La antigua estación de Benalúa, un viaje entre memoria y futuro
Construida a finales del siglo XIX, la antigua terminal es hoy Casa Mediterráneo, un espacio de diálogo, cooperación e intercambio cultural entre las sociedades de la cuenca mediterránea

La estación de Benalúa, a finales del Siglo XIX. Postal de Fabert, editada por Bazar Pascual López.
Hay edificios que sobreviven a la función para la que fueron creados y terminan contando una historia mucho más amplia que la de sus muros. La antigua estación de Benalúa, actual sede de Casa Mediterráneo, pertenece a esa categoría. Nació para recibir trenes y viajeros, fue símbolo de modernidad, atravesó décadas de abandono y, más de un siglo después, recuperó su vocación de puerta de entrada. Ya no llegan locomotoras envueltas en humo, pero continúan cruzándose en ella personas, culturas e ideas.
Su historia comienza en una Alicante que, a mediados del siglo XIX, trataba de dejar atrás su pasado amurallado. La población aumentaba, la economía avanzaba y las fortificaciones defensivas se habían convertido en un obstáculo para la expansión urbana. A partir de 1858 comenzó el derribo de las murallas y desaparecieron también sus grandes puertas, construcciones solemnes que anunciaban al viajero la importancia de la ciudad a la que acababa de llegar.
Sin embargo, al mismo tiempo que se desmontaban aquellas entradas monumentales, surgía una nueva forma de acceder a Alicante: el ferrocarril. Las estaciones asumieron entonces parte del papel simbólico de las antiguas puertas urbanas. Debían ser funcionales, pero también representar el progreso, ofrecer una bienvenida majestuosa y mostrar la confianza de la ciudad en el futuro.
En ese contexto se proyectó la conexión ferroviaria entre Alicante y Murcia, concebida con la ambición de prolongarse hacia Andalucía por el sur y enlazar con Francia por el norte. El diseño de la futura estación recibió la influencia de la arquitectura industrial que se había difundido por Europa después de la Exposición Universal de Londres de 1851. Hierro, acero laminado y cristal comenzaban a transformar las construcciones públicas y a crear espacios más amplios, ligeros y luminosos.
La línea Alicante-Murcia fue inaugurada el 11 de mayo de 1884. A las siete y media de la mañana, aunque con media hora de retraso, partió el tren en dirección a Orihuela. Entre los asistentes se encontraba el presidente del Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo. La ceremonia principal se celebró en Orihuela, donde los invitados fueron recibidos en el Colegio de Santo Domingo con un abundante banquete.
Durante aquellos primeros años, Benalúa contó con un edificio sencillo para los viajeros. La gran estación construida por la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces entró en servicio en 1888. Su aspecto respondía a la monumentalidad que se esperaba de las nuevas terminales ferroviarias. La fachada, inspirada en el modelo basilical, combinaba una composición solemne con una estructura interior organizada alrededor de las vías. El conjunto incorporó materiales modernos y pudo ser una de las primeras construcciones alicantinas en emplear acero laminado.
La estación se levantó en el barrio de Benalúa, por entonces escasamente poblado, y convivió con la estación de Madrid, explotada por la compañía MZA y orientada a las conexiones con la capital y la Meseta. Benalúa, en cambio, abrió Alicante hacia Murcia y las comarcas meridionales de la provincia.
La nueva línea tenía una importancia estratégica. Permitía conectar una zona habitada por unas 250.000 personas, dedicadas en su mayoría a la agricultura, con el puerto alicantino, uno de los más activos del Mediterráneo. Por sus vías circularon pasajeros, cosechas, mercancías y expectativas de prosperidad. El tren reducía distancias y facilitaba que los productos del interior llegaran al muelle para ser distribuidos a otros mercados.
Su utilidad quedó demostrada el mismo año de la inauguración de la línea. Una crecida del río Segura cortó numerosos caminos y dejó aisladas a muchas personas. Los vagones transportaron embarcaciones desde el puerto de Alicante que, junto con las procedentes de Torrevieja, se emplearon para auxiliar a los damnificados. El ferrocarril no fue entonces únicamente una infraestructura económica, sino también una vía de socorro.
Benalúa fue, además, un escenario de la vida cotidiana. En sus andenes se mezclaban despedidas, reencuentros, equipajes y esperas. El vapor, el ruido de las máquinas y el movimiento de los pasajeros formaban una atmósfera que fascinó a pintores y escritores. El universo ferroviario aparece en obras como el poema El tren expreso, de Ramón de Campoamor, y también dejó su huella en El obispo leproso, de Gabriel Miró.
En 1941, tras la nacionalización de los ferrocarriles de ancho ibérico, la estación pasó a formar parte de RENFE. Con el desarrollo del puerto y la reorganización de los servicios, los trenes regionales fueron trasladados a Alicante-Término. En 1974 salió de Benalúa el último tren comercial. Durante años, parte de las instalaciones siguió utilizándose como depósito y para actividades logísticas. En 1982, las graves inundaciones de Alicante obligaron a reabrirla brevemente, ya que la estación principal había quedado inutilizada.
Una nueva etapa

La antigua estación de Benalúa es la actual sede de Casa Mediterráneo. / .
El edificio de viajeros permaneció abandonado y fue deteriorándose hasta que encontró una nueva oportunidad. En 2009, el Ministerio de Asuntos Exteriores y Adif firmaron un acuerdo para ceder su uso durante treinta años a Casa Mediterráneo. La rehabilitación, proyectada por el arquitecto Manuel Ocaña, comenzó en 2010. El 1 de abril de 2013 se inauguró oficialmente la nueva sede.
La antigua estación volvió así a ser un lugar de conexión. Casa Mediterráneo impulsa el diálogo entre España y los países de la cuenca mediterránea en ámbitos como la cultura, la economía, la ciencia, la igualdad o el cambio climático. Donde antes se cruzaban líneas ferroviarias, hoy se encuentran sociedades distintas. Benalúa conserva su misión original: recibir, comunicar y abrir Alicante al mundo. Solo ha cambiado el vehículo. Su alma sigue siendo profundamente mediterránea.
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