Un carrito llamado Charly y el reto de dar la vuelta a España a pie pasan por Alicante
David Giménez avanza por la litoral peninsular “sin fechas ni kilómetros”, con un presupuesto mínimo y el apoyo inesperado de seguidores que le buscan para invitarle a comer o darle techo en los días de temporal

El reto de la vuelta a España a pie hace parada en Alicante / Alex Domínguez
No ha llegado a la provincia con una fecha marcada en rojo ni con una ruta cerrada en el móvil. David Giménez lo ha hecho andando. Y así seguirá. Lleva casi nueve meses caminando en un reto tan simple de explicar como exigente de sostener: dar la vuelta a la península a pie, pegado a la costa, durmiendo casi siempre en tienda de campaña y documentando el camino en redes (@elretodedavid). Esta semana, el trayecto le ha traído hasta Alicante tras entrar por el sur, desde Murcia, y después de asomarse a paradas con nombre propio en el litoral alicantino.
Empezó el 18 de mayo. Salió de Salou y decidió tirar hacia el norte para que le pillara el verano en esa parte del mapa. El motor, dice, fue tan íntimo como directo: “Me había cansado un poco de mi vida y quería encontrarme a mí mismo, hacer un reto y conocer el país donde vivo”. Arrancó con pocos recursos, una tienda de campaña y un hornillo, y con la idea de andar y contarlo, sin esperar el alcance que acabaría teniendo.
En su relato hay una palabra que se repite: ansiedad. No le gusta la rutina y buscaba una vida que fuese distinta. “Cada día veo paisajes diferentes, conozco gente, no sé dónde voy a acampar, dónde voy a comer, no sé nada”, resume. Lo que para muchos sería incertidumbre, para él se ha convertido en enganche: “Disfruto el presente, me conecto con la naturaleza y estoy en el ‘aquí y ahora’. No tengo citas, no tengo dolores de cabeza ni llego tarde a ningún sitio”.
Ritmo
La jornada cambia con la luz. Cuando empezó, con tardes largas, caminaba “casi todo el día” y hacía entre 35 y 40 kilómetros diarios. Ahora, con el anochecer alrededor de las 18 horas, suele moverse entre 15 y 20 kilómetros. “No tengo prisa”, insiste. Al principio quería “meterle caña” para que no le pillara el invierno por el norte; con el tiempo, la urgencia se diluyó y el reto se convirtió más en hábito que en carrera.
Salió con unos 3.500 euros e intentaba no gastar más de 10 al día. Comida básica y repetida, sin restaurantes y sin caprichos: un hornillo, pan y fuet. El giro llegó con las redes. Al crecer su comunidad, empezó a notar algo que no esperaba. “Hay gente que sale a mi búsqueda, que me invita a comer o me da techo los días de temporal y eso hace más fácil el camino”. También han aparecido colaboraciones que le han permitido alargar el viaje, que en su plan inicial debía terminar en diciembre.
Antes del reto, era fijo-discontinuo en una estación de esquí de Formigal y tenía que reincorporarse. Para seguir andando tuvo que firmar la renuncia. “En principio tendría que haber acabado en diciembre”, recalca, pero el apoyo económico puntual y las colaboraciones le han dado margen para continuar sin romper la regla de gastar poco y vivir con lo mínimo.
El minimalismo tiene forma de carrito y además tiene nombre. “Lo he humanizado, se llama Charly”. Ahí lleva todo: saco de dormir, tienda, hornillo, ropa, colchón hinchable, botiquín y algo de comida. El inventario cabe en dos pantalones, tres camisetas y poco más. “Salí con un montón de cosas por si acaso y ya no tengo nada. Si me pasa algo, improvisaré”. En el camino ya ha cambiado siete veces de zapatillas en 6.000 kilómetros.
Resistencia
La lista de dificultades no es corta: olas de calor, incendios en Galicia, granizadas, ataques de perros, hambre... Aun así, sostiene que nunca tuvo intención de abandonar: “Siempre sabía que iba a dar la vuelta y cada obstáculo en el camino me ha hecho más fuerte”. Dice que el reto le ha ordenado por dentro. Se describe como hiperactivo, con un TDAH “muy fuerte”, y cree que el camino le ha dado disciplina, constancia y una rutina distinta para seguir andando incluso cuando está cansado.
En la provincia, el viaje ha tenido sabor a costa. Ha ido a Tabarca y la ha recorrido entera. De Torrevieja se queda con las lagunas rosas y de Santa Pola, con el faro. En la ciudad de Alicante no ha podido visitar el Palmeral, que se ha encontrado cerrado, y tenía marcado como parada obligatoria un paseo por el barrio de Santa Cruz. De lo que le queda del territorio alicantino le atrae llegar a Calp.
Cuando piensa en el final, no habla de una meta exacta, sino de lo que le queda dentro. “He aprendido que con pocos recursos puedes conseguir grandes cosas”, afirma. Y remata con una idea que, en su caso, suena a conclusión a pie de carretera: “Me he dado cuenta de que con un hornillo, un atardecer y una tienda de campaña se puede lograr la felicidad”. No se imagina volviendo a la rutina tal y como era antes. Prefiere nuevos retos. Y ya dice que tiene más proyectos en mente para comprobar, otra vez, de qué es capaz y “seguir disfrutando del presente”.
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