Extranjería
De la economía sumergida a sostener el sistema en Alicante
La provincia afronta una nueva regularización de migrantes con el aval de quienes hoy trabajan, cotizan y generan empleo

Empresarios y trabajadores inmigrantes en Alicante opinan sobre el proceso de regularización / Rafa Arjones
La provincia de Alicante fue uno de los territorios donde mayor impacto tuvo la regularización extraordinaria de migrantes de 2005 impulsada por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, la más masiva de la historia de España hasta la fecha. Fue un proceso denominado de normalización que benefició a 576.506 extranjeros que se encontraban en situación irregular, transformando de forma profunda el mercado laboral.
Dos décadas después, el país afronta una nueva regularización extraordinaria promovida por el Ejecutivo de Pedro Sánchez. Miles de personas tramitan ahora sus documentos aprovechando el periodo de arraigo extraordinario que se ha abierto tras años de trabajo en la economía sumergida, precariedad y falta de derechos pese a sostener sectores como los cuidados, la agricultura y la hostelería.
INFORMACIÓN ha recogido el testimonio de seis inmigrantes regularizados antes de Zapatero, con este expresidente, por arraigo social o familiar, o bien establecidos con visado. Quienes ya pasaron por este proceso coinciden en una idea: tener papeles y documentos en regla no es solo un trámite, sino el punto de inflexión que separa la invisibilidad laboral de la integración real en la sociedad.
Críticos con quienes se aprovechan del sistema sin contribuir, algunos creen que el proceso debe hacerse con más control
Del cayuco a una vida: la historia de Ousmane
Ousmane Ndiaye tenía 18 años cuando dejó Senegal hace ya 20 años. Había terminado el bachillerato, pero su país ofrecía pocas opciones reales para un joven sin recursos en un contexto de desempleo masivo. La muerte de su padre fue el detonante final. “En mi entorno todo el mundo se iba. No había trabajo, no había futuro. Y en casa hacía falta ayuda. Yo no tenía otra salida, mi madre me dijo que si seguíamos así no podía más”, recuerda. El viaje en cayuco formó parte de la crisis migratoria de 2006, cuando decenas de miles de personas cruzaron el Atlántico hacia Canarias. En su embarcación viajaban 87 personas.
La travesía fue una experiencia extrema. “Los primeros días eran soportables porque conocíamos el mar, veníamos de familias pescadoras. Pero luego todo se convirtió en supervivencia pura”. El agua empezó a escasear a los pocos días. El motor falló, el barco empezó a hacer agua y el cansancio se volvió insoportable. “Tenías que estar achicando sin parar. Si dejabas de hacerlo, el cayuco se hundía”. El hambre y la deshidratación generaron escenas dramáticas. “Hubo gente que perdió la cabeza. Algunos querían lanzarse al mar. Llegamos a beber agua salada. Eso te destruye por dentro”.
Tras casi dos semanas a la deriva, uno de los ocupantes se lanzó al agua con un chaleco para intentar ser visto. Gracias a ese gesto fueron localizados y rescatados. Llegó a Canarias en estado crítico y fue trasladado a distintas islas. “No había espacio, todo estaba desbordado. Era una época de muchas llegadas”.
Huyendo de la Policía
Tras pasar por centros de internamiento y una breve estancia en Madrid bajo tutela de una ONG, llegó a Alicante sin red familiar ni apoyo y menos aún acceso al mercado laboral. “Fueron años muy duros. Vivir sin papeles es un infierno. Sin papeles no eres nadie. No puedes trabajar, no puedes alquilar, no puedes vivir con normalidad”. Su única opción fue la venta ambulante. Bolsos, cinturones, pequeños objetos. “Tenía miedo. Sabía que era ilegal, pero no tenía alternativa”. Al principio no quería pero se dio cuenta de que tenía que contribuir con el compatriota que le acogió, un vecino del barrio de Dakar donde nació, que estaba asentado en Alicante, como hacían otros chicos con los que compartía el mismo hogar.
La vida en la calle era una persecución constante. “Salías por la mañana sin saber si ibas a volver. La Policía te perseguía, tenías que esconderte”. Fue detenido varias veces. “He estado en el calabozo solo por no tener papeles”.

