El último pescador del Raval de Alicante
Felete Torres, el Payero, es el único vecino que mantiene viva la histórica tradición marinera del barrio de Virgen del Socorro. Cada madrugada sale con su barco para ganarse la vida y vende el género en la lonja de Santa Pola; por las tardes, en su taller a los pies de las faldas del Castillo de Santa Bárbara, teje las redes y prepara la faena del día siguiente

Felete "el Payero", el último pescador de Alicante / Áxel Álvarez
El bajo del número 70 de la calle Virgen del Socorro no tiene reloj, pero en su interior se ha detenido el tiempo. A un paso de las terrazas que presiden una de las vistas más privilegiadas de la playa del Postiguet y envuelto en el tumulto de la ciudad cosmopolita que es desde hace tiempo Alicante, el Payero remienda redes con la persiana subida. Lo hace rodeado de acólitos (un hermano, un sobrino, un vecino que pasa y saluda) que le acompañan en el desempeño de un oficio que un día fue el principal en el Raval Roig, uno de los barrios con más pedigrí de la ciudad.
Rafael Torres Aznar, Felete para todos, es el último pescador del Raval. A sus 61 años sigue saliendo cada madrugada al mar para ganarse la vida. Lo hace a lomos de su barco Els Payeros, de 11 metros de eslora y que con su nombre rinde homenaje a su bisabuelo, vendedor de paja por la zona de La Goteta. Desde hace un tiempo es el patrón mayor de la cofradía de Alicante y también arrastra el apodo familiar.

Felete, en su taller de Virgen del Socorro, durante la tarde del pasado martes. / AXEL ALVAREZ
Felete lleva amarrado al Raval desde que nació, de niño vivió en la calle San Cayetano, singular al estar en las faldas del Castillo de Santa Bárbara y porque durante décadas acogió una de las estampas más características del barrio, la de las mujeres tejiendo redes en plena calle mientras los hombres faenaban en el mar. Hoy sólo él encarna aquella tradición marinera de un Raval cuya fisonomía ha ido mutando desde la segunda mitad del siglo XX; de barrio de pescadores a una de las zonas más caras de la ciudad. Aun así, el barrio se divide en dos, los grandes edificios que miran al mar -cuyas casas coquetean de cerca con el millón de euros- y los que le dan la espalda, que todavía desprenden cierto aroma a aquellos alicantinos que veían la playa como un medio de vida.
Dedicado a la pesca de arte menor, Felete trabaja el trasmallo, que consta de tres paños de red superpuestos verticalmente en el fondo marino, con la malla central más tupida para que los peces queden atrapados al intentar atravesarla. «La central es el engaño», explica sin soltar la aguja con la que teje una madeja infinita de redes en su taller. Cada pescado requiere de una red de diferente grosor y con ellas pesca bonitos, lecholas, salmonetes, sepias… «Todo tiene su técnica, por ejemplo para el salmonete hay que echar la red antes de que salga el sol y se levanta a la media hora porque si no, el pescado se hincha y se pone feo», confiesa. Para el bonito el proceso es diferente: «Se echa por la tarde la red y se recoge al día siguiente».

Felete lleva trabajando en el mar desde los años ochenta. / AXEL ALVAREZ
Su entrega al oficio le viene de familia, aunque ésta no era de manera profesional. «En mi casa desayunábamos, comíamos y cenábamos pescado. Mi padre era portuario pero salía habitualmente a pescar por recreo, por eso yo salgo al mar desde niño y no he hecho otra cosa», cuenta. Su rutina es estajanovista: desde las tres de la mañana en pie y a las tres de la tarde de vuelta, justo cuando empieza la segunda parte del trabajo, la venta del pescado en la lonja de Santa Pola, de la que se encarga su sobrino.
El abandono de la lonja de Alicante fue gradual a partir de los años noventa. «Y eso que era la segunda de España, pero los barcos que eran de Santa Pola y de La Vila Joiosa fueron dejando el pescado en casa y como aquí no había pescadores… Ahora la de Alicante está únicamente para el boquerón y la sardina», detalla.
Oficio en extinción
La dureza de la profesión ha ido alejando a las nuevas generaciones del mar. «No sólo en la ciudad, también en los pueblos tienen el mismo problema, ya nadie quiere entrar en el mar para trabajar», prosigue. La exigencia física, la subida del gasoil y el estancamiento del oficio han sido otras de las trabas con las que se ha topado la profesión.
«El pescado está muy caro, pero la gente no quiere trabajar en el mar porque es muy duro»
Pese al esfuerzo que requiere, los instrumentos que rodean a la pesca sí han aliviado parte de la carga física que conlleva el oficio. «Ahora tenemos mucha más comodidad, de eso no hay duda, la maquinaria era muy rudimentaria y se ha ido modernizando», matiza. Como muestra, un botón: para saber la profundidad del agua a la que estaban antes se lanzaba al mar el escandallo, un plomo cónico, y ahora basta con un GPS. «También se agradece la maquinita para levantar las redes y no tener que tirar a mano como hacíamos antes...», continúa Felete. Las mejoras han sido muchas en las últimas décadas: el cambio de las redes de hilo a nailon y también el de los barcos, más higiénicos tras cambiar de madera a poliéster. «Para lavar o pintar es mucho más práctico, desde luego, también a la hora de reparar, antes siempre había que reparar alguna tabla; aunque con el cambio hemos perdido estabilidad, todo sea dicho», culmina.

Els Payeros, en plena faena. / INFORMACIÓN
Embebido en el oficio que caracterizó a su barrio, del que es desde hace años uno de sus vecinos más singulares, Felete lidia con la nueva actualidad de la pesca, llena de piscifactorias y normativas («antes podíamos salir todos los días y ahora tenemos que estar a las 15 horas del viernes en casa») y con nuevos enemigos. El cangrejo azul, noticia durante este verano en la provincia, destroza las redes, aunque no es el único. «Los delfines, con lo bonitos que son, son lo peor, el otro día estrenamos 39 piezas de redes nuevas y se comieron todas», explica el Payero.
Sobre la arena del Cocó ya no descansan las barcas y el pescado se ha convertido cada vez más en un producto de lujo («aun así nadie quiere trabajar en él»), pero cuarenta y tantos años después a Felete todavía le sigue entusiasmando pescar un atún. Uno de los últimos que pescó le dio un buen susto :«Se me lio en la mano y casi me voy con él detrás».
Al taller de Virgen del Socorro le quedan años de persiana subida porque Felete ha encontrado heredero en su sobrino, el hijo de su hermano Pepe, que le acompaña a diario. Si embargo, el Payero reconoce que la jubilación le queda lejana, que de momento va a ser él quien siga partiendo el bacalao.
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