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Lampedusa y la gran novela

La nueva edición de Lanza Tomasi de El Gatopardo, un clásico contra el melodrama, las plagas del Sur y los errores del Risorgimento

Lampedusa y la gran novela

Lampedusa y la gran novela

El Gatopardo es una de la grandes novelas del siglo pasado. Se ocupa más de las ideas que de los hechos. Resultó ser inesperada cuando se publicó, y con su eclosión no dejó de despertar recelos. No es una novela histórica como se dijo, sino más bien una novela sobre la problemática que encierra la historia como cuenta Carlo Feltrinelli en esta reedición de 2019 de Anagrama, que ha decidido conmemorar con ella su quincuagésimo aniversario y cuando se van a cumplir 62 años de la muerte de su autor, Giuseppe Tomasi Di Lampedusa (1896-1957). Los hechos se exponen en El Gatopardo de una manera tradicional en un escenario decimonónico pero a través de la profunda reflexión sobre los cambios que están a punto de producirse. Eso hace que los personajes se cuestionen su identidad de una forma como pocas veces ocurrió antes en la literatura. Anticipa una especie de modernidad.

Bastante después de la primera publicación de la novela, un primo lejano del autor, Gioacchino Lanza Tomasi, anunció el hallazgo de un capítulo inédito, El cancionero de la Casa de Salina, con 27 sonetos manuscritos del Príncipe Fabrizio Corbera, donde expresa sentimientos de amor hacia la bella Angelica (Sedàra), y algunos papeles del inefable Tancredi que habían permanecido ocultos, en cierta medida gracias al carácter bromista del autor. Lampedusa murió antes de poder ocuparse de las galeradas de sus libros. En abril de 1957 le detectaron un tumor en el pulmón y en los últimos días de mayo fue a Roma con la esperanza de que lo curasen y murió allí dos meses después. Giorgio Bassani, primer editor de la novela, se encontró con grandes problemas para orientarse entre una maraña de capítulos perdidos y omitidos voluntariamente, variantes diversas, diferencias entre el texto manuscrito y el mecanografiado, problemas de puntuación, etcétera. Pese al camino allanado por Bassani, Lanza Tomasi se halló con los mismo problemas al revisar la edición definitiva: los sonetos que suspendían la narración eran el fruto de rasgos poéticos de Shakespeare muy queridos por el autor y procedían de las piruetas literarias que surgían de la complicidad entre Lampedusa y su primo Lucio Piccolo en la largas tardes que pasaban juntos en el Cabo Orlando. Así lo confesó el propio Lampedusa a Lanza Tomasi.

Pese a todas las dificultades y las primeras críticas por su apariencia decimonónica, de El Gatopardo surgió un libro que desde su nacimiento se convirtió en clásico. Ni los más acérrimos detractores han podido discutirle su inmensa calidad literaria. Luchino Visconti se prendó de la novela e hizo una magnífica película, cuidada hasta el último detalle, que más de medio siglo después sirve, pese a las modificaciones cinematográficas introducidas, para que los lectores de la obra de Lampedusa encuentren dificultades en distinguir entre el recuerdo del texto y la sugestión de las bellísimas imágenes.

La gran novela de las ideas

Los acontecimientos de El Gatopardo transcurren en 1860. El príncipe Salina se traslada con la familia a su residencia de verano en Donnafugata, y allí son recibidos por el alcalde. Don Calogero, tacaño, pequeño burgués con ínfulas de nobleza, representa la incipiente burguesía que ha amasado fortuna frente a la ruina en la que se encuentran aristócratas como los Salina. El sobrino de don Fabrizio, Tancredi, que había manifestado su interés en casarse con Concceta, la primogénita del Príncipe, se enamora de Angelica, la hija del alcalde, pese a que pertenecen a clases distintas. Seducido por el dinero y a fin de salvaguardar su posición, el duque de Salina aprueba el matrimonio. El inmovilismo forja la alianza entre la nobleza empobrecida y la emergente burguesía de clase humilde.

El Gatopardo es la gran novela de las ideas del primo gordo y silencioso del duque de Verdura. El mismo duque de Palma y príncipe de Lampedusa que de vez en cuando pasaba las tardes en Villa Niscemi, retozando entre las buganvillas. El mismo, también, que juzgaba la teatralidad siciliana desproporcionada. Criticaba a los sicilianos que con estudiada afectación veían a la costa ligur, una subzona tropical para los milaneses, como si se tratara de Islandia. A quienes se lo reprocharon, respondió: «Perdónenme, señores, se trata de una Sicilia boreal». Vivía incómodo, en ocasiones hasta enfurecido, con la mentalidad ancestral isleña.

El propio Don Fabrizio, en El Gatopardo, dice: «La normalidad civilizada está aquí, la extravagancia se encuentra fuera». La novela de Lampedusa, como recuerdan algunos de quienes escribieron de ella, era realmente un libro contra el melodrama, las plagas del sur y los errores del Risorgimento. Para el duque, todas estas cosas explicaban aspectos irreparablemente deplorables de la historia de Italia de los últimos cien años: la Sicilia provinciana del atraso.

Pero Lampedusa se mostraba, a la vez, deslumbrado por algunos de sus personajes y conmovido por la belleza del paisaje y la luz, exaltadas en la novela. Las descripciones son un regalo para los sentidos, como la del timbal de macarrones de la cena de Donnafugata o esta otra del vergel de la mansión de los Salina, donde como escribe el autor en cada terrón se palpaba un anhelo de belleza pronto vencido por la desidia. «Pero el jardín, comprimido y macerado entre sus límites, despedía fragancias untuosas, carnales y levemente pútridas como los líquidos aromáticos que destilan las reliquias de ciertas santas, el penetrante olor de los claveles superaba el perfume canónico de las rosas y al oleoso aroma de las magnolias, más densos en los rincones; y también se notaba la escondida fragancia de la menta mezclada con el aroma infantil de la mimosa y el olor a confitería del arrayán, y desde el otro lado del muro los naranjos y limoneros derramaban el olor a alcoba de los primeros azahares. Era un jardín para ciegos: allí la vista no encontraba más que ofensas; el olfato, en cambio, una manantial de placeres, si no delicados al menos muy intensos».

Una forma de explicar Sicilia

En su novela, el autor enhebró todo un concepto político, el gatopardismo, según el cual en determinados momentos históricos es necesario simular un cambio con el fin de preservar el núcleo del sistema inalterado. No hay pensamiento más angustioso en su espléndida lucidez y que supere en vigencia al algo ha de cambiar para que todo siga igual. Se repite una y otra vez, en cada uno de los contextos sociales y económicos, época va y época viene. En cambio, Feltrinelli no tiene inconveniente en saltar sobre la leyenda. En el posfacio de esta nueva edición explica que la famosa frase, «si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie», no forma parte cómo se ha insistido de una filosofía fatalista sino de una expresión política de un hombre de los nuevos tiempos que quiere legitimar su opción revolucionaria ante los ojos de los hombres de los viejos tiempos de su misma clase social.

Lampedusa duerme el sueño eterno en el cementerio de los Capuchinos de Palermo, a pocos pasos de la cripta que esconde un macabro memorial de los muertos igual de excéntrico que la Sicilia que deploraba, bajo una losa corriente sin mayores lujos, en la que fueron sepultados sus restos y que comparte con la psicoanalista letona Alessandra- Wolff-Stommersee, Licy, la mujer de su vida, dotada de una cultura y una personalidad formidables.

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