Y, de paso, Semana Santa en Alicante
En las calles del Casco Antiguo conviven procesiones multitudinarias con terrazas donde se despachan arroces, locales donde se baila reguetón o punk rock, y pubs en los que se televisan partidos de la Premier League. La estampa sorprende a propios y extraños y la Semana Santa alcanza en este entorno un matiz indescriptible que invita a varias reflexiones

Un paso recorre las calles de Alicante, junto a un pub donde proyectan fútbol. / Jose Navarro
Una puerta metálica negra se entreabre en medio del silencio de una procesión. De sus hojas macizas el oído más curtido en lugares oscuros y ruidosos reconoce un verso de una canción de Parálisis Permanente: «Me miro en el espejo y soy feliz...». Un tipo se asoma con un cubata entre las manos, gira la cabeza a un lado y a otro de la calle Cienfuegos y vuelve a cerrar.
En Labradores, la calle paralela, un joven turista, camisa estampada y bermuda pelín anacrónica, sostiene un botellín de cerveza de importación y tiene a su lado un pantallón donde repiten un partido del Arsenal. El paso de un Cristo le pilla volviendo de la barra, pero llega a tiempo de inmortalizar el momento en su teléfono. Queda anonadado y llama a un amigo. Poco después reconoce que ver la Semana Santa no era el objetivo de su viaje de vacaciones a Alicante, pero mira, eso que se lleva.
En buena parte de la muchedumbre que se agolpa en el Casco Antiguo no hay fe, ni devoción, ni recogimiento. Es una dicotomía, como también lo es que una imagen religiosa se pasee a hombros de abnegados creyentes y a solo un metro de ello un camarero sirva un smoothie. Desde hace años en Alicante chocan tantas estampas que nada puede sorprender; ya vale todo.

Un turista disfruta de unas vistas privilegiadas de una procesión desde la barra de un bar. / Jose Navarro
A pocos metros del descendimiento del Gitano de Santa Cruz un grupo se mete entre pecho y espalda un arroz a plena luz del día. «Es fantástico», admiten de todo este entorno vertiginosamente trivial. A un par de manzanas, el tumulto en torno a San Nicolás no se sabe si es para rendir culto a algún santo de la Concatedral o para tomar un helado.
La ebullición vacacional de estas fechas ha convertido la Semana Santa en un revoltijo de escenas indescriptibles y ya nadie esconde que, ante todo, esto es un negocio. Los bares a los que las procesiones engullen lo saben, afortunados ellos, y reajustan sus horarios en pos de una buena caja. «Acaban de salir unos vestidos de romanos», confirman los responsables de un pub del barrio. Hace unas semanas el Ayuntamiento extendió el horario de cierre de bares y restaurantes una hora más, hasta las 2:30 de la madrugada, desde el Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo, para dar servicio a cofrades, vecinos y visitantes.
El peligro con el que se flirtea es el de la despersonalización de la fiesta, de paganizar aún más una celebración que sí tiene adeptos convencidos, aunque queden difuminados entre tanto envoltorio comercial. En la calle San Rafael, arteria de entrada al puro corazón de Santa Cruz, la carta de un bar está escrita íntegramente en inglés (ribs, seafood risotto, nuggets) y pone botando la pregunta de si realmente se exporta bien así un bien de interés. Podría ser la carta de cualquier lugar del mundo.

Dos turistas presencian en primera línea una procesión desde el balcón de su apartamento. / Jose Navarro
En otro rincón del barrio unas toallas y unos bañadores colgados en un balcón afean la foto semanasantera a un fotógrafo que busca inmortalizar la saeta que se canta en el edificio contiguo. Para muchos es una batalla perdida; para otros, es la realidad actual. Ni mejor ni peor.
Al término de una procesión donde ha imperado el silencio unos jóvenes se quitan sus túnicas y entran a una discoteca, empapelada de un colorido póster de un grupo de K-pop, para gritar que hay tiempo para todo. Que por la Semana Santa también se está de paso.
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