Ousmane Ndiaye llegó a Canarias en cayuco en 2006. Veinte años después es orientador / Rafa Arjones
La Policía nos perseguía, teníamos que escondernos. He estado en el calabozo solo por no tener papeles
Uno de los episodios que más le marcó fue una huida en la que tuvo que correr descalzo desde El Campello hasta Alicante. “Los pies me sangraban. Ahí entendí que tenía que cambiar mi vida”. Ese punto de ruptura le llevó a aprender español rápidamente y a empezar a colaborar como mediador en centros de salud de Alicante como los de Ciudad Jardín y Lo Morant, o el propio Hospital Doctor Balmis. Su capacidad para comunicarse con otros migrantes le abrió una puerta inesperada. “Empecé ayudando a otros. Traducía, acompañaba, explicaba cómo funcionaban las cosas. Y poco a poco dejé la calle”.
Durante años combinó trabajos informales, clases de idiomas y mediación hasta conseguir regularizarse en 2011 por arraigo social. “Cuando tienes papeles, todo cambia. Puedes trabajar sin miedo, cotizar, vivir”. Los 15 años que lleva con documentos los tiene todos cotizados.
Con estabilidad legal trabajó en agricultura, hostelería —llegando a ser recepcionista gracias a su dominio del francés, el inglés y el español— y en el ámbito social. En 2017 se incorporó a la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), donde hoy acompaña a personas recién llegadas.
“Yo sé lo que es venir sin nada. He pasado por todo lo que están viviendo. Ahora puedo ayudarles a entender cómo funciona todo. Por eso, intento que no pierdan la esperanza”. Hoy vive en España con su madre, su pareja y dos niños, el pequeño nacido ya aquí.
Claudia construyó una vida empresarial
Claudia Molina llegó desde Bolivia en 1998 con apenas 24 años. Su historia no fue la de un plan migratorio estructurado, sino la de una decisión personal tomada en muy poco tiempo tras la muerte de su padre.
“Fue algo muy rápido. Vendí mi coche y en una semana ya estaba aquí”, recuerda. Había estudiado Filología Inglesa e Hispana y había participado en programas de intercambio, pero la vida dio un giro inesperado que la trajo a España casi sin preparación previa. Su llegada a Alicante también tuvo algo de casualidad. “Vine a ver a unos amigos, me gustó la ciudad y me quedé. Al principio era temporal, pero al final me instalé”.
Ese inicio improvisado fue el punto de partida de una trayectoria larga en el país. Sus primeros años los dedicó al trabajo en el sector logístico, en una empresa internacional holandesa con sede en la provincia. Allí, el conocimiento de idiomas fue clave. “Me ayudó muchísimo. El inglés y el español me abrieron muchas puertas. Me permitió integrarme rápido en un entorno profesional”.

Claudia Molina aterrizó en Alicante en 1998. Hoy regenta un restaurante de productos de proximidad en el centro de Alicante / Rafa Arjones
Viene muchísima gente a dejar currículums. La mayoría quiere trabajar, pero no puede porque está sin papeles o en trámites
Con el tiempo, Claudia fue evolucionando hacia la hostelería, un sector que ya conocía por tradición familiar. “En mi familia siempre hemos estado en la panadería o la restauración. De alguna forma eso lo llevas dentro”. Ese recorrido le llevó a montar su propio negocio en Alicante, donde hoy trabaja con un equipo estable y una clientela diversa en pleno centro.
“Es un restaurante de cocina mediterránea, apostamos por el producto local y de cercanía. Es un sitio de carnes, pescados y mucha verdura. Y es un negocio muy familiar. Mi hijo mayor me ayuda con la administración y mis sobrinos también trabajan conmigo".
Desde esa posición de empresaria de un sector como la hostelería necesitado de mano de obra, Claudia observa la realidad del mercado laboral y la situación de muchas personas migrantes. “A diario me traen currículum. Siempre pregunto: ¿tienes papeles? Y el 90 % me dicen que están en trámites. La mayoría quiere trabajar, pero no puede porque está en situación irregular y el proceso es muy largo”.
También ha sido testigo de la economía sumergida. “Hay personas trabajando sin contrato, con jornadas largas y salarios bajos. Eso sigue pasando, aunque no se vea tanto”. Para ella, la regularización tiene una lectura doble: social y económica. “Si la gente trabaja legalmente, cotiza. Y si cotiza, sostiene el sistema. Es bueno para todos”. Por ello, ve positivo el proceso: en hostelería hay mucha necesidad de mano de obra. "Hay personas con ganas de trabajar pero sin papeles no pueden hacerlo".
