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Fotos rescatadas del barro: tres estudiantes de Alicante cuentan cómo se recuperan recuerdos de la dana

Los jóvenes alicantinos relatan su trabajo en “Salvem les fotos”, el proyecto de la UPV que visitan este miércoles Felipe VI y Letizia, donde se recuperan y digitalizan álbumes familiares dañados

Trabajo de recuperación de una imagen dañada por el barro tras la dana de Valencia

Trabajo de recuperación de una imagen dañada por el barro tras la dana de Valencia / Salven les fotos UPV / Darío Ochoa

Borja Campoy

Borja Campoy

A veces no solo se pierde una casa, se pierde un álbum. O lo que queda de él. Una boda, una comunión, los veranos de los ochenta, la primera foto de un bebé… convertidos en una pasta de papel y lodo. En la Facultat de Belles Arts de la Universitat Politècnica de València (UPV), más de 120 alumnos han trabajado en “Salvem les fotos”, un proyecto nacido tras la dana del 29 de octubre de 2024 para rescatar fotografías familiares dañadas por las inundaciones. Este miércoles, Felipe VI y Letizia se asoman al laboratorio. Dentro, para los estudiantes, la escena lleva meses repitiéndose con una pregunta que lo resume todo: “¿Ha sobrevivido?”.

La alicantina Alejandra Pérez de Azpillaga, estudiante de Bellas Artes, ha vivido una de las partes que más expone la emoción, la de la devolución de los álbumes restaurados. “Devolví algún álbum y lo primero que me preguntaban es si habían sobrevivido. Algunos no lo han hecho”, explica. Dice que han visto “muchos álbumes de bodas, de comuniones, de los años setenta y ochenta” en un estado extremo, con “todas las fotos para tirar, fatal”. La crudeza, cuenta, no siempre es una foto partida, a veces es una imagen que ha perdido casi todo menos un rastro: “Había fotos en las que apenas se distinguía nada, quizá solo una cara entre veinte”.

Había fotos en las que apenas se distinguía nada, quizá solo una cara entre veinte

Alejandra Pérez de Azpillaga

No solo ha sido un gesto técnico sin más, sino una decisión final sobre un archivo que, para muchas familias, era único. “Yo veía ahí historias enteras, desde que nace un niño, y nadie tenía copias de esas fotos, no estaban escaneadas”, apunta. Y sitúa un cambio de época: “Más o menos hasta 2010 la gente no ha empezado a escanear fotos. Eran álbumes familiares y eran familias enteras que se quedaban sin su archivo familiar”.

Por eso, cuando se le pregunta qué significa que los Reyes visiten el proyecto, Alejandra lo traduce a una idea de fondo, darle valor a un tipo de ayuda que no se mide en toneladas de barro retirado. “Se pueden ayudar de muchas maneras y una es a través de las fotos, de las imágenes, del arte”, dice, antes de añadir: “Es algo que la facultad de Bellas Artes puede devolver a la sociedad”.

La parte crítica

Darío Ochoa, de Dénia, aporta la imagen que abruma incluso antes de abrir un álbum, el volumen. “La parte más crítica ha sido el registro, con un volumen de imágenes descomunal, nos ha sobrepasado. Cuando tienes físicamente delante 340.000 fotos apabullan”, cuenta. Para él, la clave está en el primer eslabón: “Hacer un buen registro cuando llegan, para tener puntos de anclaje a los que volver si se producen despistes”. Es la manera de no perderse cuando el trabajo dura meses y los lotes se acumulan.

Estudiantes participan en el proyecto de recuperación de las fotos familiares dañas por la dana

Estudiantes participan en el proyecto de recuperación de las fotos familiares dañas por la dana / Salven les fotos UPV / Gisela González

En lo estrictamente técnico, Darío señala el punto donde una mala decisión puede llevarse por delante una imagen, el lavado. “De la intervención de las imágenes directa es clave el proceso de lavado”, explica, y destaca que no es un trabajo que se pueda dejar a la improvisación: “Este trabajo no lo puede hacer cualquiera, lo hacen personas que llevan años preparándose, a punto de terminar la carrera o cursando el máster”.

La visita institucional, para Darío, sirve como altavoz de una tarea que suele ocurrir lejos del foco. “Todo lo que sea comunicar una labor como la que hemos realizado es bienvenido”, dice. “Hemos sido más de 100 jóvenes en este proyecto, dándolo todo, limpiando fotografías día y noche, recuperando recuerdos”. Y apunta un efecto secundario, el de mirar de otra forma las fotos físicas que uno guarda en casa, en un momento “en el que estamos saturados de imágenes”.

Cuando tienes 340.000 imágenes delante, el volumen te apabulla desde el primer día

Darío Ochoa

Pero el reconocimiento que se queda no llega por la agenda del miércoles. Llega al final del proceso, cuando el barro deja paso a una secuencia reconstruida. “He participado en la devolución de las fotografías a las familias y el mejor reconocimiento no es de los Reyes o los políticos, es de las personas que se ponen a llorar y te dan un abrazo”, resume.

Trabajo en cadena

El laboratorio funciona como una cadena donde cada paso protege el siguiente. El proyecto exige orden antes incluso de tocar una imagen: registrar, controlar, evitar que se mezclen lotes y sostener la trazabilidad para que todo vuelva a la familia que lo entregó. La ilicitana Celia Company, también estudiante de Bellas Artes, se detiene precisamente en esa fragilidad logística. “Del archivo y digitalización hay que tratar todas las fotos de una familia para evitar que no se traspapelase, para que volvieran todas íntegramente a sus propietarios. Manejar fotos de tanta gente es complicado”, explica en una idea compartida por sus compañeros de proyecto.

Este proyecto exige sensibilidad, compromiso y empatía, no solo técnica y formación artística

Celia Company

En su caso, la dificultad no era solo el volumen, sino el estado del material. “Algunas tenían mucho daño y había que tener cuidado al digitalizarlas para que no se rompiesen porque estaban agrietadas”, relata. Celia describe un método de trabajo con reparto de funciones y un recorrido claro: “Teníamos roles asignados en el proceso de restauración, digitalización y archivo y las fotos iban pasando por un recorrido de desmontaje, limpieza, montaje, secado, archivo y digitalización”. La técnica, añade, no se sostiene sin una disposición emocional específica: “Es un proyecto que requiere valores humanos, no solo artísticos y técnicos. Tiene parte de sensibilidad, compromiso y empatía”.

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