El Benacantil pone rostro al malestar docente en Alicante: “No podemos atender bien y se nos parte el alma”
Dirección y profesorado del centro de Juan XXIII describen falta de apoyos, exceso de burocracia, una educadora para doce alumnos con necesidades especiales e infraestructuras deterioradas en plena huelga educativa

Alex Domínguez
La huelga educativa se entiende mejor desde dentro de un colegio. En el Benacantil, en el barrio de Juan XXIII de Alicante, el malestar docente no se explica solo por el salario ni por una jornada concreta de protesta. La dirección y el profesorado describen una acumulación de problemas que atraviesa el día a día del centro: más alumnado con necesidades educativas, falta de apoyos, ratios elevadas, exceso de burocracia, familias que necesitan acompañamiento, absentismo, infraestructuras deterioradas y una sensación creciente de falta de diálogo con la Administración.
David García, director del colegio asegura que, con el gobierno autonómico anterior, los centros recibían borradores de nuevas normativas y podían trasladar dificultades o propuestas. Ahora, afirma, “no hay manera de negociar nada” y de muchas decisiones se enteran “a través de la prensa, sin consultar”. Esa queja institucional abre paso a otra más pegada al aula, el aumento de niños con necesidades educativas y la falta de recursos suficientes para atenderlos.
El Benacantil se encuentra en un área de exclusión social, en la Zona Norte de Alicante. Esa realidad condiciona la vida del colegio. García destaca que en un centro con más necesidades sociales y educativas las ratios deberían ser más bajas. También explica que muchas familias necesitan apoyo para trámites básicos, como el uso de la secretaría digital, y que el centro acaba recurriendo a ONG o a servicios de mediación. El Ayuntamiento, apunta, ha puesto en marcha por primera vez un servicio de ayuda para familias árabes y eslavas, aunque hay otros colectivos que siguen sin ese acompañamiento.
No se puede dar más funciones al colegio sin dotarlo de los recursos adecuados
La inclusión aparece como uno de los puntos más delicados. Según García, el colegio tiene una educadora para doce niños con necesidades educativas especiales. Eso obliga a repartir la atención por tramos horarios y deja después el peso sobre la tutora dentro del aula. “Hace falta inclusión real, que los niños estén atendidos”, resume el director, que lanza una imagen concreta del problema: “No puede ser que un niño esté de la mano de la tutora todo el día”. La falta de apoyo, añade, no solo afecta al alumno que requiere más seguimiento, sino también al resto de la clase.
Aby Torres, profesora de Primaria en el centro, describe esa misma sensación desde el aula. “Conforme pasan los años, cada vez hay más problemática para que los niños puedan aprender correctamente”, explica. Donde antes bastaba con un profesor, dice, ahora a veces no es suficiente ni con dos. Por eso vincula la petición de bajada de ratios con poder atender mejor al alumnado. “Nos dejamos la piel y volvemos a casa con la sensación de que no es suficiente”, afirma.
La profesora apunta también a un cambio en las dificultades de aprendizaje. No lo atribuye a la procedencia de los alumnos, sino a una mayor complejidad general para llegar a ellos. “Cada vez baja más el nivel y cuesta llegar más”, sostiene. En su caso, el desgaste no nace solo de enseñar, sino de todo lo que rodea a la enseñanza. “Tenemos que hacer muchísimas labores administrativas que no nos tocan”, señala. También habla de acompañar a padres y alumnos, crear hábitos, luchar contra el absentismo y sostener una atención individualizada constante. “La sociedad no se puede imaginar lo que hacemos los profesores para que todo funcione bien”, apostilla.
Nos dejamos la piel y volvemos a casa con la sensación de que no es suficiente
Esa parte invisible del trabajo educativo pesa especialmente en la dirección. García detalla una lista larga de tareas que se han ido incorporando al funcionamiento de los colegios: planes de convivencia, medidas de inclusión, dinamización de bibliotecas, protocolos de absentismo, comedor, admisión, digitalización, memorias, planes de acogida o actuaciones para la mejora. Algunas, admite, son necesarias porque la sociedad ha cambiado. El problema, sostiene, es que no han llegado con los recursos adecuados. “No se puede dar más funciones sin estirar el chicle”, advierte. El centro, añade, no tiene administrativos.
A esa presión interna se suma el estado material del colegio. García habla de un sistema de climatización de unos 40 años, ventanas que no cierran bien, problemas en puertas, pestillos, tuberías y baños. También critica el mantenimiento municipal y asegura que el colegio ha llegado a estar cuatro meses sin ese servicio. Esa parte del diagnóstico desplaza el foco del conflicto educativo más allá de la Conselleria y lo lleva también al Ayuntamiento, responsable del mantenimiento de los centros.
Lo más importante que reivindicamos son mejoras para los niños, no solo salario
Raúl Sánchez, profesor del Benacantil, defiende que el fondo de la protesta va más allá de la nómina. “Lo más importante que reivindicamos son las mejoras para los niños”, explica. El docente señala la necesidad de que la inversión educativa llegue realmente a los centros, con bajada de ratios y mejora de infraestructuras, aunque también reivindica una mejora salarial porque, según afirma, son “los docentes peor pagados de España”.
La prioridad que marca el director para el próximo curso es más educadoras de educación especial y mejores condiciones para que ese servicio funcione. García pide revisar el acuerdo que regula a estas profesionales, mejorar sus condiciones y evitar que las sustituciones tarden en cubrirse. Después, vuelve al punto de partida: la comunicación. Reclama que la conselleria consulte más a las direcciones antes de tomar decisiones que acaban aterrizando en aulas como las del Benacantil.
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