Tabarca impulsa su autonomía tras años de saturación y desgaste
La petición vecinal de convertirse en entidad local menor abre un debate sobre los servicios, la presión estival, el patrimonio y la falta de coordinación en la isla

Tabarca más verde que nunca tras las lluvias registradas en los último meses / Áxel Álvarez
Tabarca ha decidido decir basta. El paso que sus vecinos han empezado a dar para dejar de depender de Alicante como hasta ahora no nace de un arrebato puntual, sino de un cansancio acumulado durante años. Detrás de esa aspiración a tener una fórmula propia de autogobierno asoma la idea de una isla única, turística y protegida, el territorio insular habitado más pequeño de España, que quienes residen en ella sienten desde hace demasiado tiempo mal atendida, atrapada entre administraciones y reducida muchas veces a postal de verano, cuando para ellos sigue siendo, antes que nada, un lugar en el que vivir.
El Ayuntamiento mantiene su compromiso de mejora constante de los servicios
De ahí que la asociación de vecinos haya activado los trámites para reclamar que Tabarca se convierta en entidad local menor, una figura que le permitiría ganar autonomía de gestión y manejar con mayor capacidad de decisión cuestiones cotidianas de la isla. La iniciativa, impulsada por ahora por 33 de los 59 empadronados, parte de la convicción de que el modelo actual no está resolviendo sus necesidades. “Llevamos años trabajando para mejorar las condiciones de vida de los vecinos y no tenemos mucho apoyo”, resume su presidenta, Carmen Martí.
No confiamos ya en esta misma dinámica y por eso intentamos cambiarla
Ese malestar baja enseguida a lo concreto. Los vecinos hablan de farolas rotas, falta de iluminación en algunas calles, aceras sin terminar, empedrados parcheados, zonas pendientes de desbroce o fumigación y una limpieza que consideran insuficiente para una isla que en verano multiplica su población, sin contar los cientos de visitantes diarios. La asociación enumera desde problemas con la recogida de residuos o el estado de playas y plazas hasta plagas de cucarachas ligadas al alcantarillado. La suma de esas pequeñas carencias diarias es, en realidad, el suelo sobre el que ha ido creciendo el hartazgo.
Insularidad
Pero en Tabarca ese catálogo de problemas no pesa solo por su número, sino por el lugar en que ocurre. En una isla, cualquier avería, retraso o carencia se agranda. La distancia con la península, la dependencia del mar y del tiempo y la intervención de varias administraciones convierten lo ordinario en más lento, más costoso y más difícil de resolver. De ahí que los vecinos insistan en que su condición insular debería traducirse en un trato diferenciado, tanto en transporte como en fiscalidad, asistencia o capacidad de reacción ante las necesidades más básicas.
Tabarca para el turista es solo sol y playa y falta ponerla en valor
Uno de los puntos donde más se nota esa singularidad es en el transporte. La conexión regular con la península sigue siendo una de las grandes reclamaciones de la isla, no solo para los visitantes, sino sobre todo para quienes viven allí. Desde la Generalitat sostienen que se sigue trabajando para encontrar una fórmula que permita dotar a Tabarca de transporte público después de que dos intentos de licitación quedaran desiertos. Detrás aparece la dificultad de abrir un servicio estable en un mercado muy cerrado y con escasos incentivos para alterar el reparto actual de rutas y pasajeros.
Siempre he dicho que la isla tiene doce meses y no solo hay que verla en verano
Sobre ese suelo aparece el otro gran nudo de Tabarca, su éxito como destino. La isla es uno de los enclaves más cotizados de la costa alicantina y, precisamente por eso, también uno de los más frágiles. Para el profesor titular de Sociología del Turismo de la Universidad de Alicante Tomás Mazón el problema de estos espacios pequeños es que su capacidad de carga “es pobre” y no pueden absorber un volumen excesivo de visitantes sin colapsarse. En Tabarca, ese desequilibrio entre atractivo y capacidad real de acogida lleva años tensando la convivencia entre la postal turística y la vida cotidiana.
Escena repetida
La escena se repite cada temporada alta: barcos que llegan desde Alicante y Santa Pola, embarcaciones privadas frente a la costa, calles llenas, más consumo de agua, más residuos y una presión creciente sobre un espacio mínimo. Cuando un destino pequeño se sobrecarga, “nada funciona”, resume Mazón. Ni los recursos, ni los servicios, ni la experiencia del visitante. El riesgo, advierte, es que un lugar excepcional acabe perdiendo justamente aquello que lo hace atractivo, su identidad y la posibilidad de disfrutarlo sin sensación de colapso.

