RETRATOS URBANOS
Una luz en la escena
Xiomara Wanden-Berghe forma parte de la cuarta generación de teatreros tan sabios como luchadores, siempre de pueblo en pueblo y de feria en feria

Xiomara Wanden-Berghe Cámara posa en el campus universitario de San Vicente del Raspeig.
Esta mujer transmite sin pausa el valor y el cariño por la interpretación, tal vez porque pertenece a la cuarta generación de teatreros que ofrecían sus voces y gestos en cualquier tablado improvisado o en garitos de quita y pon, siempre de pueblo en pueblo montados en una carreta y armados de muchas ilusiones. Siempre está pendiente de la escena, del movimiento de los actores para luego escribir sus obras. Se trata de una creadora escénica tan amable como sencilla y experta para trasmitir sus cosas al público. Una luz en cualquier escena.
Xiomara Wanden-Berghe Cámara (Alicante, 1985) creció en la urbanización El Palmeral, en el barrio de San Gabriel. Tiene apellidos de origen belga, por parte del padre, y el materno procedente de la Vega Baja del Segura, de las pedanías de El Secano y de El Raal. Hija de un profesor universitario en la facultad de Económicas y experto en contabilidad, José Luis Wanden-Berghe, parido en Cartagena, y de una docente de enseñanza secundaria de lengua inglesa, María Dolores Cámara, nacida en el Caribe, en la República Dominicana, estudió hasta los 14 años en el colegio Aire Libre, situado entre Mutxamel, Alicante y el cielo. Superó el bachillerato en el instituto Miguel Hernández. Pero lo suyo era la interpretación, la escena; ante personas. Tiene dos hermanos: Carlos y Lupe.
Desde que dio sus primeros pasos, el teatro ha estado presente en su vida. Su familia paterna, de larga tradición teatral, fundó la compañía «Pepe Wanden», que montada en una camioneta o en un motocarro toda la parentela viajaba con sus trastos y sueños para mostrar sus espectáculos de pueblo en pueblo, de feria en feria. Xiomara es la cuarta generación de una saga de teatreros ilustres. «Desde muy pequeñita tenía claro que quería ser actriz. No lo dudé nunca».
Los abuelos maternos de Xiomara abandonaron los campos de cultivo de alcachofas, lechugas y pimientos en plena guerra civil española en busca de una mejor vida, de paz, con destino a la República Dominicana. Algo más de un mes estuvieron embarcados con sus maletas de cartón y dos o tres mudas. El abuelo, Martín, sabía cómo cultivar la tierra y conocías al dedillo sus misterios. Tras intensas jornadas de labor en arrozales del Caribe y sabiduría, el hombre logró comprar unas tierras fértiles y mejorar las condiciones de vida del clan. Y ahí sigue la vida de su abuela Adelina, cerca de cumplir un siglo de estancia junto a su hijo Martín en la localidad de Constanza, en un valle intramontano, algo así como una Suiza en el Caribe.
Empezó a subirse a los escenarios de chiquilla, en el colegio. Y ahí sigue. Siendo adolescente, continuó su formación en la escuela municipal del Centro 14 instalado en la vieja calle Labradores, con David García, Manolo Hernández y Amor Zapata, entre muchos más. En esa etapa aprendió las cosas del oficio y del querer. Se dejó conquistar por la improvisación y por el teatro más corporal. «Todo fue un proceso, un escalón detrás de otro. Mi idea siempre fue seguir aprendiendo y continuar mi carrera en una escuela de arte dramático».
Fue a parar a Málaga. En su familia teatral sólo su abuela, la actriz Maruja Lozano, y su tía Carmen Estrella, una inmejorable coplista que se granjeó del público el mote amable de «la niña bonita de Alicante», eran alicantinas; el resto eran andaluces o de más lejos. Málaga le encantó, pero con los estudios todavía por terminar, viajó a Madrid a petición de la compañía La mujer de negro. Ocho años trabajó y se formó en danza, oratoria y, sobre todo, en candilejas, en la vida. «Tenía claro que no quería ser una actriz de casting; hice todo lo posible para generar mi propio trabajo. En esa etapa no me interesaba para nada el cine o la televisión: sólo quería hacer teatro». Y así fue. Junto a varias personas ilusionadas creó un proyecto cultural por pueblos de la sierra de Madrid dirigido a niños, al teatro formativo, integrada en una vida rural. Regresó al sur para finalizar los estudios en Sevilla.
Dice que sus textos se crean desde el cuerpo y las interpretaciones de las personas: de la escena al papel, en un diálogo permanente con los intérpretes y con las preguntas correspondientes al tiempo presente. Trabaja una dramaturgia viva, tejida desde la improvisación, desde el conflicto vital o tal vez soñado. Y la siente con atención. «He impartido talleres con este enfoque explorando la creación como acto de cuidado y pensamiento escénico». Entre sus textos se encuentran Amazonas, Trance, La compañía, El sueño de Martina, la versión Fuenteovejuna 2040 y el guión cinematográfico de La Pedida.
Fue directora del Aula de Teatro Clásico de la Universidad de Alicante durante cinco años, etapa en la que obtuvo reconocimientos, premios nacionales y una gira posterior de gran éxito. La sustituyó el dramaturgo Paco Sanguino. También fue docente en el bachillerato de Artes Escénicas de Víctor Ullate, donde impartió interpretación y creación escénica.
Trabaja como docente en el Grado de Arte Dramático del Estudio Ortiz (Valencia), donde cada viernes acude para explicar al alumnado una metodología centrada en el cuerpo, la escucha y la escena contemporánea. Compagina este cargo con su labor docente en un estudio de cine y teatro, formando a actores en procesos creativos, cámara e interpretación.
Acaba de realizar un pequeño papel en la última película de Daniel Sánchez Arévalo y se encuentra estrechamente conectada con creadores y artistas de su generación, con quienes colabora y trabaja de manera habitual. Ahora letrea en el ordenador «Perséfone Lift-off», una obra multidisciplinar sobre el mitólogo griego que lo reinterpreta desde una mirada poética, sensorial, generosa y actual.
Xiomara dice que su nombre en lengua árabe significa algo así como «la estrella más hermosa del universo». En cualquier estrado, el teatro es signo de cultura, de lo que fuimos y de lo que somos: donde nos enfrentamos a nosotros mismos al alzarse el telón.
Una creadora amable siempre pendiente de la escena, del público. Eso, una bella luz.
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