Cuarenta años de los ojos más atentos de las playas de Alicante
Las torres vigía de salvamento de las playas de la provincia cumplen cuatro décadas años. Se instalaron 36 y fueron el resultado de un convenio de la Diputación con Costas, los ayuntamientos y la Cruz Roja. Hoy todavía siguen en pie

La torre vigía del Postiguet, este sábado, en el primer día de trabajo de los socorristas en este 2025. / Jose Navarro
No defendían la costa de ataques berberiscos, pero igualmente se levantaron para que Alicante fuera un lugar un poco más seguro. En 1985, a imagen y semejanza de las construcciones defensivas que jalonaron la costa de toda la provincia durante el siglo XI, las torres vigía se convirtieron en el método elegido para dotar de más seguridad a las playas alicantinas.
Impulsadas por la Diputación que presidía Antonio Fernández Valenzuela, entre 1985 y 1986 se colocaron 36 torres de vigilancia desde Dénia hasta Orihuela Costa que no tardaron en convertirse en un elemento icónico de la Costa Blanca, incluidas en postales y catálogos turísticos. Más allá de su atractivo urbanístico, que lo tuvo, aquellas torres que hoy todavía siguen en pie, fueron un avance en la prevención de accidentes de los bañistas. «Era una actuación para mejorar el bienestar de los alicantinos y, al mismo tiempo, fomentar el turismo porque la gente viene si va a estar a gusto», explica Antonio Mira Perceval, vicepresidente de la Diputación en aquella época.

Proyecto de la torre vigía del arquitecto Rafael Pérez Jiménez. / INFORMACIÓN
«Las torres salvaron vidas, fueron innovadoras y sobre todo un punto de referencia para el bañista», cuenta Andrés Chessa, director de la unidad de emergencias de la Cruz Roja. Aquellas torres, gestadas para «evitar en la medida de lo posible que los accidentes marítimos adquieran el cariz de mortalidad», según rezaba el proyecto original, tenían 11 metros de altura y permitían una observación de unos 600 metros, 300 a cada lado de la torre. Además, el socorrista que se encaramaba a cada una de ellas disponía de unos prismáticos y un radiotransmisor con el que estaba en contacto con una lancha de motor fueraborda, encargada de acudir en ayuda del bañista una vez el socorrista diera el aviso.
El proyecto fue un convenio entre la institución provincial, la Dirección General de Costas, cada uno de los ayuntamientos implicados y la Cruz Roja, encargada del salvamento y socorrismo entonces en los municipios de la provincia. «Empezaba la filosofía del socorrismo en las playas, era además un servicio para el turismo porque si quieres bañarte con seguridad vas a un lugar donde hay vigilancia», recuerda Rafael Pérez Jiménez, arquitecto de la Diputación encargado de diseñar las torres. «Permitieron un campo de visión mucho más amplio y detallado», explica la actual concejala de Turismo y Playas de Alicante, Ana Poquet.

Construcción de las torres, en un taller de Elche, durante 1985. / INFORMACIÓN
La instalación de las torres fue un paso más en la vigilancia de las playas, ya supervisadas antes de 1985 pero sin tanto lugar fijo, aunque dependiendo de cada municipio. «Los socorristas iban controlando las playas, pero de punta a punta, no existían lugares fijos como las torres, ni desde luego tan altos», cuentan desde Cruz Roja, que desde hace unos años ya no se encarga del salvamento y socorrismo de las playas de la ciudad de Alicante (son empresas que ganan las concesiones) pero sí de otros municipios como Guardamar.
Aparte de su largo alcance de control, la principal novedad de las torres de vigilancia fue su condición de estancia permanente en las playas. Su diseño corrió a cuenta del todavía hoy arquitecto provincial Rafael Pérez Jiménez, que asumía entonces su primer gran proyecto en la Diputación. «La forma y los materiales de la torre se justificaron con su ubicación de ambiente marino, por ello la morfología recordaba a las utilizadas en los puentes de las embarcaciones y haciendo del soporte una vela de navegación», detalla el arquitecto.
Las torres, de unas 23 toneladas cada una, se construyeron en hormigón armado blanco y el proyecto se enfocó desde la óptica del prefabricado: los elementos de la torre fueron fabricados en taller y se transportaron hasta el lugar de instalación, donde antes se había construido la cimentación. «Fue relevante en el cálculo la hipótesis de la mínima fisuración, con objeto de evitar la corrosión de las armaduras, porque están en lugares agresivos como las playas», detalla Pérez Jiménez. Para hacer aquellas megaestructuras, que se prefabricaron en Elche, se tuvieron en cuenta las fuertes condiciones atmosféricas a las que se iban a exponer; no sólo lluvia, frío o humedad, han sobrevivido a las riadas y a los desbordamientos habituales, como los de la Albufereta. «En la Zenia, en las lluvias torrenciales de 1997, la torre navegó pero no llegó a volcar», indica Pérez Jiménez, poniendo en valor la idea de que las torres tuvieran el centro de gravedad bajo para que funcionaran «exactamente igual que un tentetieso». La cimentación también fue dispar, según el lugar; algunos muy rocosos como Xàbia. Por norma general se profundizó algo más de un metro en las zapatas superficiales y unos siete con pilotes sólo en la Playa Lisa de Santa Pola.
Objeto de coleccionista
A finales de los ochenta, en plena ebullición de entregas de fascículos dominicales, INFORMACIÓN sacó, junto con la Diputación y la Caja de Ahorros, una colección de recortables sobre construcciones icónicas de la provincia, entre las que se encontraba el Palacio de Altamira de Elche, el Templete del Hospital Psiquiátrico de Sant Joan y también las torres de vigilancia.
Aquella inversión que hizo la Diputación entre 1985 y 1986 por diversos municipios costeros de la provincia supuso un desembolso de unos 65 millones de pesetas. Benidorm fue la única localidad que se opuso al asegurar que contaba con sus propios métodos de salvamento y socorrismo, similares a las sillas de madera donde hoy, en algunas playas, también controlan el baño los socorristas cerca de la orilla pero a menos altura. Para la instalación de aquella treintena larga de torres se emplearon dos grúas de 70 toneladas cada una e incluso hubo que demoler (y después reconstruir) varias vallas de algunos chalets, según la playa, para poder acceder al enclave elegido. «El camión que transportaba las torres necesitaba contar con un giro de unos 15 metros de diámetro», recuerda Pérez Jiménez.
Hoy, 40 años después de su instalación, continúan como elemento identificador de las playas de la provincia; no todas se usan, pero son una pieza arquitectónica reconocida, incluso, por la Guía de Arquitectura de la Provincia, «el vademécum» que publicó Gaspar Jaén en 1999. «Las playas han cambiado, ya no sólo nos bañamos, hay escuelas náuticas, eventos, deportes como la calistenia... y la vigilancia de la playa no es exclusiva desde la torre, pero continúan siendo fundamentales», explica Chessa.
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