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RETRATOS URBANOS

Un espacio de arte y comida tradicional

«La Maçana», desde 1997, es un restaurante familiar de cocina mediterránea lleno de esculturas surrealistas y de viejos utensilios de labranza

De pie, Mario, el chef; María, la jefa de sala, y el navegante Mario. Sentados, los padres, Amador y Conchi, posan en la terraza del restaurante

De pie, Mario, el chef; María, la jefa de sala, y el navegante Mario. Sentados, los padres, Amador y Conchi, posan en la terraza del restaurante / PEPE SOTO

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Pepe Soto

Singular, como sus creadores. Un negocio familiar con algo más de un cuarto de siglo en pie. Un albañil de tradición familiar, y una gran cocinera, crearon un universo culinario custodiado por viejas piedras talladas y esculturas abstractas y surrealistas creadas con trocitos de vidrio y paciencia. Ahí sigue el matrimonio, junto a sus descendientes en un negocio cargado de pasiones y recuerdos. Estamos en «La Maçana», una posada o fonda que siempre está abierta al comensal habitual y al nuevo huésped. Todo empezó en 1997. El cliente siempre es lo primero.

Un contratista de obras y una mujer con buena mano en la cocina transformaron en dos ratos un anciano almacén de ladrillos, yesos y un taller mecánico de reparación de tractores y camiones anexo en el restaurante «La Maçana», abierto desde octubre de 1997. Para apoyar los codos, entre cañas, vinos o refrescos y viandas, el local tiene una barra larga de piedra tallada, inmensa, de 17 metros de longitud, apoyada sobre un murete de bloques de hormigón. Esas piezas de sillería fueron escalones en subidas y descensos entre el laberinto de callejuelas que configuran el casco viejo Alicante. Aparecieron en una escombrera. «La Maçana» es una empresa familiar dedicada a la cocina tradicional, con destreza, creatividad y audacia: excelentes arroces, gazpachos y un amplio surtido de carnes de alta calidad. Dicen que con buen servicio, sonrisas incluidas. En su despensa siempre hay productos frescos, como verduras, hortalizas y frutas procedentes de la huerta familiar situada en La Torre de les Maçanes.

Amador Llorens Rubio (La Torres de les Maçanes, 1960) y Conchi García Santacruz (Xixona, 1961) iniciaron su relación tras un encuentro casual en la discoteca «Hipopotamus», entonces situada en la pedanía ilicitana de El Altet, cerca del perímetro del aeropuerto. Ocurrió a principios de la década de los ochenta. Se conocían de vista. Un año después se casaron. La pareja tiene tres descendientes: Mario (42 años), María (37) y Javi (32). Tienen dos nietas. Amador es el mayor de cuatro hermanos. Su padre, albañil de oficio, se trasladó con su familia a Alicante a mediados de los años sesenta. Él tenía cinco años. Estudió Bachillerato en el instituto Figueras Pacheco, mientras ayudaba a la cuadrilla de su padre en reformas, zanjas en la vía pública y otras chapuzas. Dejó los estudios en COU. Quería trabajar. Se metió en la obra. Le gustaba. Se hizo contratista y se dedicó a la obra civil para grandes compañías, especialmente dedicadas a las telecomunicaciones o a la electricidad, rodeado de un pelotón de peones y aprendices. Pero a los 38 años decidió dar un giro a su vida y a la de su familia. «Conchi siempre ha tenido buena mano en la cocina y decidimos abrir el restaurante en el número 9 de la calle Ausó y Monzó». Su esposa, que es el alma del negocio, es la menor de tres hermanos. Y la regenta, la jefa, vamos.

El local es museo estable. Sus paredes y casi cada rincón son escenario de antigüedades, como aperos de labranza, ánforas, yugos, balanzas, trillos y más objetos de tiempo pasado. En «La Maçana» han mostrado sus trabajos decenas de artistas. Amador dejó la albañilería hace 26 años. Está entre la hostelería y la escultura. Transmite arte y gentileza. Sus estatuas cercan el espacio del recinto: animales, plantas, cerámicas, figuras antropomorfas y surrealistas. Todo es luz y color. No sigue estilos ni normas: exculpe y le salen esas cosas. Con un mortero tritura botellas y copas rotas. Sensible y bruto a la vez. Lleva en sus manos y en la memoria medio millar de obras que elabora con cristal triturado compactado en resina, otras con el mismo método pero con arena, y la mayor parte sobre piedra, mármol o madera. Cada rincón de «La Maçana» es diferente. Uno de los reservados está dedicado a la fiesta de Fogueres, junto a la bodega.

Conchi, gerente y jefa de cocina, está satisfecha de haber creado un clima familiar entre en sus guisos. Y orgullosa de los suyos. Su madre, que regentaba un bar en Xixona, falleció cuando ella tenía 14 años. Guardó las recetas que tenía anotadas en una libreta. Se considera autodidacta. Su hijo Mario es el chef, el mandamás entre los fogones y el horno; su hija, María, es jefa de comedor y relaciones públicas del negocio, siempre tan amable como sencilla y bella: la nuera que cada padre quisiera tener. Todos a una para atender a su fiel clientela. Tienen tres empleados. Javi, el menor de la saga, se prepara para ser patrón portuario, aunque también echa muchas manos en el restaurante entre cartas de navegación y continuas travesías por el mar.

«La Maçana», que traducido de la lengua valenciana significa posada o fonda, siempre está abierta al comensal habitual y al nuevo huésped. Conchi destaca los detalles en sus elaboraciones culinarias. El pasado 8 de noviembre, el restaurante recibió el diploma SICTED, como reconocimiento al compromiso continuo para la mejora de la calidad.

Pasados 27 años, los Llorens García siguen en la brecha. Entre viejos y nuevos clientes. El restaurante ofrece un menú degustación por 36 euros: picaeta, tres entrantes y plato principal, con pan, agua, postre y café incluidos. A los comensales los atiende María, entren por la puerta principal o por la terraza. La barra de piedra desemboca en el salón, entre mosaicos y esculturas. Trato excelente. Muchos empresarios en las mesas. Uno de sus veteranos comensales, Antonio Navarro Blasco, destaca la generosidad de las personas que ahí trabajan: «Me siento como en casa. Trato amable y un gazpacho de locura», asegura. En eso coincide con otro cliente habitual, Paco Moreno, que, aunque nacido en La Mancha (La Roda), es un alicantino gentil que reparte «Miguelitos» de su pueblo a diestro y siniestro. En fin, un espacio de arte y de comida tradicional y de la nueva que crearon Conchi y Amador. Y sus hijos, claro. Huele a fusión perfecta entre lo de antes y lo nuevo, donde la tradición se encuentra con la innovación culinaria. Pasen y vean. El cliente es lo primero.

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