. Me llamaron del restaurante El Delfín y me dieron de alta en la Seguridad Social; el sueldo ya me lo sacaba con mi trabajo», aseguraba Salvador. Así fue. Abandonó la empresa de limpieza en 1960. Se instaló con su caja de ceras y betunes en el establecimiento hostelero más reconocido de Alicante y que en su día logró una estrella Michelin.

Jornadas de 14 horas en el local más concurrido en época de esplendor de un Alicante casi cosmopolita. La barra de El Delfín pronto se transformó en referente obligado. Allí trabajaron grandes profesionales como Gumiel, Paco Ramón y demás; en los fogones, José Manuel Varó, Henarejos y una tropa de pinches y freganchines.

Salvador tenía clientela fija casi de diario. «Conocí a muchas personas, la mayoría muy buenas. Siempre he sabido estar; no quiero decir que haya sido el mejor limpiabotas, pero sí digo que jamás he tenido ningún incidente», decía.

Dicen que Antonio Machín le cantó «Dos gardenias», mientras lustraba sus zapatos. Lo negaba, aunque admitía que se cruzó con el cantante cubano en un banco y le dijo: «¡Es usted lo más grande del mundo!».

Dio brillo a zapatos calzados por artistas, políticos y banqueros. Recordaba a Paquirri sentado ante él, poco antes de morir en Pozoblanco; también a Eduardo Zaplana, al que no le cobró, pese a su insistencia.

En eso, el propietario de El Delfín, Miguel Martínez Álvarez, vendió el negocio al empresario Perfecto Palacios. Fue en 1989. El mítico local experimentó una mutación que traspasó al infierno su afamada y concurrida barra. Salvador se mudó, ya por su cuenta, al local anexo: la Pizzería Da Carlo. Otro ambiente. Otra historia.

Salvador García jamás había solicitado crédito alguno a los bancos. Ni para casarse. Pero una mañana olvidó en un aseo la cartera con un millón de pesetas en billetes de lotería y alguien se la llevó. No tuvo más remedio que recurrir a un préstamo para pagar el valor de lo sustraído. No necesitó avales.

Ya jubilado se asentó con sus trapos en la esquina de la sede de Obras del Puerto, que su amigo y colega Martín, enfermo, había dejado sola semanas antes.

Hacía años que Salvador no sacaba la caja de lustrabotas de su piso del barrio de Los Ángeles. Seguía con la lotería para compensar una mísera pensión hasta poco antes de la pandemia de coronavirus.

Cada día, a eso de las 8 , bajaba en autobús hasta La Rambla. Después de desayunar, iniciaba un peregrinaje rutinario: Piripi, Nou Manolín, El Tapenot, La Sastrería, One-One... «Pico algo por ahí, soy caballo de buena boca y no tengo problemas», aseguraba. Pronto, a las 5 de la tarde, se montaba de nuevo en el autobús y regresaba a su hogar. Su esposa falleció en 2014. Tenía dos hijas y un hijo.

Nunca engañó a nadie. Fue un hombre bueno que presenció, en primera fila, la metamorfosis de la sociedad alicantina. Con Salvador García Guilabert se ha ido parte de la historia de Alicante.

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