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Los productos hortofrutícolas importados revientan el mercado y abocan a la ruina a la agricultura alicantina

El incremento del precio en España en la venta de los tomates de Turquía es del 235%, de la cebolla de Egipto un 1.386%, de la ciruela de Brasil un 808%, del ajo de Senegal un 785% y de la naranja de Sudáfrica del 1.900%

Los productos alicantinos se enfrentan a la feroz competencia en precio de los productos importados de terceros países. ALEX DOMINGUEZ

Aumenta en los mercados de la provincia la venta de tomate, patata, pimiento, calabacín, manzana, ciruela y cítricos procedentes del extranjero -Sudáfrica, norte de África y Sudamérica- que revientan los precios y abocan a los agricultores alicantinos a la ruina. Las oscilaciones de los precios de frutas y verduras importadas de terceros países son muy cambiantes y están sujetas a las fluctuaciones propias de la especulación bursátil, la oferta y la demanda y los costes del transporte marítimo. No obstante, por término medio, el tomate procedente de Turquía se vende a las cadenas de distribución un 235% más barato que el español y el marroquí cuesta un 204% menos. Por la cebolla de Egipto, Turquía y Senegal se paga un 1.386% más en España, con más de un euro/kilo frente a los siete céntimos del precio de mercado en sus países de origen. En la ciruela de Brasil, Chile y Sudáfrica el incremento es del 808%, de 0,38 a 3,45 euros/kilos; en el ajo del norte de Senegal y Egipto el aumento es del 785%, de 0,65 5,75 euros/kilo, y con el limón que viene de Sudáfrica y Argentina el precio pasa de 0,31 a 2,30 euros/kilo ofreciendo un diferencial del 642%.

Con las naranjas y los limones ocurre lo mismo pero la mayor problemática se centra en el caso de los cítricos importados del continente africano. El precio del kilo de naranjas sudafricanas oscila entre 1,30-1,50 €/kg, lo que implica un margen con respecto al precio que pagan al productor de origen del 1.900%.

Pero paradójicamente los precios no son en ocasiones tan ventajosos para el consumidor como el producto autóctono y la razón es bien sencilla. El margen de beneficio suele quedarse entre los agentes que componen la cadena de alimentación: las grandes superficies, las plataformas comercializadoras y las compañías distribuidoras. Por eso los expertos siempre aconsejan antes de comprar frutas y hortalizas mirar el origen de procedencia en la etiqueta o en los carteles informativos de los expendedores.

La mayor parte de los productos del extranjero solo pueden competir en precio con los autóctonos porque en calidad y seguridad fitosanitaria -fertilizantes y aguas en buenas condiciones- se ven ampliamente superados por los alicantinos. Es imposible que con estos parámetros puedan competir con el tomate de Muchamiel y el tomate Daniela, el limón Verna y el fino, la naranja Navelina, almendra marcona, planeta, larguera y comuna, la calabaza cacahuete, la uva Aledo, Garnacha, Merlot, granada mollar, boniato y ajo puerro de Villena. Por eso el sector agrícola de la provincia sigue reclamando medidas efectivas a los poderes públicos para frenar la "invasión" de productos importados sin las debidas garantías para el consumidor que, además, precipitan los precios del campo a la baja y aceleran el abandono de los cultivos y la falta de relevo generacional por la nula rentabilidad de las explotaciones agrarias.

Globalización

La globalización. Para los agricultores de la provincia el principal lastre que sufre el campo alicantino se debe la globalización porque no todos los países juegan con las mismas reglas en el mercado común de la alimentación. Un factor al que hay que añadir en esta zona la falta de agua y el encarecimiento de los costes de producción. Que el mundo se haya convertido en una aldea global trae más inconvenientes que ventajas para el sector primario español debido a la falta de una normativa común que se aplique por igual a todos los productos hortofrutícolas. En los países de la Unión Europea los agricultores deben respetar una larga lista de normas de seguridad alimentaria, limitaciones en el uso de productos fitosanitarios, derechos laborales y salariales e importantes cortapisas a la exportación. No ocurre sin embargo lo mismo con países en desarrollo de otros continentes que venden sus cosechas en los mercados europeos. Amparados en acuerdos económicos, que en realidad buscan obtener ventajas estratégicas en otros sectores económicos, las autoridades europeas se relajan en el control de las frutas y verduras que se importan. Así lo denuncian los agricultores alicantinos poniendo como ejemplo el hecho de que hay determinados insecticidas cuyo uso está prohibido en España que, sin embargo, sí se están empleando en países que venden sus cosechas en los mercados españoles. Además del riego que ello supone para la salud pública, hay productos hortofrutícolas que están introduciendo plagas que nunca antes se habían producido en el campo español.

