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Ronna Rísquez: «En Venezuela el Estado no solo no te protege, sino que te ve como enemigo»

Después de publicar en 2023 el libro El Tren de Aragua. La banda que revolucionó el crimen organizado en América Latina, la periodista Ronna Rísquez se vio forzada a abandonar su país, donde las amenazas de los grupos criminales se solapaban con las del propio aparato represor chavista

Ronna Rísquez, periodista venezolana: "En Venezuela el Estado no solo no protege a los periodistas, sino que los ve como el enemigo"

Ronna Rísquez, periodista venezolana: "En Venezuela el Estado no solo no protege a los periodistas, sino que los ve como el enemigo" / Áxel Álvarez

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José Gómez

José Gómez

En Venezuela, una banda criminal convirtió una cárcel en un club social dotado con piscina, zoológico, comercios, bares, restaurantes y hasta cajeros automáticos. La periodista Ronna Rísquez (Caracas, 1969), con tres décadas de experiencia y etapas al frente de las secciones de Política y Sucesos en El Nacional y el digital Runrunes, publicó en 2023 el libro El Tren de Aragua. La banda que revolucionó el crimen organizado en América Latina.

Su investigación de años desveló la estructura del Tren de Aragua, quiénes eran sus líderes, cómo ha llegado la banda a estar presente en casi todo el continente, cuál es su modus operandi y cómo establecieron su búnker en la prisión de Tocorón.

Poco después, Rísquez abandonó su país entre amenazas del grupo criminal, solapadas con las del propio Estado chavista. Recientemente, estuvo en Elche en el marco de la tercera edición del programa de acogida UMH-RSF Espacio Seguro para la Libertad de Prensa.

-¿Cómo se investiga un entramado criminal en un país sin Estado de Derecho?

Ese es el reto. Todos los países latinoamericanos tienen problemas y muchos tienen grupos armados, por ejemplo Colombia, Brasil o El Salvador. Les comentaba siempre a mis colegas extranjeros que la diferencia con Venezuela es que, en sus países, el Estado de alguna manera, por lo menos en lo formal, les garantiza o debería garantizar su seguridad. Tú sabes que medianamente puedes confiar en eso. En Venezuela caminas por una cuerda floja. Si caes, de un lado están las pandillas o los grupos criminales, pero del otro están los cuerpos de seguridad del Estado. Hacer periodismo en Venezuela es hacerlo cuando el Estado no solo no te protege, sino que te ve como enemigo

-¿Cómo consiguió sacar a la luz una investigación de este calado en las circunstancias que describe?

En el caso del libro fue un dilema, quizás uno de los principales dilemas que he tenido en mi carrera. Muchas veces pensé en no firmarlo y algunas veces pensé en no publicarlo, obviamente por miedo, no solo por mí, sino también por las personas que me habían apoyado en la elaboración del libro, en la investigación, y también las personas de mi entorno, compañeros y familia. Pensar en todas las implicaciones que podía tener esa publicación en un contexto como el de Venezuela fue para mí un gran dilema: iba para adelante y para atrás, hasta que un día finalmente decidí que, si ya había hecho todo esto y había llegado hasta aquí, lo iba a publicar y lo iba a firmar.

«Cuando pasa algo de lo que todo el mundo trata de protegerse, los periodistas vamos a buscar cómo contarlo»

La decisión llegó porque dije «esto es una cosa que la gente tiene que saber qué está pasando. Esto tiene que saberse». Todo lo que había visto y lo que había investigado era como una historia distópica. Decía «esta historia que parece Mad Max». Pero no es ficción, es real. Era una realidad paralela en Venezuela. A mí me parecía que reflejaba muy bien, aunque fuera en el ámbito criminal, lo que pasaba en el país en lo macro, en general, y me parecía importante que eso se supiera y que se contara. Ahí dije: «yo soy periodista y estudié periodismo para esto, entonces ahora tengo que hacerlo». Siempre he visto el periodismo como un servicio público y en algún momento también entendí que los periodistas somos como los paramédicos, como los médicos, como los bomberos o como los policías, en el sentido de que estamos siempre en la primera línea cuando ocurre algo de lo que todo el mundo trata de protegerse, nosotros vamos a buscar cómo contar eso

-¿Cómo se vivió dentro de la profesión la pérdida de libertades en Venezuela?