Los hermanos Elachkar: dos pescaderías
Kamal Elachkar llegó a España desde Marruecos hace 26 años. Hoy gestiona, junto a dos hermanos y un primo, una pescadería familiar en la que trabajan desde hace más de seis años en el barrio de Colonia Requena de Alicante. Su historia refleja el recorrido de muchos migrantes que llegaron a España en busca de estabilidad y que, con el tiempo, han logrado integrarse plenamente en el tejido económico y social. Se regularizó en 2005, durante el gobierno de Zapatero, un momento en el que se llevaron a cabo procesos extraordinarios de normalización de la situación administrativa de miles de personas extranjeras.
“La oportunidad supuso poder trabajar legalmente, darme de alta en la Seguridad Social y vivir con tranquilidad”, explica. Para él, el cambio fue determinante pues "tener papeles te da estabilidad. Puedes buscar un trabajo sin miedo. Te cambia la vida. Puedes trabajar legalmente, darte de alta, alquilar un local, hacer planes. Sin eso no puedes avanzar”.
Kamal recuerda que llegó siendo muy joven y que parte de su proceso de integración estuvo marcado por su entorno familiar. “Mi abuelo ya estaba aquí desde hacía muchos años. Eso me ayudó mucho”, señala. Con el tiempo, estudió, trabajó y acabó desarrollando su propio negocio, donde su día a día transcurre entre clientes y proveedores de distintas procedencias y culturas. “Aquí trabajamos con todo el mundo: españoles, extranjeros, de todas las razas, sin distinción. Aquí no hay diferencias, negros, blancos, moros… todos”.

Los hermanos Elachkar en la pescadería que regentan en el barrio de Colonia Requena de Alicante / Rafa Arjones
Tener papeles te cambia la vida. Puedes trabajar legalmente, darte de alta, alquilar un local, hacer planes. Sin eso no puedes avanzar
Sobre el papel de la inmigración en España, defiende su importancia económica, especialmente en sectores donde, según dice, existe falta de mano de obra. “En el campo, en la pesca o en la construcción, sin inmigrantes no se puede trabajar”, sostiene. Añade que, en su experiencia, muchos empleadores tienen dificultades para encontrar trabajadores. “Hay gente que no quiere ciertos trabajos. Si no fuera por los inmigrantes, muchos sectores no funcionarían igual”.
Preguntado por el debate social y político, pide evitar generalizaciones. "Yo veo bien el proceso, pero hay gente que lo ve muy mal. Personas buenas y malas hay en todos lados, sean inmigrantes o españoles. Se habla mucho de delincuencia, pero la mayoría somos trabajadores».
En su opinión, la regularización es clave para ordenar la situación laboral y garantizar derechos. «Lo mejor es que la gente tenga sus papeles y pueda trabajar legalmente».
Falta de mano de obra
Desde su pescadería asegura Kamal que la integración ya es una realidad cotidiana, algo que ve posible con la convivencia y el respeto como base. «No queremos problemas. Queremos gente que respete y trabaje. Da igual de dónde venga». Tras más de dos décadas en España, su vida está completamente asentada. «He hecho aquí mi vida. Este es mi país también».
Uno de sus hermanos, Azaze, de 36 años, apunta que “hace falta mano de obra joven”. “Hoy en día hay mucha gente mayor trabajando, pero faltan jóvenes. Si no trabajan los jóvenes, no se puede sostener el sistema”, explica. En su opinión, el envejecimiento de la población y la falta de relevo generacional están generando dificultades en el mercado laboral en España.
“Hay empresas que buscan trabajadores y no encuentran. Quieren gente joven, de 25 o 30 años, pero no hay”, señalan. A su juicio, la regularización de personas migrantes no solo beneficia a quienes llegan, sino también a la economía del país. “Si la gente trabaja legalmente, cotiza y aporta al sistema, todo el mundo gana”.
Llevo 19 años en España y nunca he cobrado ninguna ayuda, ni con papeles, ni sin papeles
Ambos insisten en que la inmigración debe entenderse desde una perspectiva práctica y laboral. “La gente mayor ya está jubilada. Alguien tiene que trabajar para sostener todo eso”, afirman. Sobre el debate social en torno a la inmigración, piden evitar generalizaciones. “Se habla mucho de delincuencia, pero la mayoría de inmigrantes somos trabajadores. Como en todos lados, hay de todo: buenos y malos”, explican. “Lo importante es que quien venga sea una persona que trabaje y aporte”.
