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RETRATOS URBANOS

Un alicantino de toda la vida

Armando Sala Lloret, aparejador de profesión y empresario por tradición, ha dedicado su vida a levantar edificios casi siempre en terrenos cercanos al mar

Imagen de Armando Sala Lloret en uno de los accesos al Mercado Central de Alicante.

Imagen de Armando Sala Lloret en uno de los accesos al Mercado Central de Alicante. / Pepe Soto

Pepe Soto

Pepe Soto

Siempre se ha distinguido por su elegancia, por su amable sonrisa y por sus buenos modales. Un dandi, vamos. Se trata de un alicantino tan maestro en obras alzadas sobre el suelo ladrillo a ladrillo como en su activa participación en la vida social y en su eterna amistad, humildad y generosidad con el vecindario. Fue vicepresidente de la fallecida Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM). Y muchas cosas más.

Armando Sala Lloret (Alicante, 1943) creció por las estrechas callejuelas con suelo de adoquines del viejo Alicante protegidas de los vientos por la fortaleza del monte Benacantil y a los pies del Castillo de Santa Bárbara. Y con vistas al mar en días claros. Es el menor de los cinco descendientes que tuvieron el matrimonio formado por Paco Sala, nacido en San Juan, y la alicantina Clotilde Lloret, que vieron nacer a sus criaturas en su hogar del número 4 de la Plaza de Santa María. El padre, maestro de obras de oficio y mejor albañil, transformó el patio del inmueble en un refugio subterráneo para salvaguardar a su familia y vecinos de las bombas y las crueldades de la Guerra Civil cuanto desde el cielo sonaban las sirenas antiaéreas.

Armando Sala nació ya acabada la contienda entre españoles y sus aliados. El refugio volvió a ser el patio de recreo familiar tras la batalla. Estudió en el colegio de los hermanos Maristas, entonces situado en el Paseo Gadea. Javier García Atange, Alfonso Casares, Carlos Mazón, Julio Gaubert y Adolfo Celdrán, entre muchos más, fueron sus compañeros de pupitres y de juegos en aquellos tiempos.

Apostó por seguir la tradición familiar en la obra. Superado el bachillerato, en 1961 se montó en un tren expreso en una estación con destino a Barcelona para estudiar en la Escuela de Aparejadores, tras un trayecto de más de tres horas de viaje en un autobús de la Unión de Benisa desde Alicante hasta la terminal de Valencia. Un año se alojó en una pensión sita en la Calle Ancha de la ciudad condal y luego en otros habitáculos. En la carrera coincidió con otro alicantino: Juan Manero, con continuas visitas a Alicante. En una de las estancias vacacionales tropezó con una jovencita de origen alemán, Carmen Berendes Rathje, que lo cautivó. La muchacha residía con su familia en los meses de estío en el hotel Villa Linda, en Playa de San Juan. Se enamoró a primera vista.

Sintió pasión. O algo más. Armando Sala y su amigo Ramón Ivorra juntaron a un puñado de estudiantes de la tuna universitaria para rendirle una serenata para declararle su amor.

Ni finalizados los estudios y con el servicio militar pendiente, Armando y Carmen se casaron un 3 de enero de 1966 en el Monasterio de la Santa Faz. Estuvo reclutado en un campamento militar en San Fernando (Cádiz); ya como soldado fue destinado a Ceuta. A su llegada a un cuartelucho entre España y África, se topó con un teniente con vara de mando en el sobaco, Evaristo Ruiz Manero, alicantino de pura cepa, que, al saber que paisanos eran, lo alistó como cabo en el regimiento de Regulares, entre soldaditos españoles de plomo y marroquíes de estaño. Un año de ranchos con cierta paz a orillas del estrecho de Gibraltar con asuntos pendientes: mujer, hijo, y obras y planos pendientes. Y muchos sueños.

De vuelta a casa. Con Carmen se instaló en un piso de la calle Pascual Pérez. Empezó a trabajar como aparejador en la empresa familiar junto a su hermano Paco, que concejal fue por la UCD en la primera corporación municipal de Alicante tras la restauración de la democracia (1979-1983). El padre de los Sala fue un hombre emprendedor, de obras menores o mayores: construyó el primer edificio de estructura metálica en Alicante, entre la calle Altamira y la Rambla de Méndez Núñez. Para culminar el proyecto, el patriarca de la saga se trasladó a Bilbao, a Altos Hornos de Vizcaya, con unos miles de pesetas metidos en una riñonera para comprar vigas y varillas de hierro.

Cientos de chapuzas, obras y reformas más tarde, Armando Sala asumió su primer y gran proyecto como promotor: el Edificio Náutico, en primera línea del mar, en Playa de San Juan, de cien alojamientos, diseñado por el arquitecto Ramón Benito, sobre una superficie cercana a los 10.000 metros que su padre avaló sin reparos. El proyecto, moderno en su tiempo, fue exitoso.

En su trayectoria ha promocionado más de un centenar de inmuebles y urbanizaciones en diversos municipios de la Costa Blanca. Y ha colaborado altruistamente allá donde se le ha requerido: Cruz Roja, Cáritas, Amigos de los Castillos y en más colectivos solidarios. También fue vicepresidente de la difunta Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), sobre todo volcado con humildad en la obra social.

Ha sido amigo de todos: de Joan Lerma, de Eduardo Zaplana, de Joan Ignasi Pla, de Luis Díaz Alperi, de José Joaquín Ripoll y tantos otros políticos; posiblemente más de sus empleados, de sindicalistas, de conserjes o de camareros. Seguro: ha sido más generoso con las personas necesitadas que con las poderosas en un eterno laberinto de pasiones.

Los Sala Berendes tienen dos hijos. Armando es ingeniero industrial, trabaja con su padre el mercantil Edisala y tiene dos descendientes: otro Armando, que también es ingeniero en las cosas de las telecomunicaciones, y Alejandro, que apunto está de acabar una carrera con vistas al espacio. La chica, Maica, es abogada, como su marido Ricard Sala, y el matrimonio tienes tres retoños: Ricard, Joana y la más pequeña, de nombre Carmen, como su abuela, que en su día fue nombrada Alicantina de Adopción por la Diputación Provincial.

Un breve repaso a la historia de un alicantino enorme, tal vez ejemplar. Hizo que sus sueños se transformaran en edificios muy cercanos al mar y en obras para ayudar a las personas de su entorno.

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