No estábamos preparados. Yo nací en democracia, viví en democracia parte de mi vida, crecí en democracia. Estudié periodismo y empecé a hacer periodismo en democracia. Entonces era muy difícil saber cómo hacer periodismo cuando empiezas a ver señales o banderas rojas que son alertas, pero no sabes cómo manejarlas ni cómo entenderlas, porque fue muy progresivo. Cada vez que Chávez cuestionaba y criminalizaba a los medios, con la popularidad que tenía, todo el mundo nos caía encima.

«Se creyó que todo se limitaba a izquierda y derecha, y no se entendió que se estaban restringiendo libertades»

Además, siempre hubo una confusión y hubo un daño gravísimo que se nos hizo incluso desde el exterior, que fue no creernos. Se creyó que todo se limitaba a izquierda y derecha, y no se entendió que se estaban restringiendo libertades, que se estaban comenzando a violar derechos humanos y que, entre esas libertades, se estaba violando el derecho a la libertad de expresión. Eso nos hizo mucho daño porque hasta uno mismo dentro de Venezuela dudaba. Creo que lo ideal sería que ahora los países que están a las puertas de situaciones similares miren muy bien la experiencia de Venezuela. No estamos hablando de las dictaduras que conocimos. Yo vi miles de películas y libros de las dictaduras de América Latina y de otros países en la segunda mitad del siglo XX. Pero esto era otra cosa.

-¿En qué momento se impuso la censura a cara descubierta?

Yo estaba en El Nacional y era parte del equipo que hizo una publicación en 2010 sobre los muertos en la morgue de Bello Monte (Caracas). Venezuela en ese momento era uno de los países con las tasas de homicidios más altas del mundo. Esa publicación generó la censura abierta y explícita por primera vez de Hugo Chávez. Un tribunal ordenó que no se publicaran ni fotos ni informaciones de sucesos en ningún medio nacional. Luego la medida la flexibilizaron y se limitaron a prohibir las fotos. Aquí ya fue censura explícita, dar la orden de no publicar noticias de violencia en uno de los países más violentos del mundo. Nada más y nada menos.

Portada de El Nacional del 18 de agosto de 2010, sobre la prohibición judicial de publicar imágenes y noticias sobre hechos violentos.

Portada de El Nacional del 18 de agosto de 2010, sobre la prohibición judicial de publicar imágenes y noticias sobre hechos violentos. / INFORMACIÓN

-Sin información ni cifras oficiales, ¿cómo se cubrían los sucesos?

El acceso y la difusión de información se fue restringiendo progresivamente, sobre todo la que tenía que ver con temas de sucesos y de violencia. Se cerraron las salas de prensa , se prohibió que los funcionarios dieran declaraciones a los periodistas, se restringió la entrega de información oficial y las cifras de víctimas. Todo comenzó a caer en la opacidad absoluta. Todavía en ese momento las fuentes, como expertos o investigadores, hablaban y decían algunas cosas. Había funcionarios que hablaban off the record. De esa manera íbamos ajustándonos, y algunas oenegés tuvieron un valor muy importante, porque se convirtieron en las principales proveedoras de información.

«Se dio la orden de no publicar noticias de violencia en uno de los países más violentos del mundo»

Hasta que me di cuenta de que los periodistas teníamos que hacer algo. Si no hay datos, nosotros tenemos que generar nuestros datos con base en la realidad. A raíz de eso comenzamos a llevar nuestros propios registros, primero en El Nacional, y luego fue algo que se extendió a otros medios. Entonces, si se hacía la cobertura de cinco levantamientos de cadáveres o si se entrevistaba a cinco familiares distintos, íbamos registrando. Cinco muertos, este es un joven, este es un taxista, esta es una mujer, este lo mataron con arma de fuego. Empezamos a hacer rudimentariamente nuestra propia recolección de data y construir nuestras bases de datos.