Los barcos que fondean en Tabarca suponen una grave amenaza para la protección medioambiental de la isla / Matías Segarra
Esa presión no se traduce solo en incomodidad o saturación visual. También tiene un coste ambiental. El director del Instituto de Ecología Litoral, Gabriel Soler, sitúa uno de los principales problemas en el fondeo de embarcaciones sobre zonas de praderas marinas, un impacto especialmente sensible en un entorno protegido como el de Tabarca. A ello se añaden el aumento de residuos y la exigencia que supone para una isla tan pequeña absorber grandes picos de afluencia. Si la posidonia ayuda a explicar la transparencia de sus aguas, su deterioro amenaza precisamente uno de los valores naturales que sostienen el atractivo del enclave.
Nuestro patrimonio podría ser un tesoro para Alicante y la provincia y nadie invierte
Ahí es donde el debate deja de ser si sobra o no sobra turismo y pasa a ser cómo se gestiona un espacio tan frágil. Soler admite que limitar el acceso no es una solución sencilla ni fácil de encajar en el marco normativo, pero sí defiende la necesidad de ordenar usos y reforzar la concienciación ambiental. Ese debate ha empezado incluso a asomar en el propio Ayuntamiento de Alicante, que el año pasado abrió la puerta a estudiar una eventual limitación de visitantes para tratar de “equilibrar” los intereses de residentes y turistas. El coordinador de la Colla Ecologista d’Alacant, Carlos Arribas, va más allá y señala directamente a la presión turística estival como principal amenaza para la isla y su entorno marino. Entre la reserva natural que se quiere preservar y el reclamo turístico que no deja de crecer, Tabarca lleva años buscando un equilibrio que no termina de encontrar.
Si queremos conseguir sostenibilidad, no nos queda más remedio que conservar
En la isla aparece otra inquietud de fondo: qué se hace con su identidad. El presidente de la asociación cultural de la isla, Antonio Ruso, lamenta que para muchos visitantes siga siendo solo “sol y playa”, pese a su singularidad como núcleo amurallado junto a la costa y a su valor histórico y patrimonial. La muralla, la torre de San José o las salas cerradas del museo asoman en su discurso como parte de una isla que siente que no termina de ponerse en valor más allá de su imagen más inmediata.
Es un paraíso que admite pocos turistas y no puede perder esas características
Esa sensación se refleja también en la torre de San José, uno de los símbolos de ese patrimonio pendiente. Su posible rehabilitación y reutilización para fines museísticos o ambientales ha sobrevolado en los últimos años como una opción de puesta en valor de la isla, pero entre las voces consultadas persiste la percepción de que sigue sin traducirse en una actuación concreta. En una Tabarca atravesada por administraciones, permisos y protecciones distintas, incluso los proyectos llamados a reforzar su singularidad acaban instalados en un terreno de espera.
La principal amenaza es la presión turística en verano, no existe ningún control
Ese es, para muchos de los consultados, el verdadero nudo. La isla depende a la vez del Ayuntamiento, la Generalitat y otros organismos con competencias cruzadas en urbanismo, patrimonio, medio ambiente, transporte o costa. El resultado es una sensación de descoordinación permanente que los vecinos y colectivos dicen sufrir desde hace años. El episodio de los toldos instalados el verano pasado en la calle principal de la isla y retirados apenas un mes después por las limitaciones derivadas de la protección patrimonial se ha convertido, de hecho, en un ejemplo visible de ese laberinto.
Diagnóstico
Frente a ese diagnóstico, el equipo de gobierno de Alicante rechaza la idea de abandono y reivindica una línea de actuación sostenida en la isla. El vicealcalde y concejal de Medio Ambiente, Manuel Villar, destaca el impulso del Plan Especial de Tabarca, la compra en 2022 de 23 hectáreas para preservar su valor paisajístico, el refuerzo de la limpieza, la reciente adjudicación de la gestión del servicio de dinamización medioambiental, cultural y turística del CEAM, con servicio de alojamiento, la renovación de la gestión del Hotel Casa Gobernador o inversiones como la reforma del edificio de servicios municipales.
Ni siquiera dentro de la propia isla hay una mirada única sobre la salida. Mientras Carmen Martí defiende la entidad local menor como una forma de dejar de “darse contra un muro” y ganar capacidad real de gestión, el exalcalde pedáneo Cayetano García Ruso ve la idea como una “barbaridad” y duda de que Tabarca pueda sostenerse al margen de Alicante. La cuestión que late de fondo no es tanto si la isla puede independizarse de Alicante, sino por qué no se siente escuchada.
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