“Llevo 19 años en España y nunca he cobrado ninguna ayuda, ni con papeles ni sin papeles”, abunda Azaze, rechazando la idea de que los inmigrantes vivan de ayudas públicas. “He trabajado en el campo, en la venta, en el mercadillo… siempre buscando la vida”. Tienen otra pescadería en Onil con empleados contratados. "Esto no es venir a vivir de ayudas, es trabajar”, subrayan.

Detalle de la pescadería de los hermanos marroquíes / Rafa Arjones
Djillali: huir de la guerra
Djillali Dich llegó a España con 23 años desde Argelia en un contexto marcado por la violencia. En su país, explica, se vivía una guerra civil no declarada vinculada al terrorismo islamista, una situación que condicionó directamente su vida. “Había una obligación de hacer el servicio militar y eso implicaba estar en primera línea del conflicto. Yo no quise participar en esa guerra”, relata. Esa decisión le llevó a abandonar su país.
El destino inicial de Dich, que hoy tiene 56 años, no era España pero las circunstancias marcaron el camino. “Cuando emigras no organizas un viaje como turista. Vas donde puedes”, explica. En su caso, el único consulado operativo en su ciudad era el español, lo que facilitó la obtención de un visado.
Su idea inicial era llegar a Francia, donde tenía familiares, pero el plan cambió al llegar. “Cuando estás aquí, con el dinero justo, sin apoyo y sin conocer el sistema, tienes que adaptarte sobre la marcha”, recuerda. Así fue como acabó estableciéndose en la provincia de Alicante.
Los primeros años estuvieron marcados por la adaptación y la necesidad de sobrevivir. “El camino no está asfaltado. Tienes que hacer el doble esfuerzo: idioma, trabajo, todo. Cada día es un reto”, explica. Como muchos otros migrantes, trabajó en todo tipo de empleos: jardinería, electricidad, hostelería o recepción de hotel. “Lo importante es no depender de nadie y seguir adelante”, señala.
Con el tiempo, logró formarse, estudiar y especializarse en el ámbito social. Actualmente trabaja como técnico de integración social en una ONG (la Comisión de Ayuda al Refugiado), acompañando a personas solicitantes de protección internacional. “He hecho de todo, pero ahora trabajo ayudando a personas que están pasando por lo que yo viví”, explica.
Desde esa doble experiencia —como migrante y como profesional— ofrece una visión profunda del actual proceso de regularización. “Más allá del debate político, esto es una cuestión de justicia social”, afirma. A su juicio, la regularización permite visibilizar a personas que ya están en el país, trabajando en muchos casos en condiciones precarias. “Son personas que están aquí, que trabajan, pero que no tienen derechos. Muchas veces aceptan cualquier condición porque no tienen alternativa”, señala.

Djillali Dich, inmigrante argelino / INFORMACIÓN
Se utiliza la inmigración para generar miedo o como herramienta electoral, pero eso no refleja la realidad
Defiende que el proceso no es un privilegio, sino una forma de normalizar una realidad existente. “No se trata de regalar nada, sino de reconocer lo que ya está pasando y darle un marco legal” recordando que, de acuerdo a los derechos humanos, ninguna persona es ilegal. También subraya la dimensión económica del fenómeno. “La inmigración aporta. Está en las cifras. Cotizaciones, trabajo, sostenimiento del sistema… eso existe, aunque muchas veces no se quiera ver”.
En su caso personal, apunta que su trayectoria ha estado basada en el esfuerzo. «Nunca he recibido ayudas sociales. Siempre he trabajado. Y como yo, muchísima gente viene con ese objetivo: vivir mejor y aportar». Por ello es crítico con el enfoque político del debate migratorio. «Se utiliza la inmigración para generar miedo o como herramienta electoral, pero eso no refleja la realidad. Hay gente que intenta sembrar el miedo y la preocupación, utilizando la inmigración para tapar todo lo que preocupa a la sociedad».
Para Dich, la clave está en equilibrar derechos y obligaciones dentro de un Estado de derecho. «Las personas tienen derechos, pero también responsabilidades. Y cuando trabajas y cotizas, estás cumpliendo con ambas cosas». Y recuerda que si no se cumplen esas obligaciones, no se renuevan los papeles.
