Retratos urbanos

La Venta Diego se jubila

De izquierda a derecha, Rafael Sala, Elidio Castillo, Rafael, Vicente y María muestran fotografías de sus antepasados.

De izquierda a derecha, Rafael Sala, Elidio Castillo, Rafael, Vicente y María muestran fotografías de sus antepasados. / Pepe Soto

Pepe Soto

Pepe Soto

Casi un siglo de trabajo, esfuerzo y profesionalidad serán reconocidos en menos de tres meses: la Venta Diego se jubila por el paso del tiempo. Se vende. El 9 de septiembre, lunes, sus persianas y puertas estarán canceladas. Por esta taberna de Mutxamel, regentada sin pausas por tres generaciones de la familia Sala, han pasado vecinos, forasteros y carreteros que tomaban dos tragos antes de que sus animales de carga empinaran la subida al puerto de La Carrasqueta cargados de frutas y verduras, entre la huerta y montes.

Un lugar de parada casi obligado. Primero fueron carros y carretas tirados por animales de carga, que viajaban con cierta calma entre el mar y las montañas alicantinas para llevar a las comarcas del interior frescas frutas y verduras. Largos viajes de ida y vuelta por subidas y cuestas por el puerto de La Carrasqueta; turistas en busca del mar o aventuras de estío. O vecinos, de los buenos y de los peores. La familia Sala siempre ha estado ahí: tras la barra, en los fogones, en la trastienda, y atendiendo el negocio en duras jornadas del día temprano hasta casi llegada la madrugada. La Venta Diego está cercana a la jubilación: le quedan un centenar de jornadas de faena, pero muchos recuerdos, entre brasas y un mostrador repleto de salazones, magníficas tapas y algo que es inherente al negocio: el cariño por el servicio y la clientela. Bajará las persianas el segundo lunes de septiembre, curiosamente festividad del día mundial de la agricultura, labor que tantas alegrías le ha otorgado a este laborioso pueblo regado, en parte, por aguas del río Monnegre.

Todo empezó en 1932, en Mutxamel. Vicente Sala Iborra y su esposa, María Tortosa, abrieron una pequeña tienda en el barrio del Ravalet que albergaba dos estancias: una dedicada a la venta de comestibles y otra a servir bebidas a vecinos, curiosos y carreteros, que distribuían frutas y verduras de la huerta alicantina a poblaciones cercanas a Alcoy en carros tirados por caballos, mulas y asnos. Estos transportistas entregaban la mercancía en sus destinos y regresaban cargados de telas y trapos. Descansaban, especialmente los animales, en ventas, como la de la familia Sala, o la llamada Teresa en pleno puerto de La Carrasqueta, o Saltera, desde donde ya se otea el valle alcoyano. Viajes de 24 horas hasta rebasados un millar de metros de altitud. Pero María pronto quedó viuda, con el negocio y tres descendientes antes de cumplir los cuarenta años: Vicente, María y Rafael, la segunda generación de la Venta Diego.

Por esta taberna de Mutxamel, desde 1932, siempre regentada por tres generaciones de los Sala, han pasado vecinos y forasteros más o menos ilustres

La viuda, con mucho coraje, superó adversidades que encontró en el camino, incluso amplió el negocio: compró terrenos colindantes propiedad del marqués de Peñacerrada, Luis Pascual de Riquelme y Fontes, para ampliar el ventorrillo, sus despensas y servir comidas a viajeros y trabajadores de los tomatales mutxameleros. Todo ello un años antes de la Guerra Civil. La segunda generación de los Sala siguió entre la venta de bebidas, frutas, hortalizas, legumbres y servir a la clientela “sequet” cantueso, bocadillos o lo se les demandara. Vicente abrió otra venta enfrente, “Mascara”, que llevaba su mujer, Remedios. Sus hermanos seguían en el próspero aunque muy trabajado negocio familiar. Venta Diego se convirtió en un espacio de referencia. Situado en la acera del trazado de la carreta nacional 340, ya sin carros ni carretas, el bar era casi de obligada parada para viajeros que se dirigían a Alicante o en dirección contraria.

Tercera generación: Vicente Sala Carbonell, María y José Alemany Sala y un par de primos con el mismo nombre: Rafael Sala Alberola y Rafael Sala Carbonell. Los hermanos se colocaron el devantal de chavales. Y, a falta de unas jornadas para la jubilación, ahí siguen, fuera de la trastienda, de cara al público. Los primeros trabajaron unos ratos en la venta, como Rafael, el más joven del clan que trabaja como empleado municipal en un colegio. La Venta Diego se convirtió en la década de los ochenta casi en el epicentro de la vida de Mutxamel: bodas, comuniones, bautizos y demás saraos festeros y otras celebraciones.

Casi un siglo de servicio al público. El último Vicente de la saga Sala recuerda su vida en el interior del local y tras los cristales. Tiene una hija periodista, Laura, afincada en Madrid. “Todo este lío lo montó mi abuela. Aquí hemos trabajado mucho, casi sin descanso”. En una de las fotografías colgadas en las paredes de la venta aparece el ciclista Miguel Induráin, que una mañana de entreno pedaleando hacia La Carrasqueta paró con cuatro compañeros del equipo Banesto y dos mandamases a tomar café o algo. Muchos recuerdos en ese espacio. Por el mesón han pasado personajes famosos en su tiempo: Conchita Bautista, Andrés Pajares, las familias de los toreros José María Manzanares y el cineasta Luis García Berlanga, que arribó al bar con un nutrido grupo de populares actores que participaron en el reparto de la película “Moros y Cristianos”, que se rodó en Xixona en 1987, como José Luis López Vázquez, Agustín González, Emilio Laguna o José Luis Coll, entre otros. Tiene muchos clientes asiduos, del pueblo o de más lejos, como el periodista José María Roselló, o el joyero y experto taurino Manolo García, por citar a dos personas reconocidas.

Un venta distinta, una parroquia abierta y discreta que atenderá a sus fieles unas pocas jornadas más. Los hermanos Sala cuentan que a su taberna llegaron a comer o cenar equipos de fútbol profesional o participantes en la Copa de San Pedro, como el Club Deportivo Alcoyano, que, tras finalizar los partidos de domingo en terrenos rivales, su plantilla, hambrienta y harta de dar patadas al balón, llenaba el comedor antes de emprender el autocar el ascenso curvado de La Carrasqueta. Duras jornadas de labor tempranas hasta casi llegada el alba. Tres generaciones de esfuerzo y dedicación en un negocio que con valentía fundó la más vieja, la abuela María, en vísperas de una guerra, con hambre y de una impertinente contienda entre españoles, desde una casita situada en medio de un camino de quiebros y alturas que une a la huerta fértil con tierras de secano y las montañas.

Miran de reojo su historia, que no es poco. Así son los Sala, más o menos.