«Si no hay información oficial, nosotros tenemos que generar nuestros datos con base en la realidad»

Esto dio origen a Monitor de Víctimas, que fue un proyecto que creé cuando estaba en Runrunes en 2017, que se hacía de manera colaborativa con periodistas que cubrían la fuente policial de varios medios. Eso nos sirvió para incluso ser los primeros en identificar que había cambiado la dinámica de la violencia y ya no eran tanto las pandillas las que mataban gente, sino los policías.

-¿Cree que el exilio de tantos periodistas venezolanos ha debilitado la cobertura sobre el país?

No creo que necesariamente haya debilitado la cobertura. A quienes no estamos allá nos ha generado impotencia no estar y no cubrir directamente. A mí, que me gusta mucho estar en el terreno, me genera mucha impotencia no hacerlo. Pero siento que las personas que están en Venezuela lo están haciendo muy bien, lo han hecho muy bien desde antes y ahora lo siguen haciendo muy bien.

«El mayor obstáculo, más que el exilio, es el miedo. Y el miedo está adentro y también creo que está afuera»

El inconveniente no es el exilio. El exilio se ha convertido en un complemento y un apoyo para quienes están adentro. Para visibilizar en otros ámbitos lo que pasa en Venezuela y lo que ha pasado con el periodismo venezolano; para servir de rostro y proteger a los periodistas que están dentro del país; para apoyarles y para tener una mirada un poco más distanciada de lo que ocurre. Esa mirada desde afuera ha ayudado a mantener un equilibrio y a enriquecer lo que se sigue cubriendo. Creo que, en realidad, el mayor obstáculo, más que el exilio, es el miedo. Y el miedo está adentro y también creo que está afuera.

La periodista venezolana Ronna Rísquez estuvo en Elche en el marco del programa de acogida UMH-RSF Espacio Seguro para la Libertad de Prensa.

La periodista venezolana Ronna Rísquez estuvo en Elche en el marco del programa de acogida UMH-RSF Espacio Seguro para la Libertad de Prensa. / Áxel Álvarez

-Hablando de miedo, ¿cómo consigue crear confianza con las fuentes, en especial las víctimas?

Una de las cuestiones principales es que protegí la identidad de las personas. Yo sabía quiénes eran, muchos testimonios están grabados, pero en el libro aparecen protegidos. Creo que hay dos cosas en Venezuela. Por una parte, la gente tiene miedo, pero por otra, quiere que se sepa todo el desastre. Mucha gente que habló conmigo, que me ayudó o que me dio su testimonio, quería que eso se supiera.

La otra cuestión es la confianza. En el trabajo periodístico hay una palabra que siempre debe estar presente: respeto. Tú puedes entrevistar a un criminal o a la peor persona del mundo, pero tienes que entrevistarla desde el respeto. Todas las personas merecen respeto. El abordaje y la aproximación a las personas tienen que hacerse desde el respeto, y eso ha sido algo clave en mi carrera.

-Desde la experiencia venezolana, ¿qué amenazas has detectado para la libertad de prensa en el resto del mundo?

Hay una amenaza que ya habíamos vivido de alguna manera indirectamente en Venezuela y que ahora se vive también en muchos países, que es ver el mundo de hoy desde la perspectiva de ideologías de izquierda y de derecha. Cada quien puede tener la ideología que quiera, pero lo importante es entender lo que pasa en los países desde la lectura de regímenes autoritarios y antidemocráticos que violan los derechos humanos, y regímenes democráticos. Creo que tenemos que ver el mundo con esa perspectiva.

La polarización es una de las amenazas más fuertes ahora, no solamente a los países y a la democracia, sino también al periodismo y a la libertad de expresión. Los gobiernos autoritarios, no importa donde estés o del país que seas o sea son una amenaza para el periodismo.

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