Desabastecimiento

"Nosotros somos afortunados porque en el Mediterráneo tenemos el mejor clima del mundo para cultivar. Solo en el sabor nuestros productos del campo son los mejores y por eso están tan cotizados en el ámbito internacional. Pero desde hace ya muchos años el agricultor europeo está perseguido por unas políticas agrarias impuestas por Bruselas que buscan destruir al sector primario y hacernos depender de terceros países. Y esto es un absoluto error y puede traer consigo graves problemas de desabastecimiento como ha quedado demostrado con la pandemia del coronavirus y con la actual guerra de Ucrania", advierte Pedro Rubira, presidente de Asaja en Novelda y miembro de la dirección provincial del sindicato agrario, insistiendo en un pensamiento que lleva años señalando: "el oro del futuro serán los alimentos y el agua".

Un ejemplo manifiesto de ello es la patata española. "Es la mejor de toda Europa pero l práctica totalidad de la cosecha se vende en el extranjero. Y, paradójicamente, nosotros compramos la patata francesa que en un 80% procede de Egipto, cuya calidad es más que cuestionable", explica Rubira que, no obstante, hace autocrítica: "lamentablemente también hay productores europeos que optan por trasladar sus negocios a países del Tercer Mundo para cultivar más barato aprovechándose de los vacíos y errores que plantea el sistema de las importaciones". En este contexto la judía sigue un proceso de creciente expansión por Marruecos.

Balance comercial en caída

En este contexto es normal que el valor económico global de la agricultura alicantina haya registrado una caída del 11%, a pesar de la leve mejoría generalizada en los precios en origen percibidos por los agricultores con respecto a los dos últimos años. Una ligera recuperación que, sin embargo, no ha podido compensar los dos principales escollos que han decantado la balanza hacia la parte negativa: la desastrosa campaña del limón en la Vega Baja, con unas pérdidas de alrededor de 110 millones de euros respecto al año 2019-2020; y el aumento desmesurado de los costes de producción. Con respecto al valor económico de las producciones, según el último balance anual de Asaja, en el sector agrícola se ha pasado de 522 millones de euros en 2020 a 464 millones de euros en 2021, lo que supone un descenso del 11%.

Cambio de tendencia

El sector agrícola está percibiendo en los últimos meses un cambio de tendencia respecto a la llegada de artículos hortofrutícolas a los mercados de la provincia. La importación por transporte marítimo se está frenando debido al alto precio del combustible. Para las grandes compañías exportadoras el negocio comienza a dejar de ser rentable. Y a ello cabe añadir el problema añadido al que se enfrentan los agricultores de los países en vías de desarrollo, a los que ya no les sale rentable mantener sus cultivos. El limón de Sudáfrica se está vendiendo a 1,29 euros el medio kilo. Con ese precio solo ganan los intermediarios de la cadena alimentaria. A los campesinos sudafricanos está pasándole ahora lo mismo que le ocurrió hace un año a los valencianos cuando dejaron las cosechas de naranja sin recoger porque estaban trabajando a pérdidas.

"La solución a nuestro problema con las importaciones está cayendo por su propio peso gracias al encarecimiento de los combustibles pero nos enfrentamos a un año muy complicado porque tenemos un 50% menos de cosecha prácticamente de todo", señala el responsable del sindicato de Jóvenes Agricultores Asaja anunciando una subida de precios en la alimentación para el próximo otoño que va a suponer una bajada del consumo medio de las familias.

Para él es necesario volver a las viejas costumbres y apostar por consumir los productos autóctonos en sus temporadas naturales. "¿Qué necesidad tenemos de comer sandía en invierno que traen de Brasil?", se pregunta Pedro Rubira lanzando, por último, una advertencia a los dirigentes del sector agrícola en Bruselas: "las políticas agrarias deben garantizar la conservación del agricultor tradicional. No siempre se van a poder importar a Europa frutas y hortalizas de otros países, por lo que podemos terminar sufriendo graves problemas de desabastecimiento". Recientemente el Gobierno central pedía al sector primario español plantar cereales y girasol por la Guerra de Ucrania olvidándose, precisamente, de que las políticas europeas han llevado a los agricultores a convertirse en una "especie en vías de extinción".

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