Elisabeth: negocio propio y una mirada crítica
Elisabeth Alvarado llegó desde Ecuador en 2006 con 16 años, dentro de un proceso de reagrupación familiar. Su adaptación no fue sencilla: cambio de país, de cultura y de entorno en plena adolescencia.
“Fue un choque muy fuerte. Todo era nuevo: la comida, la gente, la forma de vida”, recuerda. Con el tiempo, logró integrarse y construir una vida estable en Alicante. Hoy dirige un negocio de estética en la plaza de América de Alicante, donde trabaja como autónoma y da empleo a otras personas, además de acoger a alumnas en prácticas.
Su experiencia empresarial le ha permitido conocer de cerca la realidad del mercado laboral. “Veo mucha gente que quiere trabajar, pero no puede porque no tiene papeles o porque está en trámites eternos”.

Elisabeth Alvarado, en su negocio de estética en la plaza de América en Alicante / Rafa Arjones
Da oportunidades a personas que realmente quieren trabajar, pero debería hacerse con más control
Valora positivamente los procesos de regularización, pero con matices. “Me parece bien porque da oportunidades a personas que realmente quieren trabajar, pero debería hacerse con más control”.
En su opinión, sería necesario hacer un análisis individual, incluyendo la revisión de antecedentes . «Hay gente que se aprovecha de la situación. Debería mirarse caso por caso para evitar injusticias. Se trata de que las oportunidades lleguen a quien realmente quiere integrarse», señala. A pesar de esa visión crítica, mantiene una idea de fondo muy clara. «La gente no emigra por gusto. Emigra porque lo necesita. Y cuando llega aquí, lo que quiere es trabajar y salir adelante».
Mónica: de la medicina china a la heladería
Mónica Ma Gang llegó a España en 2002 tras terminar sus estudios universitarios en China. Ella explica que decidió emigrar porque económicamente su país por entonces no era tan fuerte y no le ofrecía las mismas oportunidades y quería “salir a conocer mundo”. Por ello eligió España, que consideraba “más económica dentro de Europa”.
Su primera etapa fue en Salamanca, donde llegó en 2002 y permaneció dos años. En 2004, se trasladó a Alicante, donde ha vivido desde entonces. "Me gusta mucho la vida española”, afirma y destaca que “me está ayudando un montón”, valorando especialmente la sanidad y las condiciones de vida.
En cuanto a su formación, estudió Medicina Tradicional China y acupuntura, aunque no pudo ejercer en España. Ante esta situación, tuvo que centrarse en trabajar para sobrevivir, principalmente en el sector del comercio exterior entre China y España. Según cuenta, “siempre tenía mucho trabajo” en un contexto de crecimiento de las relaciones comerciales entre ambos países.
Actualmente dirige un negocio tradicional poco común dentro de la comunidad china en España y ha creado empleo, especialmente para trabajadoras españolas. Se trata de una heladería tradicional artesana en Alicante, en la que, en temporada alta, tiene tres empleadas por turno.

Mónica Ma Gang llegó a España en 2002 desde China y hoy regenta una heladería en el PAU2 de Alicante / Rafa Arjones
Es una oportunidad para todo el mundo que trabaja para cobrar su sueldo y mejorar su vida
Respecto a la inmigración y su regularización, Mónica defiende que es positiva si está vinculada al trabajo. "Es una oportunidad para todo el mundo que trabaja para cobrar su sueldo y mejorar su vida”. Sin embargo, matiza su postura diciendo que no considera justo que algunos solo accedan a servicios sin contribuir.
En conjunto, su testimonio refleja una trayectoria de adaptación, trabajo constante y una valoración positiva de su vida en España, aunque con una visión crítica sobre el uso de los recursos públicos sin aportar al sistema.
De la invisibilidad a la contribución
Aunque las trayectorias de estos seis migrantes en Alicante muestran realidades distintas, tienen un mismo punto de convergencia: la regularización como puerta de entrada a la vida laboral formal.
Pasar de la economía sumergida al trabajo legal significa acceder a derechos, cotizar, emprender, crear empleo y participar en el sostenimiento del sistema.
En una provincia como Alicante, donde la inmigración forma parte estructural del tejido productivo y donde más del 20 % de la población es extranjera, estas historias no son excepcionales: son parte del funcionamiento cotidiano de la economía. Y todas coinciden en una misma idea de fondo: tener papeles no es el final del camino, sino el inicio de la visibilidad, la estabilidad y la aportación real al sistema.
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